Mostrando entradas con la etiqueta pianista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pianista. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de mayo de 2011

Reminiscence


Una ráfaga de viento hizo que las hojas de los árboles peligrasen para caer grácilmente de las ramas en las que estaban prendidas, y danzar a escasos centímetros del suelo. Me encontraba fumando un cigarrillo en el parque, relajado, sentado en un banco del que tenía el inmenso placer de que fuese todo para mí. Unos cuantos niños, despreocupadamente, dibujaban con tizas de colores en el suelo casitas, corazones, arcoiris, y demás elementos de su mundo de fantasía.
El tacto de una hoja marchita furtivo sobre mi mejilla, traído por el viento cortante. La acaricia, los poros se activan. Y un dulce compás comienza a desarrollarse. Primero sólo son unas pocas notas, que mi mente comienza a moldear, a repetir, a compaginar, a darles forma. las cambia de tonalidad, las eleva, las baja, juega con ellas. Y en medio del parque cojo una tiza prestada a unos niños y me pongo a escribir sobre el asfalto.
Poco a poco viene a mi cabeza aquel otoño en la Toscana, con Christine, mi hoja inerte alguna vez tan llena de vida. En aquel pueblo de Sarteano, donde había querido perderse antes de partir a Florencia. Junto al manto de estrellas, la oscuridad de la noche, el matiz dorado del follaje. Las notas se desataban como locas. Aquella locura desenfrenada, aquel caos dentro de nuestros cuerpos, y aquella alegría desbordante, aquella sensación de libertad, de no depender de nada ni de nadie, aquel libre albedrío del que por un momento gozamos. Bajo la noche en la Toscana.
La acera comienza a llenarse de notas musicales, de punta a punta del paseo. Los transeúntes observan asombrados, algunos incluso sacan fotografías para inmortalizar el momento. Claman, espectantes, , observan cuál será el próximo giro delirante de la composición, la cual se me escapa de la mente. Las gotas de sudor diluyen milésimas de centímetro de los pentagramas amarillos, y sigue fluyendo la canción con normalidad.
Otoño, otoño, en aquella fecha también había sufrido una de las etapas más difíciles de mi vida. Una de mis musas, un chaval, me había dejado y, estando en el hospital encamado, me había dejado claro su desprecio. La melodía se ralentiza, la vergüenza, el arrepentimiento, la rabia se regenera, produce unas longuísimas filas de negras, ejecutadas por un violín en mi cabeza, que suenan como a reprimenda. Y posteriormente, un piano sutil y tímido, aviva con su aliento musical de compases de cuatro por cuatro la llama de una vida que late sin sentido alguno.
Y de nuevo el eterno retorno, hasta que la acera se queda corta, y mi cabeza se mantiene
En silencio.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Winter 2003, Helsinkki, Finland: She's my hell

Las nueve y media. Ni un minuto más, ni un minuto menos, marcaban las agujas de reluciente oropel de mi reloj recientemente comprado. Un pequeño capricho que me había permitido con una mínima parte del dinero que había ganado en mi anterior concierto.

Había llegado demasiado pronto al bar de siempre, tanto, que solamente se escuchaba el latir del reloj, tan diminuto y tan frágil que semejaban golpecitos irregulares en una urna de cristal fino, que con un poco de fuerza podía quebrarse en mil pedazos. El dueño del bar me había dado las llaves para que le hiciese unas chapuzas en el piano. Mirar si está afinado y todo eso, supongo, pienso y quiero pensar, que se lo debo por haberme dado trabajo tanto tiempo. Me senté en el taburete que está enfrente del piano, sin hacer ni un solo ruido, como quien suelta una pluma para que caiga con delicadeza sobre él. Me echo el cabello hacia atrás con ambas manos, dejando que los mechones ligeramente rizados se enreden en mis dedos, los cuales todavía el tiempo no les había dado un castigo. Dejo los ojos completamente abiertos, observando el techo de color blanco sucio fijamente. Como si fuese una cáscara que pudiese resquebrajar con una sola mirada punzante. Todavía cuando cerraba los ojos seguía apareciendo ella ante mí. Ella y sus notas de un azul intenso, de un azul tan fuerte como el de un beso, una de sus mordidas pronunciadas, pinzando mi miembro con las puntas inocentes de sus dientes como sierras. De ese azul que me provocaba cada uno de los roces de sus uñas negras, cada aliento que imprimían sus labios muy cerca de mi cuello. No podría describir la tonalidad, aún hoy me es imposible. Era potente como un azul marino, mas frágil como un azul celeste, atrevido como un azul eléctrico, mas harmonioso como un cyan. Era un color endemoniado, era un sentimiento endemoniado. El de ella y su violín. El de aquella música tan apetecible y diabólica, de aquel instrumento extraño, que descargaba unas notas tan llenas de angustia y de rabia, que sonaban como un gemido enunciado con un dolor inhumano, como un chillido con el que parece escapársete la voz de lo más hondo de la garganta, un harmónico y nítido alarido, preciso como el cortar de un cuchillo de escueto filo arrebatándote la capa más externa de la piel del alma. Cada vez que lo recordaba....Me eché hacia delante de forma brusca, apoyando mis codos sobre la tapa. Y otra vez entre la oscuridad de un parpadeo allí estaba ella...

