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viernes, 1 de julio de 2011

Miedo

Una palabra. Cinco letras. Cinco cuchillos que se me reparten por todo el cuerpo, que se me clavan con mitómana fiereza. Un desgarro seco y yerto que parece exorcizar mi alma del propio cuerpo que la salvaguarda. Un dolor tan profundo que me crece y me mata por dentro. Si la escucho de esos labios.
Esa palabra.
Para mí.
Es peor.
Que el veneno

Una se me clava en la mismísima boca del estómago, me lo cierra como una mano adusta y fuerte que me retuerce el esófago hasta que me es imposible tragar un solo bocado. Pero tengo que hacerlo, porque quiero que sea ella la que lo haga. La miro, y se mantiene a mi lado estática. Antaño se colocaba enfrente de mí. Y hablábamos. Ahora su voz se ha extinguido, es una vela apagada, que solo desprende el humo débil y quebrado de la llama que algún día estuvo encendida. Sabe que el más minúsculo fragmento de comida que entre por su boca será inmediatamente regurgitado. Por eso me mira. Y en sus ojos hay una tenue y titilante luz cetrina. “Tengo miedo”.

Otra me apunta directamente al pecho, perforando la aorta sin hesitación alguna. Y de esta manera tan cruel, no sólo daña, sino que me hace rogar que se me aloje en el corazón, para no tener que verter tal cantidad de sangre. Cárdena. Como la bilis negra. Las sábanas parecen envolverme en una atmósfera de madre protectora, haciendo que durante un par de horas me vaya durmiendo, muy lentamente, hasta que me siento balancear. Abro los ojos cubiertos de amarillenta escarcha, intentando entre las rendijas de las pestañas ver de quién se trata. Lo sé de sobra. Su música se delata. Frunzo el ceño. Dios sabe cuán horribles pesadillas la atormentan. “Tengo miedo”. Y se adentraba en la cama. Y se aferraba a mis costados.

La tercera es lo sufientemente cruel para escupirse como agujas diseminadas contra mis dos ojos, penetrando hasta el fondo de mis pupilas, hasta que todo lo que puedo ver son lágrimas. Gélidas. Pero dulces. Como el helor del invierno. Ignoro cuándo adquirió aquella asquerosa manía de mirarse al espejo exactamente cada hora, precisa como un reloj suizo. Y el reflejo le engaña, es malo con ella, es como un monstruo de lapas de fuego que le abrasan la carne, de garras afiladas, curvilíneas, de esas que se deslizan por la garganta con el sigilo de una serpiente, y rasgan, rasgan, hasta la arcada. Es una enorme mole de ceniza, que en un solo suspiro de cordura se descubren unos huesecillos cubiertos por un manto de piel. Muchas veces se mira en ropa interior y pregunta si está más delgada, clamando que ha perdido dos malditos kilos como quien narra el nacimiento de un hijo. Con ilusión. Convencimiento. Ternura. Y una sonrisa. La cojo de la mano y la alejo de la habitación, poniendo cualquier excusa de pretexto. Entonces, parece recordar todo por lo que estamos luchando. Ella. Y yo. “Tengo miedo”.

La próxima se dirige en cruel sendero hacia mis pulmones, y, cual granada de mano, extiende todo su daño por cada uno de los bronquios. Como una nube tóxica que marchita un campo de flores, haciendo que pierdan su color, y se cierren. A veces, ella sola no es capaz de aguantar el peso del recuerdo sola, entre cuatro paredes estrechas. Por mucho que intenten ayudarla, no la comprenden, no saben todo lo que guarda dentro. Sus secretitos. Que para mí son como tesoros. A veces a ella también le traicionan los bronquios, y entre lágrimas pierde la respiración. Una enfermera viene a desentumecer mis músculos cuando me dice que entre en la consulta. Todos, salvo el corazón. Me acerco a mi princesa, inclinándome sobre ella para que me abrace. El tiempo que ella vea necesario. Y debo mantenerme firme. Yo soy su héroe, su caballero de brillante armadura, debo permanecer impasible y fuerte, para inculcarle todo el apoyo que necesita. Entonces es cuando siento que los pulmones se me cierran. Me piden llorar con ella, llorar de impotencia, llorar de amargura, me piden gemir y chillar y desahogarme. Pero no puedo. Y me anego. Intentando respirar. “Tengo miedo”.

Y la última puñalada, la última afilada verba, aunque semeje la más llevadera, es la más cruel. Se me metió por la boca, me rasgó el paladar y la lengua, y la garganta, y me sesgó las cuerdas vocales. Como quien siega trigo. Manchado de sangre. Recuerdo que estaba desayunando. Un café. Amargo. Como el regusto que tenía en la boca. Y llegó ella y se me sentó al lado, mirándome. Princesa, ¿por qué me persigues? Le cuestiono; no podía soportarlo más, tenía que saberlo. Y sabía cuál era su respuesta. “Tengo miedo”. La silla se arrastró hacia atrás hasta sucumbir a la ley de la gravedad y provocar un estruendo peor que un trueno rompiendo en el cielo de tormenta. Me incliné hacia ella, como quien suplica, como quien ruega, como quien implora. ¡¿Pero a qué le tienes miedo, Anja, a qué coño le tienes miedo?! Y entonces, al ritmo que las lágrimas comenzaban a quebrarse y retorcer mis lacrimales, por mi garganta se deslizó como ácido aquella palabra. Y me quedé en silencio, inerte, estático, dejándome caer de rodillas. Sería la primera y última vez que me derrumbaría delante de ella.

