viernes, 10 de diciembre de 2010

Hasta que la muerte nos una

Desde la cima del acantilado, las rocas más cercanas al mar parecían todavía más amenazadoras. Observé inerte cómo los vecinos de los alrededores, a la par que unos agentes de policía, extraen del mar el cuerpo sin vida de una mujer. Vestida con un vestido largo de novia, salido del más ostentoso ajuar, empapado por el dolor y la amargura, por la rabia. Su largo cabello, entremezclado con las algas, acaricia la superficie del agua, con muchísima delicadeza, liviano, como una pluma. Como Venus tallada en mármol, emergiendo de la espuma del océano, yace frágil entre los rudos brazos de tres o cuatro hombres robustos con pinta de marineros, sorprendidos, al igual que el resto de curiosos, mirones, escoria, que se empujan mutuamente con una morbosidad mitómana. En un suspiro, una décima de segundo quizás, su rostro inerte se entornó hacia mí y pude ver sus ojos; vidriosos, inertes, entornados hacia el cielo. Fue entonces cuando la sentí detrás de mí. Me giré, para poder contemplar su cabello pelirrojo completamente mojado. Por un segundo nos miramos a los ojos sin decir nada. Vi los suyos llenos de lágrimas por primera vez, vidriosos, azules como el mar que le había quitado la vida. Nos mantuvimos en silencio, solamente escuchando el sonido de las olas golpear contra la costa, peligrando el cadáver y a los que intentaban rescatarlo de la fiereza del océano. Apreté los labios con impotencia, antes de arrancar unas palabras rotas:




-¿Cómo pudiste, Christine?

-Veo que tu amiguita la medium te lo ha contado.-dijo. Y era cierto. Una de mis musas, Nora, se dedicaba a esos tinglados. Había contactado con Christine a mis espaldas, aunque posteriormente me lo confesase. A la par que la horrible tragedia. 

-¿Cómo pudiste?-repetí, alzando la voz.

-Me habías abandonado.-respondió, acercándose a mí un par de pasos.-Te habías ido como un fantasma, me dejaste sola.

-Yo...no quería... Sabías que tenía que irme de Helsinki. Mi hermana había muerto por mi culpa.-me señalé, golpeando mi esternón con las yemas de los dedos, como queriendo quebrarlo.

-Me prometiste que nos casaríamos, Ville. Que podríamos compartir apellido, y casa, y corazón.-prosiguió, mostrándose indignada.

-Christine...-intenté buscar en vano las palabras para excusarme.

-Aquella mañana me había comprado un vestido de novia en una tienda del centro. Me había gastado todos mis ahorros en él.-tomó entre sus manos carcomidas por los peces las puntas del vestido, alzándolo para que lo viese.

Volví a morderme los labios. Cerré fuerte los ojos. No quera seguir oyéndola, me mataba por dentro, me devoraban sus palabras.

-Fui al bar para buscarte al día siguiente, y no estabas allí. Me dijeron que te habías ido para no volver.-comenzó a llorar, como si toda el agua que había tragado la expulsase por los ojos.-Me pasé el día llorando. Poco me costó decidir lo que iba a hacer...

-¡¡Si todavía me quieres aunque sea un poco, cállate la puta boca!!-chillé completamente desquiciado. Las lágrimas corrían por mis mejillas, escapando de mis rudas palabras.

Christine se mordió las uñas, disgustada. Sí, aquella era la manera de la que lo hacía, pinzando entre sus dientes la cara más sobresaliente de la uña, para arrancarla de cuajo. Las pielecillas de alrededor venían después, las cuales sólo mordisqueaba para ir recortando la periferia de la uña. Mis labios comenzaron a temblar. No pude evitar tomarla muy delicadamente en brazos, mientras se iba deshaciendo en lágrimas. Acaricié su cabello envuelto por el agua, susurrándole lo muchísimo que la quería. Shh, no llores más, mi vida, le decía, reiteraba, repetía, en voz muy bajita, trémula. Ella alzó de nuevo la mirada, para esconderla posteriormente bajo sus párpados, mientras escuchaba el rumor de mi corazón, el cual parecía entrar en perfecta sinfonía con las olas sosegadas, melancólicas, tristes.

-Pero estaré contigo siempre.-recalcó.-En tu mente, dentro, muy dentro. Vives para mí como yo he muerto por ti. Estaremos siempre juntos.-esbozó una leve sonrisa. Me tomó de la mano, engarzó mis dedos entre los suyos, como si fuesen las argollas de una cadena.-Hasta que la muerte nos una.




[Photo taken of DA]

jueves, 30 de septiembre de 2010

Buenos días, princesa. He soñado toda la noche contigo

-¡Ville!

-¡Princesa!

Tras tanto tiempo sin verles, aquel día había ido a cenar con mi madre y mi hermana. Mi única familia. Envolví en los brazos a una Anja enfundada en una sudadera gris varias tallas mayor, y la levanté un palmo del suelo, haciéndola chillar entre risas. Sospecho que ella era la única razón por la que podía volver a Helsinki con una sonrisa. Aún tras haberla soltado, se aferró a mi camisa negra con ahínco, mirándome con sus ojos azules, grandes y brillantes como las canicas con las que solía jugar de pequeño.

-Pesas mucho menos que la última vez.-volví a alzarla levemente, frunciendo el ceño.- ¿Has estado enferma?

-No.-negó, sonriente.-Solamente estoy intentando adelgazar.

-Mariconadas, Anja. Estás perfecta, no te hace falta adelgazar más.

-Eso lo dices porque me ves con los ojos de un hermano.

-Justo por eso me resulta difícil decirlo.

-Bueno, cuéntame. ¿Qué tal el concierto?-dijo, cambiando de tema.

Recordé. Dos días antes había tenido un concierto en España, que me había impedido asistir a uno de los suyos. Estaba apuntada en una compañía de ballet, y representaban “El Lago de los Cisnes”, siendo mi hermana la princesa Odette, el papel más importante de la obra. En cuanto lo mencionó, me dolió todavía más no haber podido ir a verla.

-Muy bien, pero oye, Anja, siento muchísimo…

-Oh, no pasa nada. Te comprendo. No ibas a cancelar un concierto tan importante por algo así.-sonrió comprensiva, mirándome a los ojos de nuevo.-Ven, me cuentas en la cena.-me cogió por la muñeca y tiró de mí hacia el interior de la casa.

Sopa. Mi madre había preparado sopa. Olía desde el recibidor, y se acentuaba a medida que me adentraba en la cocina. En cuanto ella me vio me abrazó, me dio dos besos, agarrando mis mejillas, oprimiéndolas, y me pidió pasta seguidamente. Ya me sabía yo su paripé. Saqué mi cartera de piel del bolsillo del pantalón, resignado, y le endosé tres o cuatro billetes, sin mirar. Ella sí los miró; y viendo que satisfacían sus inquietudes financieras, volvió a besarme, tornándose entonces cariñosa conmigo. Le dejé, siempre le he dejado. Todos queremos mimos de nuestra madre, aunque sean comprados. Les ayudé a poner la mesa, con aire exhausto, y me senté a comer, enfrente de Anja. Tomé pequeñas cucharadas de sopa de cada vez, pues no tenía apetito. Por la mañana me había metido un par de rayas, y estaba francamente molido, sin ánimos ni siquiera para coger la cuchara. Miré de reojo a Anja un par de veces. Por lo visto, ella sí estaba famélica, pues comía con avidez. Durante aquella cena, les relaté a ambas mi viaje por Barcelona. Mi hermana me escuchaba con atención, y sus ojos se tornaron vidriosos.  