¡¡Joder!!

En ese momento, una mano fría, sobre mi nuca desnuda, unos dedos certeros, álgidos, poseedores de un azul atronador, me hicieron sobresaltarme, tornando en amarillo toda sensación. Di un respingo en el asiento y caí hacia delante, deteniendo con mis brazos todavía fuertes la caída sobre el piano. Una risita. Húmeda, diáfana, cristalina, se materializó en un cuerpo de mujer.

-Joder.-inquirí, llevándome una mano al pecho en un acto reflejo.-La próxima vez avisa.

-¿Te he asustado, cariño?-preguntó, con una voz esta vez un tanto más grave y sensual, atusándose la melena pelirroja mientras se colocaba de pie a mi lado, mirándome desde arriba con cierta superioridad.

-No, claro que no.-me apresuré en contestar fríamente, volviendo a fijar la mirada en el piano.

Sus caderas se balancearon hacia mí como si fuese el péndulo de un reloj, marcando los pocos segundos que le llevó acercar su nariz completamente a mi mejilla, mientras deslizaba las uñas por mi cuello oteando por la yugular, susurrándome posteriormente, con el crepitar sutil de una serpiente:

-Vamos, cielo, he visto a boxeadores con el corazón tan acelerado como tú.

No tardó en romper en un efímero segundo la proximidad, dejándome completamente sin palabras. Todavía en mis fosas nasales residía aquel aroma femenino. Permaneció de pie al lado del piano, rozándolo con el canto de las uñas mientras pronunciaba:

-¿Trabajas aquí?


-No…Bueno…Sí, a veces vengo a echarle una mano al tío del bar cuando tiene poca gente.

Su lúbrico cuerpo edénico se acercó de nuevo a mí, rozándome los hombros con las palmas de las manos, mientras de sus labios se escapaban unas palabras vehementes, cuidadosamente envueltas en aquella voz sensual y aterciopelada, asiéndolas entre sus labios rojos para cuidadosamente ir masticándolas al hablar:

-Eres increíble, escucharte es una autentica delicia. Tú puedes brillar,-inclinó su cuerpo para poder observarme por un costado, pudiendo ver un competitivo destello que esplendía en sus pupilas.-dejar a tus enemigos sin habla. No puedes conformarte con menos, Virtanen.

Desvié mi mirada hacia ella bruscamente. No me esperaba en absoluto que hubiese averiguado mi apellido, ni siquiera podía caberme en la cabeza cómo lo había sabido, haciendo tantísimos Villes en todo Helsinki. Al ver mi expresión de sorpresa, volvió a reírse de nuevo, tapándose los labios con las manos, como si hubiese dicho algo que no debiera. Molesto, volví a dirigir mi cuerpo hacia el piano, frunciendo el ceño mientras murmuraba:

-No hagas como que sabes todo sobre mí solamente por un simple polvo, Christine.

Y fue al escuchar de mis propios labios aquel nombre hechizado cuando me quedé completamente en blanco con la boca entreabierta y la mirada fija en la pared. Le había puesto en bandeja de plata su gran jaque mate.

-Pues para haber sido un simple polvo, todavía te acuerdas.-clamó orgullosa, contoneándose hacia mí con un aire ganador.

-¡Está bien!-chillé, golpeando la tapa del piano con ambos puños, provocando un estentóreo golpe.-Está bien, desde esa noche no dejo de pensar en ti y en ese jodido violín tuyo. ¿Era eso lo que querías oír?-alcé la cabeza, respirando agitadamente por el nerviosismo, apretando entre sí ambas filas de mis dientes.

Christine, en cambio, se acercó a mí serena y tranquila. Apoyó sus dos grandes, yertos e enhiestos pechos sobre la tapa, lo suficientemente cerca de mi propio pecho para que acelerase todavía más mi propio aliento y susurró muy suavemente, mientras sus uñas volvían a deslizarse por mi cuello con delicadeza suma.