“Älä pelkää, prinsessani. Minä suojelee sinua. Mikään ei satuta sinua. Kukaan ei satuta sinua.”



miércoles, 5 de enero de 2011

Su regalo de navidad

-Buen espectáculo, chaval, aquí tienes.

Así fue como recibí mi primera paga. Había ido a trabajar una sola noche a un bar, donde habían buscado a un músico sustituto un par de días. Recuerdo con claridad la estancia. Distaba de ser elegante en aquel entonces, pero quizás lo había sido en tiempos mejores. No se trataba tampoco un bar sucio y apestoso, solamente era tan antiguo que su momento de gloria había pasado hacía demasiado tiempo, como un anciano que te cuenta sus historias de juventud encerradas en las paredes de pintura rasgada, entre los agujeros de carcoma de las mesas, alrededor de las tablas podridas del suelo. Solamente tres o cuatro clientes tenía por el día; aumentaba el cupo por la noche, pero no demasiado, quizás iban algunos músicos más, o bien para abuchearte o para aclamarte, sufrí un poco de todo. Eran las vacaciones de navidad, faltaba una sola noche para Nochebuena, y el garito se había engalanado con guirnaldas de colores eléctricos y vivos, parecidas al visón de una furcia, además de un par de muérdagos de pega en las puertas del servicio. El camarero, de aspecto cadavérico y demacrado, embutido en un traje negro, siempre el mismo, que resaltaba su cuerpo desgarbado y esbelto, me había arrojado las monedas en la barra, como si fuese un perro al que le arrojaban un trozo de carne al suelo. Antes de recogerlas las examiné con la vista exhaustivamente. No era un sueldo excesivo, mas no podía quejarme; sólo tenía 17 años. Cogí las monedas, sin siquiera agradecérselo, pues no le veía razón de ser, y me las metí en el bolsillo del abrigo, escondidas en un bolsillo diminuto dentro de este, cosido por mí mismo para evitar atracos. Me atusé la bufanda al cuello antes de salir por la puerta, murmurando, al unísono del camarero, aquella frasecita que no dejaba de repetirse por aquellas fechas. “Felices fiestas”.

Paseé por la calle en aquella noche fría, sin rumbo fijo, con las manos metidas en los bolsillos. El tintineo de las monedas, ganadas con mi propio esfuerzo, hacía que mi corazón pegase un tímido salto, provocando en mis labios en consecuencia una leve sonrisa de satisfacción. Clavé la mirada en el suelo; la nieve comenzaba a cuajar, entumeciendo mis pies, menos abrigados de lo que deberían. Las palabras de mi madre resonaban en mi cabeza. Un caprichito, es sólo un caprichito. Joder, me murmuré a mí mismo. No tenía dinero para comprarme unas botas decentes, ni para comprarle unas sábanas más cálidas a mi hermana, que la sentía yo tiritar todas las noches, y tuvo que comprarse un aparato de video para Navidad. “Auto-regalo”, se llama esa nueva moda. “Anteponer mis intereses a la salud de mis hijos” se llama la nueva moda que inventó mi madre. Le di una patada a una piedra, levantando un poco de nieve, mientras mascullaba todo aquello que debí haberle dicho a la cara. Dudo que me hubiese escuchado. Aún así, había estado ahorrando con celo todo el dinero que había podido ganar tocando con mi teclado de segunda mano para comprarle a mi hermana una manta de franela para que no volviese a tener frío, y creo que de ser necesario le habría dejado todas las mantas que tengo en mi cama. Aparato de video, hay que joderse y punto, ¿para qué sirve esa mierda? Ladeé inconscientemente la mirada, fijándome en los escaparates relucientes que adornaban la ciudad. En las calles principales, distantes del barrio del que procedía, estaban decorados con opulencia, llenos de luces y de adornos, que me hacían inevitablemente quedarme prendado del cristal. Tenía que avanzar, se iba a hacer tarde. Mi madre se preocuparía por mí; mi hermana, más; y no era aconsejable ir por mi barrio a altas horas de la noche. Entonces fue cuando lo vi. Entre una tienda de lencería y un anticuario. Una tienda de electrodomésticos. En el escaparate, delante de mis propias narices, estaba aquella televisión enorme, en color, con su respectivo aparato de video debajo. Me detuve frente a él, ignorando el bullicio que corría a mis espaldas, haciendo las últimas compras antes de Nochebuena. Así que eso era, ese aparato gris. Era pequeño y alargado, con infinidad de botones y una pantallita en negro, que reflejaba la hora en números rojos. Miré hacia los lados instintivamente. Nadie que yo conociese, ni mi madre, ni mi hermana tampoco, transitaban por aquella calle. Solamente mujeres bien arregladas, hombres elegantes y niños pijos. Tragué sonoramente saliva, mientras me metía rápidamente, me escondía, huía al interior de aquella tienda.

-¿Puedo ayudarte en algo?-me preguntó el vendedor en cuanto me vio entrar. Por lo que se veía, no tenía a mucha gente. Solamente un par de personas observando las cocinas, seguramente eran pareja.