-Hay una catedral que tiene unos torreones altísimos, con unas diminutas figuras talladas. Y fuimos a un parque en el que había un lagarto de colores, de mosaicos.

-¡Guau!-exclamó Anja.- ¡Me encantaría ir!

-Cuando haga otro concierto por allí, te vienes conmigo, ¿te parece?

-¡Sí!

Ella fue la primera en acabar de comer, mientras yo todavía balanceaba la cuchara en el plato, sin ganas. Se apresuró en levantarse y darnos un beso a mamá y a mí antes de irse del comedor.

-¿No te quedas al postre?-la miré, extrañado.

-No, voy a hacer los deberes.

Sonreí leve, dándole una suave palmadita en la espalda, dejándola irse. Volví a ahogar la mirada en la sopa, sin intercambiar ni una sola palabra con mi madre hasta que ella comenzó a recoger los platos.

-¿No comes más, hijo?

Erguí la cabeza, para poder mirarla. Articulé un frágil “no”, dándole luz verde para seguir recogiendo. Apoyé ambos codos en la mesa y suspiré profundamente. De repente, escuché un extraño ruido, que se intercalaba con una voz conocida. Fruncí el ceño, intentando adivinar su fuente de origen. Me levanté disimuladamente de la mesa, sin que mi madre, que estaba en la cocina, lo percibiese, y me dirigí al pasillo. Una vez allí, agudicé el oído como nunca, acercándome a cada una de las puertas, curioso, y apoyaba la oreja en la madera, confiando escucharlo de manera más fuerte. Aunque a veces se entrecortaba; aquel sonido era como si alguien arrancase un agresivo veneno de las entrañas, provocándole un dolor sobrehumano. Me estremecía cada vez que lo oía, deseando que cejase, y a la vez que continuase hasta averiguar su procedencia. Al final del pasillo, en el interior de una puerta de la izquierda, fue donde lo noté con más intensidad. Se me pasó por la cabeza abrirla, para ver qué pasaba dentro. Sabía que no teníamos pasador en ninguna habitación de la casa, con lo cual sería fácil hacerlo. Respiré hondo, antes de atreverme a girar la manilla muy suavemente, sin provocar ruido alguno, y entreabrir la puerta, asomándome para mirar. Nunca olvidaré lo que vi, ni el modo en el que se clavó en mis ojos como una aguja, traduciéndose como una fuerte opresión en el corazón, en la más pura expresión del horror. Era ella, era mi princesa, y estaba arrodillada ante el váter, completamente pálida. Se metió su dedo índice en la garganta, lo más hondo que podía, y sufrió una arcada, que hizo que su cuerpo se convulsionase hacia delante y expulsara por sus labios un chorro de vómito completamente líquido, que se introdujo en mis oídos, haciendo que abriese de todo la puerta, bruscamente.

-¡Anja! ¿Qué coño haces?

Ella se giró hacia mí asustada, con la boca todavía algo manchada.

-¡Shhhh! Baja la voz, por favor, que mamá no se entere.-susurró, a modo de súplica, arrastrándose hacia mí.

-P…Pero… ¿estás loca?-murmuré, indignado, cerrando la puerta del baño.

Negó con la cabeza, limpiándose la boca con la manga de la sudadera.

-Tengo que hacerlo, Ville. Las otras chicas de la compañía…están más delgadas. Y a veces se burlan de mí. ¡Quiero estar como ellas!

Me arrodillé enfrente de ella, todavía sin creerme que aquello estuviese pasando.

-Te tiene que importar una mierda lo que digan esas pijas retrasadas. El ballet no es cuestión de estar más delgado o más gordo, es cuestión del talento que tengas y la pasión que le pongas, y eso a ti te sobra.

-No lo entiendes…

-¡No!-salté.- ¡Eres tú la que no entiende! Esto puede convertirse en una enfermedad muy grave, Anja, puedes acabar muerta. O muerta en vida, que es peor aún.-giró la cabeza, aunque la obligué a mirarme.- ¿Quieres saber lo que pasa cuando dejas de cuidarte, haces gilipolleces y andas jugando con fuego?

Tragó saliva, sin atreverse a darme una respuesta. Fue entonces cuando comencé a desabrochar mi camisa, mostrándole mi cuerpo increíblemente delgado y enfermizo, todavía más que en la actualidad, ya que estaba todavía más enganchado a las drogas. Los ojos de mi hermana expresaron un terror sobrehumano. Se tapó la boca con las manos, posteriormente me miró a la cara.

-¿Qué te has hecho…?-susurró, dolorida.- ¿Tú también…?

-No, esto es por otra cosa. Pero el resultado es el mismo. Vas adelgazando, vas perdiendo apetito, vas perdiendo fuerzas y acabas en una cama de hospital, ¿entiendes?-hablaba con una decisión y nerviosismo nunca vistas en mí.

Anja se dejó caer encima de mí, abrazándome con mucha fuerza, escondiendo la cabeza en mi pecho. Rompió a llorar de una forma desgarradora, entremezclando en aquellas lágrimas el miedo a morir y el miedo a ver morir a su hermano mayor. Acaricié su melena rubia con fuerza, incrédulo.

-Te juro que mato a la que te dijo que estabas gorda.-escupí, con ira.-¡¡Te juro por Dios y por la Virgen que la mato!!

-Ville, no…-se aferró a mi espalda.- ¿Pero por qué? ¿Por qué  te has hecho esto? ¿Cómo has…?

-Las drogas, princesa.-susurré.-Pero eso dejémoslo aparte.-la miré, dejando que unas lágrimas, cuya caricia se traducía como un rojo sendero en mis mejillas, aflorasen de mis ojos.-Yo quiero volver a tener a mi princesita, a la que me daba la tabarra después de comer, no la que se encierra en el baño a vomitar.

-Lo siento mucho,  te he decepcionado, lo siento mucho. A mí no me gusta vomitar, pero es la única forma de que mamá no se entere.-gimió.

Me mantuve en silencio, saboreando aquella tristeza, mientras Anja se aferraba a mi camisa entreabierta, palpando mis costillas, sollozando cada vez que las notaba. Siseé suavemente cerca de su oído, intentando tranquilizarla, aunque cada vez lloraba con más intensidad. Necesitaba sacar toda aquella bilis de dentro. Ladeé su cabeza con mucho cuidado, tomándola entre mis manos,  haciendo que apoyase el oído en mi pecho. Quizás fueron mis tiernas y a la vez nerviosas caricias, y mi corazón golpeando a toda velocidad, mas con proximidad y calidez, contra ella, los que la hicieron calmarse un poco.

-Anja, tienes que jurarme que no vas a volver a hacer esto.-susurré.

No contestó, todavía intentando recuperar el aliento.

-Júralo por mi vida, y si no vas a cumplirlo, que me muera aquí mismo.

-¡Ville!-alzó la mirada, inquisitiva mas triste a la vez.

-Si estás dispuesta a curarte, hazlo.

Cerró los ojos, rompiendo otra vez a llorar, empujando su sien contra mis costillas.

-Lo juro por tu vida.

Asentí, cerrando los ojos. Cogí aire muy fuertemente por la nariz, sintiendo las últimas convulsiones extasiadas que sufría mi corazón antes de recuperar su ritmo normal. Anja se estremecía al escucharlas.
-Pero tú tienes que jurar por mi vida que no vas a volver a meterte nada.

-No puedo hacer eso, princesa.-susurré, sin apenas fuerzas.-Tú podrás cumplirlo.

-¿Y por qué tú no?

-¿Cuánto hace que te…haces eso?-tragué saliva.

-Un mes.

-Yo llevo más años de los que piensas.-asentí.