Me acerqué tímidamente al mostrador, con las manos metidas en los bolsillos. Moví un poco la mano izquierda. Otra vez el tintineo de las monedas. Otra vez el salto en el corazón. Ahora palpitaba mucho más deprisa, debido al pánico por encontrarme en aquella tienda, completamente solo, mal arreglado, cabe destacar. Temí que no me atendiesen, que me tomasen por un ignorante o algo parecido, que me mandasen salir fuera de la tienda. Apoyé las manos en el mostrador. Notaba el corazón como si quisiese escaparme del cuerpo y chocar irremediablemente contra la caja registradora. Intenté buscar saliva que tragar, mas tenía la boca completamente reseca y rasposa. Entreabrí los labios para decidirme a formular mi petición.

-¿Podría usted explicarme p…para qué sirve un aparato de video?

Pronuncié las palabras tan atropelladamente, que el vendedor tuvo que hacer un sobreesfuerzo para entenderme.

-¿Un aparato de video, dices? Pues sirve para ver películas, hijo.

-Películas.-repetí, afianzando el concepto en mi cabeza.

-Exacto. Mira,-se giró levemente para coger de una estantería una caja de color negro, envuelta parcialmente por un plástico transparente.-se graban en cintas de VHS y se reproducen en el aparato de video.

Abrió entonces la caja, mostrándome una de las susodichas cintas. Era también de color negro, rectangular, semejante a las que se colocaban en los casetes para escuchar música, pero más grande. Rocé el espacio que albergaba aquellas tiras negras enrolladas, las cuales emanaban un extraño brillo, cual si fuesen de charol, con mis dedos.

-¿Tiene más cintas de VHC?-pregunté, sin apartar la vista de ella.

-VHS.-me corrigió, quizás algo molesto.-Y sí, sí que tengo, pero las vendo junto con los aparatos de video.

Desoí su advertencia en cuanto desvié la mirada hacia uno de aquellos aparatos. Encima de él, había una película, al igual que encima de los otros. Pero no era una película cualquiera. “La bella durmiente”, rezaba, y en su portada aparecía una mujer con una longuísima melena rubia, aferrada a un galán de cabello castaño, rozando sus labios con mucha delicadeza, en tanto que sostenía entre sus finas manos una rosa roja. Sobre su cabello reposaba una corona ligeramente pequeña, lo que me llevó a pensar que era una princesa. Princesa, me repetí mentalmente. Me acerqué a la cinta poco a poco, como si tuviese miedo de que escapase por la puerta al hacer un movimiento brusco. La cogí entre mis manos, alzándola un poco en el aire para poder contemplarla mejor. Una princesa.

-Oye, chaval, ¿no me estás escuchando o qué?

Volví a girarme hacia el mostrador rápidamente esta vez. Dejé encima de él la película, y comencé a sacar de mi bolsillo una a una las monedas que me acababan de dar como sueldo por mis actuaciones, provocando un sonoro retintín. Las acerqué hacia el vendedor, agrupándolas con mis dedos, murmurando con voz tímida:

-¿Así está bien?

Él alzó una ceja, no muy convencido con la baja cantidad de dinero que le ofrecía, solamente por una cinta de vídeo. Alcé la mirada, observándole con mis ojos verdes, esta vez suplicantes, atemorizados, mas decididos. Negó con la cabeza, riéndose con sorna.

-Sí hijo, sí, llévatela. ¿Te la envuelvo para regalo?-preguntó, rematando así la burla, a punto de romper a reír de nuevo.

-Sí. Envuélvesela para mi hermana pequeña.

Ignoro si fue aquella frase, pronunciada con todo el amor del mundo, o fue el simple hecho de que un chaval menor de edad, con aspecto enfermizo y mal vestido, gastase el poco dinero que tenía en comprarle un simple regalo de navidad a su hermana, lo que le hizo tragarse sus palabras y rodear la tapa de un papel de regalo color de rosa.
                                                           ***
Aquel año nos había esperado una gélida Nochebuena. Los copos de nieve, algunos tan grandes como mi dedo pulgar, golpeaban con fuerza nuestras frágiles ventanas. Como siempre en aquellas fechas, la entumecida y vieja calefacción se había averiado, y estar dentro de nuestra casa era lo más parecido a encerrarse en un mausoleo. Durante toda la cena, en la cual tomamos pollo al horno, si no recuerdo mal, Anja se pasó temblando, hasta el punto de que le cayeron un par de veces los cubiertos al suelo. Me desgarraba el alma verla de aquel modo, soportando las broncas de mi madre, por algo inevitable para la pobre cría. No me pude aguantar toda la cena así, y en medio de esta, me levanté bruscamente de la mesa, corriendo hacia mi habitación a coger el gran paquete de regalo marrón en el que estaba metida la manta de franela. Debajo de él, pude vislumbrar aquella caja rosa, que contenía la película para Anja. De nuevo, mi corazón pegó un pequeño salto, apresurándose a latir más fuerte. Volví a la mesa, con el paquete en brazos, bajo las estupefactas miradas de mi madre y de Anja.

-Creo que Papá Noel se ha adelantado un poco.-me excusé, dejando el paquete sobre las piernas de Anja.