Anja por poco sucumbe al llanto de nuevo, si no fuese porque limpié con mucho cuidado sus lágrimas y la erguí al momento, agarrándola por los hombros. Antes de salir del baño, volvió a hundir la mejilla en mi pecho. Noté cómo entre destellos de un azul celeste, su vida se escapaba entre mis manos.

                                                      ***
Tut…tut…tut… “¿Diga?”

-Seppo, soy Ville. Tengo que hablar contigo. … Es sobre los conciertos de estas próximas semanas. … Voy a cancelarlos. …-fruncí el ceño.-No me grites. … ¡Que no me grites, joder! … Es por mi hermana, está enferma.

Ella se encontraba sentada en la cama a mi lado.  Me miró con ojos vidriosos en cuanto pronuncié aquella última palabra, apretándome la mano que yacía sobre mi pierna. Tomé aire fuertemente.

-Sí… Pues no sé muy bien qué tiene, todavía no ha ido al médico.-mentí.-Pero creo que es una gastroenteritis o algo así. …

-Te quiero, hermanito.-susurró mimosa, por no haber descubierto su secreto.

-Y yo, princesa.-susurré, tapando el auricular para que Seppo no nos oyese. Dicho esto, volví a destaparlo.-… En principio alrededor de dos semanas. … … Oye, joder, que es mi hermana. No voy a dejarla sola mientras está enferma. … Mi madre ya está muy mayor para estas cosas. … … De acuerdo. …Ahá. … Me incorporaré lo más pronto posible. … Bien, vale. … Abur. Abur.

Colgué el móvil. Presionar aquella tecla roja me produjo un alivio impropio de lo que me sugería aquel color. Anja apoyó la cabeza en mi hombro, mirando la pantalla del móvil, en la que había una foto de Christine.

-No entiendo por qué lo has hecho, Ville.

-Pues porque eres mi hermana. Y te voy a ayudar a salir de esa mierda cueste lo que me cueste. Por mí, como si tengo que cancelar toda una temporada de conciertos. Me suda la polla.-la envolví en mis brazos, mientras ella dirigía sus labios a mi mejilla.

Recuerdo haber hablado horas y horas con ella, sentados ambos en la cama, hasta llegar las 3 o 4 de la madrugada. Me había contado tantísimas cosas, tantísimos problemas que le rondaban por la cabeza, y yo me había limitado a darle consejos y a alentarla. No solté prenda de ninguno de mis propios problemas. Cuanto más tiempo pasaba a solas conmigo, más segura se sentía, y con más decisión y serenidad relataba. Encendí alrededor de una docena de pitillos mientras la escuchaba, todavía algo tenso por lo que había visto en el baño. Cuando miré el reloj, ya era extremadamente tarde. Se aferró a mí de nuevo, colgándose en mi cuello.

-No quiero dormir sola.-susurró.

-Estos días dormiré aquí contigo.

Me giré para mirar mi antigua cama, la cual estaba al lado de la de Anja. Le di un beso en la frente antes de dirigirme a ella. Me senté encima mientras me quitaba los zapatos y la camisa, para dormir con el pantalón. El hecho de quedarme allí a dormir me había pillado por sorpresa. “Mañana-pensé.-iré a por algo de ropa a casa”. Cuando ella se hubo cambiado, tras obligarme a ponerme de espaldas, nos acostamos en nuestras respectivas camas y apagué la luz. Me acurruqué, mirando por la mirilla de las persianas. Nevaba.

-Ville.

-Dime.

-¿Te acuerdas de cuando era pequeña, y me tocabas canciones con el teclado para que me durmiese?

-Sí, me acuerdo.

-Ojalá te lo hubieses traído. Quería oír la canción que me habías compuesto de pequeña.

-Puedo tarareártela. No es lo mismo, pero…

-Vale.-se rió levemente.

Comencé a hacerlo, aquel vals con el que ella improvisaba sus pasos de baile, aquel vals que media Europa había degustado, había aplaudido hasta romperse las manos. Cada vez que lo tocaba, pensaba que una parte de mi hermana estaba entre las teclas, guiando mis dedos para la perfecta ejecución de la melodía. Mi garganta, que comenzaba a agravar todavía más mi voz, entonó con acierto las notas, mas me dejaba sin aire cuando subía al registro agudo. En cuanto terminé, escuché a Anja respirar profundamente, dormida, o al menos aparentemente dormida. Fue entonces cuando, no sin esfuerzo, me fui quedando yo también.

                                                       ***
Extrañamente, aquella noche había dormido como un lirón. Entreabrí los ojos, cegados por el sol, recubiertos de legañas. Aquellos rayos hicieron que mis hipersensibles córneas comenzasen a segregar lágrimas. Me giré molesto. En la oscuridad abrí por completo los ojos y me los limpié con las sábanas. Miré mi reloj de pulso, el cual no me había molestado en quitarme. Las 11. Me levanté, erguiendo los brazos para desperezarme, provocando un casi imperceptible gruñido. Miré hacia la cama de Anja, mientras me acercaba. Ella todavía dormía. En sus mejillas había un leve colorete. Al ver sus pestañas húmedas, deduje que se había pasado la noche llorando en silencio para no despertarme. Acerqué mis labios a su frente e hice una tierna y cálida presión. Entreabrió los ojos, clavándolos en mí. Sonreí, deslizando mi mano por su cabello.

-Buenos días, princesa.-susurré.-He soñado toda la noche contigo.

Esbozó una dulce sonrisa. Acercó su rostro al mío para besarme la mejilla. Noté en aquel beso que quedaban grandes ráfagas de vida dentro de ella.  

 [Photo by sisthgradedropout of DA]

sábado, 25 de septiembre de 2010

Ville's Childhood: First Part

Era un día más violeta que de costumbre en los suburbios de Helsinki. Un otoño de 1988 en el que los niños se mostraban más perezosos que de costumbre en ir a la escuela. Uno de ellos, quizás el que sobresalía más entre la multitud por ir vestido de oscuro, perdía su mirada en la ventana mientras la profesora de preescolar les enseñaba a sumar. El único deseo de aquel niño en ese momento era salir afuera, extender los brazos, alzar la cabeza, y sentir el color de la lluvia en su piel en toda su magnitud, pero se empeñó en seguir estoicamente las reglas y permanecer encerrado en clase. Veía cómo los niños no se acercaban a él, ni se atrevían a hablarle, y esto se veía agravado por su timidez. Aunque aprovechaba la soledad para recordar toda la música que había escuchado a lo largo del día y poder almacenarla en su mente, pues no sabía plasmar las notas en un papel. Apenas era capaz de escribir su nombre sin que las “es” le saliesen torcidas.

En el recreo, fue capaz de escabullirse del patio donde sus compañeros jugaban a las tiendas, y deambular por entre las clases, como si fuese casi un espectro, buscando una distracción, buscando quizás algo que por primera vez lograse sorprenderle. Andando y andando, llegó a las clases de los alumnos más grandes. Asomó la cabeza curioso, contemplando los mapas en las paredes, los globos terráqueos en las mesas de los profesores, y quizás preguntándose si quien había hecho aquellos mapas veía tantos colores como él.