Lo abrió con rapidez, visiblemente emocionada. Sospecho que sabía lo que era, por la forma del paquete. Sus ojos translucieron una felicidad enorme, al tiempo que extendía sus brazos hacia mí para poder rodear con ellos mi cuello y abrazarme con fuerza.

-Muchas gracias, Ville.

-De nada, princesa.

Me separé un poquito de ella muy a mi pesar, pudiendo agarrar la manta de color verde por los extremos. Vamos a ver, murmuré muy despacio, alargando la última palabra, mientras envolvía el cuerpo de mi hermana con ella, colocándola semejante a un rollito de canela. Lo único que sacó de la manta fueron las manos para poder comer, y una dulcísima sonrisa para dedicarme.

En cuanto terminamos la cena, mi madre nos dio nuestros regalos: Una bufanda para Anja, una libreta para mí y un aparato de vídeo para ella misma. Esta vez no refunfuñé. Unos incesantes y fuertes golpecitos en mis costillas me susurraban el pequeño secreto que todavía mantenía guardado. Guardé la libreta en mi habitación y me apresuré en esconder la cinta dentro de mi chaqueta, a ras del pecho, para intentar escondérsela hasta el último momento. Me dirigí a la cocina, que era donde seguían mi madre y ella, una lavando los platos y la otra jugando con una muñeca. No se separaba de la manta de franela, a cada minuto que pasaba se aferraba a ella con más ahínco; aquella imagen me había dado muchísima pena, y me la sigue dando hoy en día. Me acerqué despacito a ella, colocándome a su lado, provocando que se girase hacia mí, dejando sus piernas cubiertas por unas medias verdes a merced del aire.

-Te tengo una última sorpresa, princesa.-le revelé, aún en tono misterioso y confidencial.

El rostro de Anja dibujó una sonrisa ilusionada, abriendo los ojos exageradamente, y me escudriñó de arriba abajo. Vio que tenía una mano metida dentro de la chaqueta, y que un objeto extraño me abultaba cerca del corazón. Su mirada de tornó aviesa esta vez, mientras alargaba las manos hacia la cremallera entreabierta. Me eché un poco hacia atrás, negando varias veces.

-No, no, no. Primero tienes que adivinar qué es.

Se colocó de rodillas encima de la silla, irradiando una gran curiosidad por saber cuál era su próximo regalo. Colocó una mano sobre mi pecho y lo palpó, sin dejar de agarrar la manta. Al tocar las esquinas puntiagudas de la caja, frunció el ceño; quizás había descartado ya alguna conjetura. Se acercó un poco más y apoyó su oído sobre la cinta. No sé qué esperaba escuchar, por lo que no pude evitar reírme levemente. Me extrañaría que no oyese, aunque fuese a lo lejos, aquellos furiosos latidos que golpeaban cada vez más rápido la película. Soltó un leve bufido, volviendo de nuevo a enderezarse. Tamborileó con los dedos sobre la caja, intentando indagar si había o no algo dentro. Su sonido, como metálico, la hacía dudar todavía más. Alzó la mirada hacia mí, a punto de llorar de desesperación.

-Jobá, Ville, no sé qué es. Dímelo, porfi.

Solté una carcajada; sabía que no adivinaría nunca lo que escondía tras mi chaqueta. Está bien, cedí, abriendo la cremallera con la otra mano, extrayendo el paquete rosa, ahora caliente por la exposición a mi cuerpo. Se lo entregué, ante su mirada de expectación. La larga espera y todas las tesis descartadas sobre la identidad del regalo, la hizo romper el envoltorio rápidamente, reduciéndolo a pedacitos que cayeron sobre el suelo. Una interrogante expresión se esbozó en su rostro al ver la película. Me incliné hacia ella para poder explicarle.

-Es una cinta de vídeo.-mi madre se dio la vuelta súbitamente para mirarnos.-Es un cuento de dibujos animados.

Entonces abrió la boca profundamente sorprendida. Sin soltar la película siquiera, se echó en mis brazos de un salto, haciendo que tuviese que agarrarla por los muslos para evitar que se hiciese daño. Me besó reiteradas veces la mejilla, sin darle apenas tiempo para poder respirar, al tiempo que me daba una y otra vez las gracias. Con una de mis manos la acerqué a mi cuerpo, haciendo que pudiese apoyar la cabeza en el hombro y calmarse un poco de la euforia inicial. Apretó un poco más el abrazo, mimosa, mientras yo aguantaba su manta con la barbilla.

-Oye, princesa, ¿qué te parece si vamos a ver la película tú y yo juntos?

-¡Sí!-afirmó rotundamente, volviendo a echarse a mi cuerpo. Por un instante olvidó el frío, olvidó completamente el desprecio que nos había hecho nuestra madre, al haber recibido uno de los poquísimos regalos que pudimos darle en toda su vida: una película de princesas.

Es inevitable que cuando llegan estas fechas me vuelva la misma historia a la mente, aquella navidad cuando yo tenía diecisiete años. Que no vuelva a rememorar aquella sonrisa dulce y aniñada, que susurraba en voz muy bajita: “Gracias, hermanito”. 


[Photo taken in Weheartit]

jueves, 30 de septiembre de 2010

Buenos días, princesa. He soñado toda la noche contigo

-¡Ville!

-¡Princesa!