Continuó recorriendo aquellos pasillos, tarareando entre susurros una tras una las melodías que había sentido aquel día, desde el momento en el que abrió los ojos. Su paso era tan silencioso que nadie del personal del centro advirtió su presencia, ni siquiera su falta en el patio. Fue entonces cuando se topó cara a cara con aquella aula, que le hizo detenerse en seco. Había dentro de ella cosas que no había en las otras. Había una vitrina con instrumentos brillantes, opacos, claros, oscuros, con muchos agujeros, o con cuerdas. El niño apoyó sus dedos largos en el cristal, preguntándose qué sería todo aquello, por qué estaría allí. Giró un poco la cabeza, para poder contemplar el resto de la estancia. Entonces, sintió como un pequeño cosquilleo en su barriga, que subía hasta su esternón como una colonia de hormigas. Sí, aquel niño había conocido quizás al amor de su vida, aquel que nunca le había fallado, aquel que siempre le fue fiel. Se acercó a él, algo tímido, observándolo con atención. Se sentó en una silla mullida, sin siquiera poder tocar el suelo con la punta de los pies, y pudo mirarlo frente a frente. El contacto fue inminente en cuanto extendió su mano, para rozar muy suavemente aquellas teclas. Descubrió, casi por casualidad, que si las presionaba, obtendría un
sonido. Las pulsó todas por orden, memorizando cada uno de ellos. Notaba cómo su corazón se había acelerado desde que se había percatado de aquello. Dejó una mano en su pecho, hacia su izquierda, percatándose de que su propio cuerpo le marcaba un perfecto y preciso ritmo que debía seguir cuando pulsara de nuevo las teclas. Habiendo mecanizado el compás de sus latidos, se atrevió a intercambiar las notas agudas con las graves, hasta dar con aquellas que le recordaban a las caricias de su madre cuando le daba los buenos días; quizás, su sonido favorito del día. Entretejió una melodía sencilla y tierna, utilizando ambas manos para tocar, sin perder de vista las teclas con los ojos entreabiertos. La música comenzaba a mostrarle todos sus secretos a una alarmante velocidad.

Sin que él pudiese percatarse, profesores y alumnos se agolpaban en la puerta, murmurando, especulando sobre la identidad del muchacho, hasta que una profesora, bastante mayor, de cabello negro recogido en un recatado moño, de aspecto cercano al de una abuela de cuento, dio un paso al frente, abriéndose paso ante la multitud, aplacando su inquietud al ver al niño.

-Ese es…Es un alumno de mi clase de preescolar.-vociferó.

Se acercó lentamente a él, ante la expectación de los presentes, sin que él sintiese su presencia. Había desconectado completamente del mundo real, comenzando a crear la dulce cárcel de marfil que le encerraría el resto de su vida. De repente, sintió una mano posarse en su hombro, intentando llamar su atención.

-Ville.

Sintió cómo los pelos de sus brazos se erizaban. Se dio la vuelta sobresaltado, respirando agitadamente.

-¿Qué haces aquí?-preguntó la profesora.

Él no contestó. Desvió la mirada al suelo, avergonzado. Ella intentó sonsacarle algo, pero ni una palabra salió de sus fríos labios. Resignada, le tendió la mano, a la que él se aferró sin dudar, y lo condujo fuera del aula, siendo perseguido por la mirada de sus compañeros

                                                                   ***
-Ville, ¿por qué no estabas en el patio con tus amiguitos?-era esta vez la voz de falsa amabilidad de la jefa de estudios.

Él se limitó a mirar fijamente a un peluche de un gato negro que había sobre el escritorio, observando lo suave que parecía ser. La jefa de estudios ladeó la cabeza, intentando mirarle a los ojos.

-¿Te aburrías con ellos?

Asintió, esquivando la verdad, que era que en aquel sitio no tenía “amiguitos”.

-¿Y por qué fuiste al aula de música? ¿Fuiste allí más veces?

Negó con la cabeza, extendiendo la mano hacia el peluche, aunque se encontrase demasiado lejos para poder alcanzarlo, pues estaba al lado de ella.

-¿Entonces cómo la encontraste?

Se encogió de hombros, algo intimidado por las preguntas, cejando en el intento de coger al gatito, pero sin quitarle ojo de encima.

-No tengas miedo, Ville, no voy a castigarte. Me gustó mucho la canción que tocabas.

La miró, interrogante. Dedujo entonces que ella también había presenciado su improvisada actuación.

-¿Quién te enseñó a tocar el piano? ¿Tus papás?

-Pi…piano.-repitió, algo confuso, intentando quedarse con el nombre.

-¿No sabías cómo se llamaba?-frunció el ceño.

Él negó con la cabeza, volviendo a desviar la mirada hacia el peluche. Fue entonces cuando ella lo notó.

-Oh, ¿te gusta el gato?-lo cogió entre sus uñas rojas y se lo entregó, sonriendo.-Puedes quedártelo.

-Gracias.-susurró, mientras lo tomaba en sus brazos, abrazándolo.

Cada uno de los pelos del animal de peluche rozaron sus pálidas mejillas, provocándole sensaciones de un color rosa pastel muy agradable. Se apoyó en el respaldo de la silla, acariciándolo.

-A cambio tienes que contestarme, ¿de acuerdo, Ville?-él la miró y asintió levemente.-A ver, háblame de esa canción. ¿Quién te la enseñó?

-Nadie.-susurró.

-¿La oíste en la radio?

Negó.

-¿En la tele?

Negó.

-¿En una cinta?

Negó.

-¿Te la cantaron alguna vez?

Negó.

-¿Dónde la escuchaste entonces?-preguntó, algo molesta.

Uno de los índices del niño se posó en su sien, haciendo que su rostro adquiriese una expresión tranquila, como si fuese algo normal.

-Aquí, cuando mamá me da los buenos días.-murmuró.

La jefa de estudios le miró con una mezcla de incredulidad, terror y asombro. Él sintió un escalofrío en su columna, y se abrazó con más ahínco al peluche. Ella se levantó con expresión serena y le tendió la mano.

-Vamos, debes volver a clase.

Bajó de un salto de la silla y se encaminó a la puerta, sin dejar de acariciar a su recién adquirida mascota. Antes de salir, miró a la profesora de soslayo, la cual sacaba de su archivo un expediente y lo remiraba, algo tensa, buscando una explicación para lo que él le había dicho. En cuanto salió del despacho, las habladurías se inflamaron como la pólvora.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Winter 2003, Helsinkki, Finland: Wolves



Un guitarrista afinaba en el escenario de aquel bar de mala muerte los primeros acordes de una melodía. Me aferraba a mi cigarrillo con hastío, repasando mentalmente los conciertos que daría aquella semana. Apenas en un par en bares de pijos, en los que nunca nadie en su sano juicio permitiría entrar a un tipo como yo. A veces temía que me echasen fuera en cuanto me viesen. La verdad es que me sentía más a gusto entre ratas como yo, lejos de toda aquella opulencia. Aspiré fuerte el humo, cerrando los ojos, mientras escuchaba el murmullo de fondo de la charla de Nicolai, el cual me incitaba a robar todo lo que pudiese tras el concierto, para poder sacarme unas pelas extra. De repente, escuché un sonido extraño que provenía del escenario. Extraño para mí, a la par que hermoso. Atravesaba con muchísima pasión mis oídos, traduciéndose como un rumor triste. Como si fuese el viento rugiendo a la orilla del mar, acompasando su melodía con la de las olas. Alzo la vista, intentando adivinar el origen de tan perfecto sonido. Entonces fue cuando la vi, y sentí que mi corazón pegaba un salto dentro de mi pecho. Era una mujer que sostenía un violín blanco y negro bajo su barbilla. Su larguísima melena rizada, roja como la más profunda tristeza, transmitida por su instrumento, caía sobre sus hombros, como cascadas, como ríos de sangre. Vestía una falda corta, blanca, al igual que su corsé de lentejuelas, el cual tenía un corazón bermejo bordado. Una batería comenzó entonces a marcar un acelerado ritmo, que ella supo seguir con agilidad e ingenio. Rápidamente, bajó el violín y se acercó al micrófono, comenzando a cantar con voz grave, mas extrañamente cristalina e inocente. Aunque había algo dentro de ella, algo que su melodía me revelaba, que ardía con muchísima fuerza, queriendo arrasar con el mundo entero. Algo picante, y a la vez dulce. Entonó el estribillo junto a su violín, hincando en mi pecho su melodía, como si fuese una lanza, que imprimía en mi mente un azul intensísimo, entremezclado con tintes rojos, tristeza derramada por cada una de las cuerdas de aquel instrumento, como si los roces del arco las hiriesen. Agité mi respiración, mientras tamborileaba el ritmo de la melodía golpeando con la palma de mi mano en la mesa. Aquella era una sensación que nunca en mi vida había experimentado. Nunca con aquella magnitud. Quizás aquello era lo que en los cuentos infantiles llamaban “amor”, cuando la princesa se casaba con el príncipe y todo aquello que nunca llegaba a comprender. Aquella princesa, Dominatriz de la música, encandilaba mi ser completamente con sus cantos de sirena, como intentando que la siguiese como las ratas seguían al flautista. Aunque tras una coda de violín, en la que volvía a mostrar su pasional sufrimiento, terminó su reinado.

La ahogó una oleada de aplausos mientras se bajaba. Yo aplaudí como nadie, recordando reiteradamente la canción, todavía fresca en mi memoria. Fue entonces cuando ella me miró inconscientemente. Y yo la miré. Y nos retuvimos la mirada. Posteriormente, el camarero llamó su atención, para que se acercase a la barra a pedir algo. Apartó los ojos de mí con dificultad. Algo en mi mente me decía que no podía dejarla escapar. Sentía que aquella mujer le daría un sentido nuevo a mi vida. Dejaría por fin de ser un animal promiscuo, y podría notar de una vez por todas aquel azul intenso, del mismo color que el agua del mar. Agarré con decisión el vaso de vodka y le di un trago largo, bebiéndolo por completo. Arrugué la nariz al notar cómo el licor se deslizaba por mi garganta como si fuesen lapas de fuego. En un golpe seco, dejé el vaso en la mesa y me encaminé hacia la barra, un poco tenso, mas exhibiendo aquella picardía y magnetismo de la que hacía gala. Me coloqué a su lado, abriéndome paso ante la gente. Ella no tardó en notar mi presencia y clavar sus ojos azules de nuevo en los míos. El humo del cigarro que portaba los cubría de una densa niebla, haciendo que los destellos de su iris brillasen como gemas en bruto.

-Fue fabulosa tu actuación.-me lancé a decirle.

-Gracias.-contestó ella, sin dejar de mirarme de arriba abajo, quizás algo altiva.

-Me pregunto como una mujer tan bella puede hacer melodías tan melancólicas.-me acerqué más, hasta el punto de poder escucharla tragar saliva, completamente tensa, aunque lo disimulase.

Le arrebaté el cigarrillo, esbozando una pícara sonrisa. Ante su mirada atónita, le di una profunda calada, sintiendo el regusto de su saliva en mi paladar. En el momento en el que lo aparté de mis labios, ella se apresuró en rozarlos con los suyos. Le retuve la mirada en todo momento, sintiendo cómo mi corazón comenzaba a acelerarse. Ella absorbió dulcemente, mas con ansia, todo el aire que albergaba en mi boca, introduciéndolo en la suya. En cuanto se separó, expulsó el humo que me había robado, sonriendo satisfecha, provocadora. La acerqué más a mí, haciendo presión sobre su trasero, volviendo a besarla, esta vez con mucha más pasión, frenético, acelerando mi respiración. Se giró, haciendo que la abrazase por detrás muy tiernamente, sin dejar de intercalar besitos húmedos por su cuello.

-Vamos a mi casa.-susurró.

                                              ***
Me introdujo en su habitación, tirando del cuello de mi camisa, andando hacia atrás. No perdimos ni un momento el contacto visual, ni la pasión que ardía dentro de nosotros, que abrasaba mi pecho con furia. Al llegar allí, contempló que había dejado la ventana abierta, con la nevada que estaba cayendo, y que los copos se introducían dentro, yaciendo sobre su cama y sobre el suelo.  Quise ir a cerrarla, pero aquella desconocida me agarró más fuerte la camisa, frenándome.

-Déjala abierta.

Sonreí, acercando mis labios a los suyos de nuevo. Sus ágiles dedos de violinista no tardaron el deshacerse de mi camisa, dejando mi torso al descubierto, y con él, los todavía pocos tatuajes que adornaban mi piel. Hice que se girase, y mientras le besaba suavemente la nuca, apartando ella recatadamente la melena hacia un lado, le desabroché el corsé, quitándoselo con mis manos habilidosas, acariciando sus costados, que se movían agitadamente. Soltó un leve gemido, acercando su trasero hacia mi pelvis. Lamí frenético su cuello, chupándolo. Le quité el sujetador con rapidez, instaurando mis manos en sus pechos, acariciándolos, juntándolos, soltándolos posteriormente para trazar leves circulitos alrededor de sus pezones. Ella corrió a sentarse en la cornisa de la ventana, haciendo que la nieve empapase mi cara, y en mi mente provocase unos tintes grises como el frío, que se entremezclaban majestuosamente con aquel amoroso azul. Sus piernas rodearon mi cintura, acercándome. Apoyé mi barbilla en su esternón, sintiendo cómo vibraba su corazón, mientras volvíamos a batallar con nuestras lenguas. Separé los labios, bajándolos hacia su pecho. Le di besitos húmedos sobre sus venas azules, se las mordisqueé posteriormente, para luego volver a besarlas, como si intentase curarlas. Sus manos se aferraron al marco de la ventana, abriéndose de piernas. Mis curiosas manos se apresuraron a quitar su falda y a juguetear con su sexo, a través del tanga. La cogí entonces en brazos. Se aferró a mi cuello, rasgándolo, antes de tumbarla en la cama. La nieve caía sobre mi espalda, haciendo que semejásemos dos lobos follando en medio del bosque nevado. Ella quitó mi pantalón y mi bóxer con rapidez, excitándose al ver mi miembro erecto. Me agaché para sacar un condón del bolsillo y me lo coloqué. Ella se puso de rodillas y pinzó la punta de mi glande con dos dedos. Lo agarró posteriormente con ambas manos, mientras lo chupaba con avidez, tirando de él. De vez en cuando, soltaba una de ellas para pasar la lengua por su estructura, levantando un poco el condón para poder saborear mi semen. Eché la cabeza hacia atrás y comencé a gemir, a aullar acaso. Separó la boca al rato, tentándome, tumbándose en la cama con las piernas abiertas. Le quité el tanga, introduciendo mi lengua en su sexo, rozando el clítoris con ella, mordiéndolo un poco. La mujer tiro de mi pelo, levantándome, para que me colocase encima de ella. Nuestros sexos se rozaron entonces. Me agarré a las sábanas y comencé a embestirla. De su garganta salieron unos chillidos graves. Mis labios emanaron unos jadeos descontrolados muy cerca de su oído. Ella tomó mi rostro entre sus manos y me besó intensamente, sin dejar de convulsionar su pelvis, haciendo que me faltase el aliento. Me separé un poco, y sus dientes agarraron mi labio inferior, frenándome. Comencé a aumentar el ritmo. Los latidos de mi corazón aumentaron bruscamente de ritmo, haciendo que golpease con una descomunal fuerza y rapidez contra mis costillas. Las manos de la desconocida se aferraron al cabecero de la cama. Nuestros extasiados gemidos parecían estar levantando  viento, haciendo que se introdujese entre nuestros cuerpos desnudos y aún calientes.

-Todavía…ah…si sé…cómo te llamas.-balbuceó ella entre jadeos.

-Ville…ah…ah…y…ah… ¿y tú?