Tras tanto tiempo sin verles, aquel día había ido a cenar con mi madre y mi hermana. Mi única familia. Envolví en los brazos a una Anja enfundada en una sudadera gris varias tallas mayor, y la levanté un palmo del suelo, haciéndola chillar entre risas. Sospecho que ella era la única razón por la que podía volver a Helsinki con una sonrisa. Aún tras haberla soltado, se aferró a mi camisa negra con ahínco, mirándome con sus ojos azules, grandes y brillantes como las canicas con las que solía jugar de pequeño.

-Pesas mucho menos que la última vez.-volví a alzarla levemente, frunciendo el ceño.- ¿Has estado enferma?

-No.-negó, sonriente.-Solamente estoy intentando adelgazar.

-Mariconadas, Anja. Estás perfecta, no te hace falta adelgazar más.

-Eso lo dices porque me ves con los ojos de un hermano.

-Justo por eso me resulta difícil decirlo.

-Bueno, cuéntame. ¿Qué tal el concierto?-dijo, cambiando de tema.

Recordé. Dos días antes había tenido un concierto en España, que me había impedido asistir a uno de los suyos. Estaba apuntada en una compañía de ballet, y representaban “El Lago de los Cisnes”, siendo mi hermana la princesa Odette, el papel más importante de la obra. En cuanto lo mencionó, me dolió todavía más no haber podido ir a verla.

-Muy bien, pero oye, Anja, siento muchísimo…

-Oh, no pasa nada. Te comprendo. No ibas a cancelar un concierto tan importante por algo así.-sonrió comprensiva, mirándome a los ojos de nuevo.-Ven, me cuentas en la cena.-me cogió por la muñeca y tiró de mí hacia el interior de la casa.

Sopa. Mi madre había preparado sopa. Olía desde el recibidor, y se acentuaba a medida que me adentraba en la cocina. En cuanto ella me vio me abrazó, me dio dos besos, agarrando mis mejillas, oprimiéndolas, y me pidió pasta seguidamente. Ya me sabía yo su paripé. Saqué mi cartera de piel del bolsillo del pantalón, resignado, y le endosé tres o cuatro billetes, sin mirar. Ella sí los miró; y viendo que satisfacían sus inquietudes financieras, volvió a besarme, tornándose entonces cariñosa conmigo. Le dejé, siempre le he dejado. Todos queremos mimos de nuestra madre, aunque sean comprados. Les ayudé a poner la mesa, con aire exhausto, y me senté a comer, enfrente de Anja. Tomé pequeñas cucharadas de sopa de cada vez, pues no tenía apetito. Por la mañana me había metido un par de rayas, y estaba francamente molido, sin ánimos ni siquiera para coger la cuchara. Miré de reojo a Anja un par de veces. Por lo visto, ella sí estaba famélica, pues comía con avidez. Durante aquella cena, les relaté a ambas mi viaje por Barcelona. Mi hermana me escuchaba con atención, y sus ojos se tornaron vidriosos.  

-Hay una catedral que tiene unos torreones altísimos, con unas diminutas figuras talladas. Y fuimos a un parque en el que había un lagarto de colores, de mosaicos.

-¡Guau!-exclamó Anja.- ¡Me encantaría ir!

-Cuando haga otro concierto por allí, te vienes conmigo, ¿te parece?

-¡Sí!

Ella fue la primera en acabar de comer, mientras yo todavía balanceaba la cuchara en el plato, sin ganas. Se apresuró en levantarse y darnos un beso a mamá y a mí antes de irse del comedor.

-¿No te quedas al postre?-la miré, extrañado.

-No, voy a hacer los deberes.

Sonreí leve, dándole una suave palmadita en la espalda, dejándola irse. Volví a ahogar la mirada en la sopa, sin intercambiar ni una sola palabra con mi madre hasta que ella comenzó a recoger los platos.

-¿No comes más, hijo?

Erguí la cabeza, para poder mirarla. Articulé un frágil “no”, dándole luz verde para seguir recogiendo. Apoyé ambos codos en la mesa y suspiré profundamente. De repente, escuché un extraño ruido, que se intercalaba con una voz conocida. Fruncí el ceño, intentando adivinar su fuente de origen. Me levanté disimuladamente de la mesa, sin que mi madre, que estaba en la cocina, lo percibiese, y me dirigí al pasillo. Una vez allí, agudicé el oído como nunca, acercándome a cada una de las puertas, curioso, y apoyaba la oreja en la madera, confiando escucharlo de manera más fuerte. Aunque a veces se entrecortaba; aquel sonido era como si alguien arrancase un agresivo veneno de las entrañas, provocándole un dolor sobrehumano. Me estremecía cada vez que lo oía, deseando que cejase, y a la vez que continuase hasta averiguar su procedencia. Al final del pasillo, en el interior de una puerta de la izquierda, fue donde lo noté con más intensidad. Se me pasó por la cabeza abrirla, para ver qué pasaba dentro. Sabía que no teníamos pasador en ninguna habitación de la casa, con lo cual sería fácil hacerlo. Respiré hondo, antes de atreverme a girar la manilla muy suavemente, sin provocar ruido alguno, y entreabrir la puerta, asomándome para mirar. Nunca olvidaré lo que vi, ni el modo en el que se clavó en mis ojos como una aguja, traduciéndose como una fuerte opresión en el corazón, en la más pura expresión del horror. Era ella, era mi princesa, y estaba arrodillada ante el váter, completamente pálida. Se metió su dedo índice en la garganta, lo más hondo que podía, y sufrió una arcada, que hizo que su cuerpo se convulsionase hacia delante y expulsara por sus labios un chorro de vómito completamente líquido, que se introdujo en mis oídos, haciendo que abriese de todo la puerta, bruscamente.

-¡Anja! ¿Qué coño haces?

Ella se giró hacia mí asustada, con la boca todavía algo manchada.

-¡Shhhh! Baja la voz, por favor, que mamá no se entere.-susurró, a modo de súplica, arrastrándose hacia mí.

-P…Pero… ¿estás loca?-murmuré, indignado, cerrando la puerta del baño.

Negó con la cabeza, limpiándose la boca con la manga de la sudadera.

-Tengo que hacerlo, Ville. Las otras chicas de la compañía…están más delgadas. Y a veces se burlan de mí. ¡Quiero estar como ellas!

Me arrodillé enfrente de ella, todavía sin creerme que aquello estuviese pasando.

-Te tiene que importar una mierda lo que digan esas pijas retrasadas. El ballet no es cuestión de estar más delgado o más gordo, es cuestión del talento que tengas y la pasión que le pongas, y eso a ti te sobra.

-No lo entiendes…

-¡No!-salté.- ¡Eres tú la que no entiende! Esto puede convertirse en una enfermedad muy grave, Anja, puedes acabar muerta. O muerta en vida, que es peor aún.-giró la cabeza, aunque la obligué a mirarme.- ¿Quieres saber lo que pasa cuando dejas de cuidarte, haces gilipolleces y andas jugando con fuego?

Tragó saliva, sin atreverse a darme una respuesta. Fue entonces cuando comencé a desabrochar mi camisa, mostrándole mi cuerpo increíblemente delgado y enfermizo, todavía más que en la actualidad, ya que estaba todavía más enganchado a las drogas. Los ojos de mi hermana expresaron un terror sobrehumano. Se tapó la boca con las manos, posteriormente me miró a la cara.

-¿Qué te has hecho…?-susurró, dolorida.- ¿Tú también…?

-No, esto es por otra cosa. Pero el resultado es el mismo. Vas adelgazando, vas perdiendo apetito, vas perdiendo fuerzas y acabas en una cama de hospital, ¿entiendes?-hablaba con una decisión y nerviosismo nunca vistas en mí.

Anja se dejó caer encima de mí, abrazándome con mucha fuerza, escondiendo la cabeza en mi pecho. Rompió a llorar de una forma desgarradora, entremezclando en aquellas lágrimas el miedo a morir y el miedo a ver morir a su hermano mayor. Acaricié su melena rubia con fuerza, incrédulo.

-Te juro que mato a la que te dijo que estabas gorda.-escupí, con ira.-¡¡Te juro por Dios y por la Virgen que la mato!!

-Ville, no…-se aferró a mi espalda.- ¿Pero por qué? ¿Por qué  te has hecho esto? ¿Cómo has…?

-Las drogas, princesa.-susurré.-Pero eso dejémoslo aparte.-la miré, dejando que unas lágrimas, cuya caricia se traducía como un rojo sendero en mis mejillas, aflorasen de mis ojos.-Yo quiero volver a tener a mi princesita, a la que me daba la tabarra después de comer, no la que se encierra en el baño a vomitar.

-Lo siento mucho,  te he decepcionado, lo siento mucho. A mí no me gusta vomitar, pero es la única forma de que mamá no se entere.-gimió.

Me mantuve en silencio, saboreando aquella tristeza, mientras Anja se aferraba a mi camisa entreabierta, palpando mis costillas, sollozando cada vez que las notaba. Siseé suavemente cerca de su oído, intentando tranquilizarla, aunque cada vez lloraba con más intensidad. Necesitaba sacar toda aquella bilis de dentro. Ladeé su cabeza con mucho cuidado, tomándola entre mis manos,  haciendo que apoyase el oído en mi pecho. Quizás fueron mis tiernas y a la vez nerviosas caricias, y mi corazón golpeando a toda velocidad, mas con proximidad y calidez, contra ella, los que la hicieron calmarse un poco.

-Anja, tienes que jurarme que no vas a volver a hacer esto.-susurré.

No contestó, todavía intentando recuperar el aliento.

-Júralo por mi vida, y si no vas a cumplirlo, que me muera aquí mismo.

-¡Ville!-alzó la mirada, inquisitiva mas triste a la vez.

-Si estás dispuesta a curarte, hazlo.

Cerró los ojos, rompiendo otra vez a llorar, empujando su sien contra mis costillas.

-Lo juro por tu vida.

Asentí, cerrando los ojos. Cogí aire muy fuertemente por la nariz, sintiendo las últimas convulsiones extasiadas que sufría mi corazón antes de recuperar su ritmo normal. Anja se estremecía al escucharlas.
-Pero tú tienes que jurar por mi vida que no vas a volver a meterte nada.

-No puedo hacer eso, princesa.-susurré, sin apenas fuerzas.-Tú podrás cumplirlo.

-¿Y por qué tú no?

-¿Cuánto hace que te…haces eso?-tragué saliva.