-Puedes… ¡mh!...puedes llamarme…ah… ¡ah!….

Llegamos entonces al orgasmo. Un fortísimo chillido al unísono dejaba escapar poco a poco el placer. Fue entonces cuando ella acercó sus labios a mi oído, respirando descompasada todavía, y articuló un nombre.

-Christine. 

[Photo by Lilith Vampiriozah of DA]


viernes, 10 de septiembre de 2010

Azul

La seguí, a lo largo del pasillo de su casa, completamente a oscuras. Abrió la puerta de una habitación, haciendo que ambos nos metiésemos dentro. Me mandó ponerme de rodillas y gatear junto a ella. En medio de la espesa negrura de la noche pude palpar unas sábanas, quizás paños de seda, al menos suaves, que colgaban del techo. De repente, presionó un interruptor, haciendo que se prendiesen miles de lucecitas, que se extendían a lo largo de aquellas sábanas. Bajo nosotros, cojines y almohadas blancas para acomodarnos. La miré, impresionado.

-¿Qué es esto?

-Mi escondite.

Hizo presión sobre uno de mis hombros, intentando que me acostase. Lo hice, mirando al techo, coronado de bombillitas blancas. Autumn se tumbó a mi lado, ladeando su cabeza para juntarla con la mía.

-Son wishing stars.-aclaró, hablando de las luces.

-¿Estrellas de los deseos?

-Ahá. Siempre pido un deseo por cada una de ellas.

-¿Y se cumplen?-alcé una ceja.

-Uno se ha cumplido. El otro creo que también.

-No te preguntaré cuáles son.-le miré de reojo.-Prefiero asegurarme de que primero se cumplen.-reí leve, con aquella risa entrecortada y mismo inquietante que me caracterizaba.

-Me encanta cuando te ríes.-restregó su mejilla contra la mía, mimosa.

-Es horrible.-me abstuve de seguirme riendo, algo avergonzado.

-No, no lo es.-arrugó la nariz.

-No la oíste bien entonces.

-La oí perfectamente. Mira, yo tengo un acento inaguantable-hablaba con un marcado acento inglés.-y no por eso dejaré de hablar.

-No es inaguantable.-la corregí.-Será por acento. Pronuncio las erres como un motor diesel arrancando, no sé si lo has notado.

Colocó su cabeza sobre mi pecho, mimosa, cerrando los ojos. Se acurrucó hasta dar con el sitio más cómodo, quizás donde no pudiese sentir sobresalir mi esternón.

-A mí me gusta, te vibra la garganta cuando lo haces.-la palpó con una mano, justo encima de la nuez. Sus caricias azules me hicieron estremecerme por un momento.

-Mierda.

Esta vez, hasta yo la sentí vibrar por la indignación. Autumn se rió levemente, al ver su comentario reafirmado. Una de sus sienes volvió a empujar contra mi pecho, buscando descanso. Al encontrarlo, se quedó completamente inmóvil, con los ojos cerrados. Acaricié su melena pelirroja, de un color más oscuro que el de Christine, mientras escuchaba su voz.

-¿Qué colores ves?

Sonreí. Desde que se había enterado de mi sinestesia, no dejaba de preguntármelo. Era la primera vez que veía a alguien tan entusiasmado por aquella enfermedad y que no llevaba bata blanca.

-Azul.-susurré, sin pensarlo dos veces.-Sale de aquí.-señalé mi corazón sin llegar a tocar el lugar donde estaba.

Ella, con los ojos todavía cerrados, se concentró en escucharlo, en asimilar sus latidos y poder sonsacarles aquellos matices de color. Una sonrisa surcó sus labios.

-Yo también noto el azul.-murmuró.-Lo noto.

-¿Y cómo suena?

-Como esa canción a la que no le sabes en nombre, pero cada vez que la oyes sonríes y la tarareas, y cuando acaba deseas volver a oírla.

Dejé que mis párpados se bajasen, sumiéndome en la oscuridad. Seguía sintiendo contra mi pecho un incesante azul. Un ápice de alegría me sobrevino cuando lo comparaste con una melodía sin nombrar. Supe cuál era aquella sensación, y no pude evitar sonreír como ella lo hacía. “Cuando acaba” rememoré. Algún día se acabaría, algo, alguien le daría fin. Inevitablemente no pude dejar de pensar que seguiría sonando mientras fuese tan, tan azul. 


[Photo by Two Tikets of DA]

martes, 7 de septiembre de 2010

Behind the mask

Entro en una sala repleta de gente, provocando un estentóreo ruido al abrir la puerta. Vestidos de época se deslizan grácilmente por el suelo como fuesen corolas de pétalos coloreadas de vivos colores. Todo el mundo esconde su rostro tras una grotesca máscara, impidiéndome reconocerles; sin embargo, el mío está completamente al descubierto de sus miradas acusadoras, que me persiguen, como si estuviesen intentando sonsacarme todo aquello que oculto. Incómodo, procuro buscar un lugar donde moleste lo menos posible. Me coloco bien el cuello de la americana, nervioso. De repente, entre la muchedumbre, me topo con aquellos ojos intensamente azules. Una mujer, que se cubre tras un antifaz dorado y negro que semeja el pico de un ave, me mira atentamente, esbozando una sonrisa provocadora. La reconocería en cualquier lugar. Me encamino tras ella, pero desaparece dejando tras de sí un humo oscuro, apareciendo en el otro lado de la sala, sin dejar de observarme. Me abro paso entre la gente, pero cuando estoy lo suficientemente cerca, vuelve a desaparecer. La veo en medio de la habitación, exhibiéndose altiva. Esta vez, intento llamar su atención mientras me acerco.

-¡Christine!

-Vaya, Ville,-me habla sin inmutarse, aunque la escucho como si hablase a escasos centímetros de mi oído.- me descubriste en nada.

-Claro que te descubro pronto. Es mi sueño.

Christine soltó una risa burlona, que resonó en toda la estancia. Echamos ambos a andar en la misma dirección.

-No me hagas reír, querido. Soy yo la que manejo todo esto. Puedo hacer lo que se me antoje.-en ese momento, alzó la mano y bajo ella surgió una estatua de piedra.-Deberías decir que el sueño es mío.

Contemplé sus movimientos asombrado. Nunca me abría imaginado que la Christine que años atrás había conocido se convertiría en tal soberana de mi subconsciente. Desvié la vista un segundo, para intentar no chocarme con nadie. Al girar la cabeza para mirarla, me di cuenta de que se había desvanecido. Me detuve a mirar más concienzudamente, deteniéndome en seco.

De repente, noto una extraña sensación en el cuello. Dejo de respirar al instante, notando cómo mi corazón se desboca. Gotas de sudor frío arraigan de mis mejillas y recorren mi rostro con velocidad. “Shhhh” escucho en mi oído, mientras un esbelto dedo se posa sobre mis labios. Miro hacia atrás, comprobando que la nariz de pájaro yace en mi hombro, mientras aquellos ojos me examinan más de cerca.

-Cálmate. No querrás llamar todavía más la atención.

Era cierto. Las personas se fijaban irremediablemente en mí, aquel hombre que llevaba una americana negra y unos vaqueros, y cuyo rostro blanquecino exponía sin pudor alguno. Christine deslizó ambas manos por mis ojos. Los cierro, dejándole palpar. Cuando las aparta, vuelvo a abrirlos, contemplando un largo pico, al igual que ella, en el lugar de mi nariz.

-¿Qué es esto?-pregunto, palpando mi nuevo apéndice.

-Un antifaz.-lo acaricia, con una mano.-Es blanco, como tu piel, con remaches en negro.

-¿Cómo mi alma?-completo su símil.

Niega, sonriendo.

-Como la mía, en todo caso.

Desvié la mirada ante la afirmación de la hermosa pelirroja, mientras sus dedos recorrían mi cuello sensualmente, provocándome un estremecimiento de placer. Dejó descansar las yemas en el hueco que hay bajo el maxilar, cercano al oído, oprimiéndolas con fuerza, haciendo que ladease la cabeza.

-Adoro sentir los latidos de tu corazón cuando te asustas.-murmuró, con voz suave y cálida.-Me recuerdan a los de un cervatillo asustado cuando nota que una bala se acerca a su cuello.

Cerré los ojos, dejándome llevar por sus movimientos. Quizás eran los susurros de Christine aquellas balas disparadas hacia mi yugular. Sin inmutar aquellos dos dedos, su otra mano, mórbida, álgida, como la propia muerte, recorrió mi pecho provocando que unos leves gruñidos de placer se escapasen de mis labios. Esquivaba la americana para poder encontrarse cara a cara con mi piel, excitarla, tentarla. Fue entonces cuando dejé que unas palabras amordazadas por mis jadeos fuesen desprendidas, ocultas entre los murmullos de la gente:

-¿Pueden...pueden vernos?

-Solo quien yo decida.-sonrió pícara.- ¿Tienes miedo de atraer la atención de nuevo, Ville?

En ese momento, llegó un hombre trajeado que portaba una bandeja con estilizadas copas contenedoras de un burbujeante líquido dorado. Se acercó a nosotros e inclinó la bandeja hacia Christine. Deduje que a ella sí le interesaba que nos viese en cuanto sostuvo uno de los vasos, asintiendo educadamente. Posteriormente, el camarero hizo lo mismo conmigo. ¿Iba a negarme a beber algo que olía desde lejos a alcohol? Coloqué dos de mis largos y agrietados dedos sobre el cuello de la copa, acercándola posteriormente a mis labios, no sin imitar antes el cortés gesto de Christine. Mi garganta se apresuró en tragar de una sola vez todo el contenido. Ignoro si por sed, por ansiedad o por costumbre. Mientras observaba cómo ella bebía pausadamente el champagne, opté por preguntarle aquello que tanto tiempo había rondado por mi cabeza.

-Christine, tú… tú conoces todos mis secretos, todos mis actos, todos mis pensamientos y  mis deseos, mis sueños y mis pesadillas. Me gustaría a cambio saber algo de ti, tras tantos años.

Ni siquiera se giró para mirarme, simplemente torció el labio en un desacuerdo inicial. Luego, antes de volver a mojar los labios con alcohol, musitó un leve:

-Me parece justo.

Me daba luz verde para poder indagar en todo aquello que desconocía sobre ella. Quise saber al menos, una cosa, una que me había estado atormentando desde hacía años.

-¿Qué hiciste tras marcharme de Finlandia?

Christine enmudeció, clavando su mirada celeste en la pared. Ladeé la cabeza para poder mirarla. Su piel se tornó si cabe todavía más pálida. Desviamos ambos la mirada a su copa, en un acuerdo tácito. Pude presenciar cómo el champagne se convertía en agua de repente, en un agua cristalina y turbia. Desde la superficie, un líquido rojo comenzaba a sumergirse hacia el fondo, grácilmente, con lentitud, haciendo formas extrañas  y suaves. Christine observó el líquido con amargura, oprimiendo la copa posteriormente.

-Mejor será que no lo sepas.-dijo entre dientes.

En ese momento, al tiempo en el que la copa estallaba en mil pedazos de cristal, abrí los ojos, acostado en la cama. No había apéndices en lugar de mi nariz, aunque mi corazón seguía latiendo como el de un cervatillo, tal como ella decía. Me incorporé. Quizás aquella máscara que Christine portaba solamente era el medio para ocultar su tristeza. 


[Photos by NaomiFaMi and curi0us_bLasphemy of DA]

jueves, 2 de septiembre de 2010

Princesa



A contraluz vi la sombra de aquellos pequeños pies descalzos acariciarme. Era alargada, al estar de puntillas, y se deslizaba grácilmente por toda la estancia. Mis dedos, todavía sanos y sin apenas callos ni grietas, acompañaban con una dulce melodía, a ritmo de vals, sus movimientos. Encima de aquellos pies, unas piernas esbeltas cubiertas por una malla rosácea. Unas curvas ya bastante formadas venían después, tapadas recatadamente con un bañador negro. Su pecho; a pesar de ser todavía una niña, a mis ojos al menos, ya se presentaba redondeado, debido a su temprana pubertad. Su rostro era tan blanco como el mío, y en él yacían dos ojos azules enormes, que relucían una desbordante pasión por su baile. Una larguísima melena rubia danzaba por la habitación, dando vueltas y vueltas en el aire. Continué tocando, con empeño en transmitir dulzura, mirándola de reojo. Mi princesa y yo nos compenetrábamos a la perfección.

Entonces, ella se detuvo, mosqueada. Me hizo un gesto con la mano para que parase de tocar. Lo hice, apoyando los codos en mis piernas. Ladeé la cabeza para poder mirarla.

-¿Qué pasa, Anja?

-He entrado a destiempo.-volvió a agitar indignada la mano.- ¡Mierda!

-Podemos volver a empezar hasta que te salga bien.
-Así nunca llegaré a ser una buena bailarina.-resopló, colocándose a mi lado. Me giré para que se sentase en una de mis rodillas.

-Anja, tienes 13 años y ya bailas mejor que todas las niñas de tu clase de ballet. Estás muy adelantada. Ya eres una buena bailarina, solo tienes que darle tiempo al tiempo y practicar mucho para enmendar esos errores.-le expliqué, con voz pausada.

-Pues tú nunca has tomado clases y mira.-señaló el piano.-Te dejan una partitura que no has visto en tu vida y a los dos minutos la tocas a la perfección. Por no hablar de que compones canciones y todo.

-No he tomado clases, pero he practicado el triple.

-Eres bueno por tu enfermedad.-rebatió.

-No siempre es buena, Anja. A veces escucho cosas que no me gustan.

Su enfado se convirtió en curiosidad, al escuchar a su hermano quejarse por primera vez de la sinestesia que padecía, el pasaporte al comienzo de su carrera. Se acomodó en mi regazo, dejando su cabeza apoyada en mi hombro.

-¿Qué cosas?-preguntó, mirándome.

-Pues… por ejemplo…un pellizco.

Anja agarró un poco de la piel de mi mano entre sus dedos, habiéndole clavado las uñas; tras prenderla, la retorció, desencadenando en mi mente unas notas horriblemente agudas y desagradables. Fruncí el ceño. Se notaba que era mi hermana pequeña.

-Sí, eso mismo.-aclaré.

-¿Qué escuchaste?

Coloqué los dedos de la mano pellizcada en el piano, reproduciendo los mismos sonidos. Anja también puso mala cara.

-¿Y cuando te doy un beso? ¿Qué escuchas?-me besó en la mejilla sonoramente.

Deslicé los dedos por las teclas, esta vez produciendo un sonido extremadamente agudo y tierno. Sonrió.

-¿Y qué más cosas no te gusta oír?

-Te las cuento si no las repites.-suspiré.

-De acuerdo.-se acurrucó en mi hombro.

-Erm… un arañazo, un golpe fuerte, un pinchazo en la sien…

-¿Y un dolor de estómago?

-Eso no, princesa.-reí leve. Continué con la lista.-Un cuchillo…el roce de un cuchillo en la piel.-me estremecí-.Suena como cuando arañas una pizarra.-imité el sonido con la boca, apretando los dientes. Hasta Anja se estremeció.