-Un mes.

-Yo llevo más años de los que piensas.-asentí.

Anja por poco sucumbe al llanto de nuevo, si no fuese porque limpié con mucho cuidado sus lágrimas y la erguí al momento, agarrándola por los hombros. Antes de salir del baño, volvió a hundir la mejilla en mi pecho. Noté cómo entre destellos de un azul celeste, su vida se escapaba entre mis manos.

                                                      ***
Tut…tut…tut… “¿Diga?”

-Seppo, soy Ville. Tengo que hablar contigo. … Es sobre los conciertos de estas próximas semanas. … Voy a cancelarlos. …-fruncí el ceño.-No me grites. … ¡Que no me grites, joder! … Es por mi hermana, está enferma.

Ella se encontraba sentada en la cama a mi lado.  Me miró con ojos vidriosos en cuanto pronuncié aquella última palabra, apretándome la mano que yacía sobre mi pierna. Tomé aire fuertemente.

-Sí… Pues no sé muy bien qué tiene, todavía no ha ido al médico.-mentí.-Pero creo que es una gastroenteritis o algo así. …

-Te quiero, hermanito.-susurró mimosa, por no haber descubierto su secreto.

-Y yo, princesa.-susurré, tapando el auricular para que Seppo no nos oyese. Dicho esto, volví a destaparlo.-… En principio alrededor de dos semanas. … … Oye, joder, que es mi hermana. No voy a dejarla sola mientras está enferma. … Mi madre ya está muy mayor para estas cosas. … … De acuerdo. …Ahá. … Me incorporaré lo más pronto posible. … Bien, vale. … Abur. Abur.

Colgué el móvil. Presionar aquella tecla roja me produjo un alivio impropio de lo que me sugería aquel color. Anja apoyó la cabeza en mi hombro, mirando la pantalla del móvil, en la que había una foto de Christine.

-No entiendo por qué lo has hecho, Ville.

-Pues porque eres mi hermana. Y te voy a ayudar a salir de esa mierda cueste lo que me cueste. Por mí, como si tengo que cancelar toda una temporada de conciertos. Me suda la polla.-la envolví en mis brazos, mientras ella dirigía sus labios a mi mejilla.

Recuerdo haber hablado horas y horas con ella, sentados ambos en la cama, hasta llegar las 3 o 4 de la madrugada. Me había contado tantísimas cosas, tantísimos problemas que le rondaban por la cabeza, y yo me había limitado a darle consejos y a alentarla. No solté prenda de ninguno de mis propios problemas. Cuanto más tiempo pasaba a solas conmigo, más segura se sentía, y con más decisión y serenidad relataba. Encendí alrededor de una docena de pitillos mientras la escuchaba, todavía algo tenso por lo que había visto en el baño. Cuando miré el reloj, ya era extremadamente tarde. Se aferró a mí de nuevo, colgándose en mi cuello.

-No quiero dormir sola.-susurró.

-Estos días dormiré aquí contigo.

Me giré para mirar mi antigua cama, la cual estaba al lado de la de Anja. Le di un beso en la frente antes de dirigirme a ella. Me senté encima mientras me quitaba los zapatos y la camisa, para dormir con el pantalón. El hecho de quedarme allí a dormir me había pillado por sorpresa. “Mañana-pensé.-iré a por algo de ropa a casa”. Cuando ella se hubo cambiado, tras obligarme a ponerme de espaldas, nos acostamos en nuestras respectivas camas y apagué la luz. Me acurruqué, mirando por la mirilla de las persianas. Nevaba.

-Ville.

-Dime.

-¿Te acuerdas de cuando era pequeña, y me tocabas canciones con el teclado para que me durmiese?

-Sí, me acuerdo.

-Ojalá te lo hubieses traído. Quería oír la canción que me habías compuesto de pequeña.

-Puedo tarareártela. No es lo mismo, pero…

-Vale.-se rió levemente.

Comencé a hacerlo, aquel vals con el que ella improvisaba sus pasos de baile, aquel vals que media Europa había degustado, había aplaudido hasta romperse las manos. Cada vez que lo tocaba, pensaba que una parte de mi hermana estaba entre las teclas, guiando mis dedos para la perfecta ejecución de la melodía. Mi garganta, que comenzaba a agravar todavía más mi voz, entonó con acierto las notas, mas me dejaba sin aire cuando subía al registro agudo. En cuanto terminé, escuché a Anja respirar profundamente, dormida, o al menos aparentemente dormida. Fue entonces cuando, no sin esfuerzo, me fui quedando yo también.

                                                       ***
Extrañamente, aquella noche había dormido como un lirón. Entreabrí los ojos, cegados por el sol, recubiertos de legañas. Aquellos rayos hicieron que mis hipersensibles córneas comenzasen a segregar lágrimas. Me giré molesto. En la oscuridad abrí por completo los ojos y me los limpié con las sábanas. Miré mi reloj de pulso, el cual no me había molestado en quitarme. Las 11. Me levanté, erguiendo los brazos para desperezarme, provocando un casi imperceptible gruñido. Miré hacia la cama de Anja, mientras me acercaba. Ella todavía dormía. En sus mejillas había un leve colorete. Al ver sus pestañas húmedas, deduje que se había pasado la noche llorando en silencio para no despertarme. Acerqué mis labios a su frente e hice una tierna y cálida presión. Entreabrió los ojos, clavándolos en mí. Sonreí, deslizando mi mano por su cabello.