-¿Pero para qué se pone uno un cuchillo en la piel, Ville?-me miró.-No tiene sentido. Te haces daño. Nadie quiere hacerse daño.-tiró de mi camiseta, exigiendo una respuesta.

Suspiré muy hondo. Una niña tan pequeña, de una alma tan tremendamente inocente y pura, no podría concebir algo semejante a aquello. Volvieron a mi mente los recuerdos de aquellas rajas que tenía en la muñeca derecha, la del brazo que envolvía a Anja, resultado de tanta soledad en medio de tantísimos espectadores. La besé en la frente, buscando las palabras adecuadas. Ella volvió a aferrarse a mi camiseta.

-Ya lo comprenderás cuando seas más mayor.-contesté, en un susurro.

Casi al instante supo que yo había llevado a cabo aquella dolorosa y para ella inconcebible acción. Acomodó su oído en mi hombro sin decir nada.

Fue a los 17 años cuando lo comprendió. 




[Photo by lollipop0406 of DA]

miércoles, 1 de septiembre de 2010

I don't know how I must feel

Me mantuve allí en la sala de espera contigo, retorciendo las manos ansioso, entrelazando los dedos, como intentando darse ánimos entre sí. Suspirabas que no querías esperar, que necesitabas saberla ya, la razón de tu malestar. Se abrió la puerta de la consulta, la enfermera te llamó por tu nombre. Una pequeña porción de mi mundo comenzaba a resquebrajarse.

El médico corre la cortina que separa la camilla del despacho, separándonos a ti y a mí en el acto. Te hace pruebas, tantas que siento que el tiempo se me escapa entre mis largos dedos. Me recuesto en la silla, sin dejar de pensar en lo que puede pasar y en lo que está pasando. Trago saliva, alzo la mirada al techo. Todos mis movimientos de manos, los rítmicos golpes que dan mis pies nerviosos contra el suelo, son amarillos como el miedo. La grieta se hizo algo más grande cuando el médico volvió a dejarnos solos.

Me senté a tu lado en la camilla, mientras él iba a buscar los resultados de la prueba de embarazo que te había hecho. Te cogí de la mano, te convencí de que te tranquilizases. ¿Cómo podía hacer algo así, si yo mismo temblaba? El amarillo se extendía, se extendía por mi cuerpo a una velocidad más que alarmante. Hasta el aire que expulsaba al respirar era un hálito amarillo que salía de mis labios como veneno. Entró el médico de nuevo. Mi corazón se encogió para poder escuchar mejor su respuesta. Un solo gesto hizo que me sintiese morir.

Me quedé completamente en shock, clavando la vista en un punto fijo de la pared. Mi piel se tornó completamente pálida. Mi mundo estalló en pedazos como un cristal contra el suelo; intenté sacarlo de dentro de mí, no sin verter enormes chorros de sangre de mi alma, arrasada por su paso. Ni siquiera escuché mi propia respiración entre el silencio. Solamente noté moverse mi pecho con rapidez, frenético. Hice un grandísimo esfuerzo por tragar saliva, y notar que todavía no estaba del todo muerto por dentro. Contra mis costillas sentí mi corazón convulsionarse con furia. Desvié la mirada hacia él. Sus latidos desprendían un azul muy feble. Quizás si seguía funcionando no era por mí, era por ti.  Por ti y por ese hijo nuestro que llevas dentro.

Me mantuve ajeno a tus palabras, no supe responderte, no pude siquiera. Me limité a escucharte decir que ibas a abortar, y que el próximo día irías sola al médico. Que odiabas verme así, repetías, que querías que estuviese bien. Negué con la cabeza en respuesta a tu primera afirmación, queriendo decirte que iría contigo. La segunda quedó en el aire. La observé, me callé, me quedé inmóvil. Agarraste mi muñeca y me mandaste levantarme. No luché, no opuse resistencia, me dejé llevar, obedecí. Nos cogimos de la mano y caminamos hasta tu casa sin mediar palabra.

Nos dejamos caer en el sofá. Materia inerte había dentro de mí, quizás nada. Solamente aquel asqueroso metrónomo marcando su fortísimo ritmo contra mis sienes, dentro también de mi pecho, desgarrándome. No obstante, observé la pantalla apagada de la televisión sin expresión alguna.

-Ville, tengo miedo.-murmuraste.

-¿De qué?

-De todo esto. De ir a abortar mañana.

-Escucha.-entrecerré los ojos.-Si quieres tenerlo, tenlo. Si no quieres tenerlo, no lo tengas. Yo te apoyaré.

-¿Y tú qué quieres?-me miraste.


-No lo sé.-susurré sin fuerzas.-No sé ni cómo debo sentirme.

-Lo tendremos.-apoyaste la cabeza en mi hombro.-Pero cuando nazca lo daremos en adopción.

Asentí débilmente. Acomodé la cabeza contra el respaldo del sofá y deslicé los dedos hasta tu vientre. Los dejé descansar allí. Solamente las yemas. Me estremecí al pensar que quizás me sentiría. Aunque seguramente solo era un amasijo de células todavía dividiéndose. Colocaste tu mano encima de la mía, haciendo que mi palma también tocase tu barriga. Me mordí los labios.

-¿Qué colores ves?

Cerré los ojos con fuerza, concentrándome. Otras veces podía verlos con claridad con cada sensación. En ese momento, todos los colores se entremezclaban, colisionaban dentro de mí, provocándome aquel estado de shock. Vi rajas rojas como la tristeza. Vi difuminados y palpitantes puntos azules, que se movían con rapidez. De vez en cuando me sobrevenía una oleada amarilla, con tintes quizás azulados, cada vez que notaba algún movimiento dentro de tu vientre, aunque solo fuesen las tripas. Suspiré con mucha fuerza. Mis suspiros eran grises como el frío.

-Muchos. Muchísimos a la vez.-entreabrí los ojos y me acerqué a besarte la mejilla. No te encontré satisfecha por mi respuesta inexacta.

-¿Y qué escuchas?

Volví a cerrar los ojos, con más fuerza todavía. Te mantuviste en silencio. Yo también lo hice. Mismo suavicé mi respiración para escuchar con mayor atención. Lo único que oía era el estentóreo palpitar de mi corazón zumbando en mis oídos, taladrándome las entrañas.

-No escucho nada... No…no puedo escuchar nada… Solo mi corazón…

Me palpaste suavemente el cuello para poder notarlo. Volví a abrir los ojos, intentando relajarme. Fue entonces cuando tú cogiste mi mano y la introdujiste dentro de tu camiseta. La posaste encima de las costillas, y la oprimiste con la tuya. Noté que el tuyo latía con la misma intensidad y casi el mismo ritmo que el mío. Con más rapidez el que vibraba en tu pecho, con más lentitud y pesadez el que yacía en el mío.

-No creas que eres el único.-susurraste.

Volví a acurrucarme en el sillón. Era rojo aquel palpitar, lo vi, y se entrelazó en mis dedos. No podía seguir viéndote así, no podía, pero tampoco fui capaz de reaccionar. Solamente pude cerrar los ojos y echarme a llorar. Nunca había llorado delante de nadie. No suelo llorar, siquiera. De algún modo tenía que sacar toda aquella ansiedad de dentro. Sentí que me abrazabas y no podía corresponderte. Los pinchazos de mi brazo me ordenaban encontrar en ellos la calma. No pude delante de ti, no me sentí capaz. Quizás al volver a casa, antes de escribir estas líneas, solo para atontarme un poco. “Relájate”, “cálmate”, “tranquilo”, salía de tus labios, “tienes que descansar”.

Solo pude articular unas palabras, sin ni siquiera ponerles voz.

-Joder, necesito que se calle…