-Buenos días, princesa.-susurré.-He soñado toda la noche contigo.

Esbozó una dulce sonrisa. Acercó su rostro al mío para besarme la mejilla. Noté en aquel beso que quedaban grandes ráfagas de vida dentro de ella.  

 [Photo by sisthgradedropout of DA]

jueves, 2 de septiembre de 2010

Princesa



A contraluz vi la sombra de aquellos pequeños pies descalzos acariciarme. Era alargada, al estar de puntillas, y se deslizaba grácilmente por toda la estancia. Mis dedos, todavía sanos y sin apenas callos ni grietas, acompañaban con una dulce melodía, a ritmo de vals, sus movimientos. Encima de aquellos pies, unas piernas esbeltas cubiertas por una malla rosácea. Unas curvas ya bastante formadas venían después, tapadas recatadamente con un bañador negro. Su pecho; a pesar de ser todavía una niña, a mis ojos al menos, ya se presentaba redondeado, debido a su temprana pubertad. Su rostro era tan blanco como el mío, y en él yacían dos ojos azules enormes, que relucían una desbordante pasión por su baile. Una larguísima melena rubia danzaba por la habitación, dando vueltas y vueltas en el aire. Continué tocando, con empeño en transmitir dulzura, mirándola de reojo. Mi princesa y yo nos compenetrábamos a la perfección.

Entonces, ella se detuvo, mosqueada. Me hizo un gesto con la mano para que parase de tocar. Lo hice, apoyando los codos en mis piernas. Ladeé la cabeza para poder mirarla.

-¿Qué pasa, Anja?

-He entrado a destiempo.-volvió a agitar indignada la mano.- ¡Mierda!

-Podemos volver a empezar hasta que te salga bien.
-Así nunca llegaré a ser una buena bailarina.-resopló, colocándose a mi lado. Me giré para que se sentase en una de mis rodillas.

-Anja, tienes 13 años y ya bailas mejor que todas las niñas de tu clase de ballet. Estás muy adelantada. Ya eres una buena bailarina, solo tienes que darle tiempo al tiempo y practicar mucho para enmendar esos errores.-le expliqué, con voz pausada.

-Pues tú nunca has tomado clases y mira.-señaló el piano.-Te dejan una partitura que no has visto en tu vida y a los dos minutos la tocas a la perfección. Por no hablar de que compones canciones y todo.

-No he tomado clases, pero he practicado el triple.

-Eres bueno por tu enfermedad.-rebatió.

-No siempre es buena, Anja. A veces escucho cosas que no me gustan.

Su enfado se convirtió en curiosidad, al escuchar a su hermano quejarse por primera vez de la sinestesia que padecía, el pasaporte al comienzo de su carrera. Se acomodó en mi regazo, dejando su cabeza apoyada en mi hombro.

-¿Qué cosas?-preguntó, mirándome.

-Pues… por ejemplo…un pellizco.

Anja agarró un poco de la piel de mi mano entre sus dedos, habiéndole clavado las uñas; tras prenderla, la retorció, desencadenando en mi mente unas notas horriblemente agudas y desagradables. Fruncí el ceño. Se notaba que era mi hermana pequeña.

-Sí, eso mismo.-aclaré.

-¿Qué escuchaste?

Coloqué los dedos de la mano pellizcada en el piano, reproduciendo los mismos sonidos. Anja también puso mala cara.

-¿Y cuando te doy un beso? ¿Qué escuchas?-me besó en la mejilla sonoramente.

Deslicé los dedos por las teclas, esta vez produciendo un sonido extremadamente agudo y tierno. Sonrió.

-¿Y qué más cosas no te gusta oír?

-Te las cuento si no las repites.-suspiré.

-De acuerdo.-se acurrucó en mi hombro.

-Erm… un arañazo, un golpe fuerte, un pinchazo en la sien…

-¿Y un dolor de estómago?

-Eso no, princesa.-reí leve. Continué con la lista.-Un cuchillo…el roce de un cuchillo en la piel.-me estremecí-.Suena como cuando arañas una pizarra.-imité el sonido con la boca, apretando los dientes. Hasta Anja se estremeció.

-¿Pero para qué se pone uno un cuchillo en la piel, Ville?-me miró.-No tiene sentido. Te haces daño. Nadie quiere hacerse daño.-tiró de mi camiseta, exigiendo una respuesta.

Suspiré muy hondo. Una niña tan pequeña, de una alma tan tremendamente inocente y pura, no podría concebir algo semejante a aquello. Volvieron a mi mente los recuerdos de aquellas rajas que tenía en la muñeca derecha, la del brazo que envolvía a Anja, resultado de tanta soledad en medio de tantísimos espectadores. La besé en la frente, buscando las palabras adecuadas. Ella volvió a aferrarse a mi camiseta.

-Ya lo comprenderás cuando seas más mayor.-contesté, en un susurro.

Casi al instante supo que yo había llevado a cabo aquella dolorosa y para ella inconcebible acción. Acomodó su oído en mi hombro sin decir nada.

Fue a los 17 años cuando lo comprendió. 




[Photo by lollipop0406 of DA]