-Hay muchas cosas que quiero oír de esos labios tuyos.-los perfiló con el pulgar, esbozando ella misma una sonrisa.-Pero eso será en su debido momento,-acercó su rostro al mío para poder concluir en un murmullo.-pianista.

En un evanescente movimiento se separó del piano y, sin darme tiempo a reaccionar, me dio la espalda para irse, balanceando sus caderas en un movimiento sutil, tan promiscuo como inicuo. Pude observar como su silueta se aliaba con la oscuridad de la estancia, convirtiéndose en una negra sombra, que relucía destellos bermejos cada vez que meneaba su lustroso cabello. Fue un acto involuntario el desviar la mirada hacia el piano y encontrar un papel sobre la tapa, el cual pincé entre mis dedos todavía jóvenes y sanos, para poder leer su contenido, el cual inevitablemente provocó un ataque de risa incrédula por mi parte. Era una entrada, de mi concierto en el Hartwall Areena, hacía un par de noches. Entonces caí en la cuenta.

Ella ya conocía todo sobre mí. 

sábado, 25 de septiembre de 2010

Ville's Childhood: First Part

Era un día más violeta que de costumbre en los suburbios de Helsinki. Un otoño de 1988 en el que los niños se mostraban más perezosos que de costumbre en ir a la escuela. Uno de ellos, quizás el que sobresalía más entre la multitud por ir vestido de oscuro, perdía su mirada en la ventana mientras la profesora de preescolar les enseñaba a sumar. El único deseo de aquel niño en ese momento era salir afuera, extender los brazos, alzar la cabeza, y sentir el color de la lluvia en su piel en toda su magnitud, pero se empeñó en seguir estoicamente las reglas y permanecer encerrado en clase. Veía cómo los niños no se acercaban a él, ni se atrevían a hablarle, y esto se veía agravado por su timidez. Aunque aprovechaba la soledad para recordar toda la música que había escuchado a lo largo del día y poder almacenarla en su mente, pues no sabía plasmar las notas en un papel. Apenas era capaz de escribir su nombre sin que las “es” le saliesen torcidas.

En el recreo, fue capaz de escabullirse del patio donde sus compañeros jugaban a las tiendas, y deambular por entre las clases, como si fuese casi un espectro, buscando una distracción, buscando quizás algo que por primera vez lograse sorprenderle. Andando y andando, llegó a las clases de los alumnos más grandes. Asomó la cabeza curioso, contemplando los mapas en las paredes, los globos terráqueos en las mesas de los profesores, y quizás preguntándose si quien había hecho aquellos mapas veía tantos colores como él.

Continuó recorriendo aquellos pasillos, tarareando entre susurros una tras una las melodías que había sentido aquel día, desde el momento en el que abrió los ojos. Su paso era tan silencioso que nadie del personal del centro advirtió su presencia, ni siquiera su falta en el patio. Fue entonces cuando se topó cara a cara con aquella aula, que le hizo detenerse en seco. Había dentro de ella cosas que no había en las otras. Había una vitrina con instrumentos brillantes, opacos, claros, oscuros, con muchos agujeros, o con cuerdas. El niño apoyó sus dedos largos en el cristal, preguntándose qué sería todo aquello, por qué estaría allí. Giró un poco la cabeza, para poder contemplar el resto de la estancia. Entonces, sintió como un pequeño cosquilleo en su barriga, que subía hasta su esternón como una colonia de hormigas. Sí, aquel niño había conocido quizás al amor de su vida, aquel que nunca le había fallado, aquel que siempre le fue fiel. Se acercó a él, algo tímido, observándolo con atención. Se sentó en una silla mullida, sin siquiera poder tocar el suelo con la punta de los pies, y pudo mirarlo frente a frente. El contacto fue inminente en cuanto extendió su mano, para rozar muy suavemente aquellas teclas. Descubrió, casi por casualidad, que si las presionaba, obtendría un
sonido. Las pulsó todas por orden, memorizando cada uno de ellos. Notaba cómo su corazón se había acelerado desde que se había percatado de aquello. Dejó una mano en su pecho, hacia su izquierda, percatándose de que su propio cuerpo le marcaba un perfecto y preciso ritmo que debía seguir cuando pulsara de nuevo las teclas. Habiendo mecanizado el compás de sus latidos, se atrevió a intercambiar las notas agudas con las graves, hasta dar con aquellas que le recordaban a las caricias de su madre cuando le daba los buenos días; quizás, su sonido favorito del día. Entretejió una melodía sencilla y tierna, utilizando ambas manos para tocar, sin perder de vista las teclas con los ojos entreabiertos. La música comenzaba a mostrarle todos sus secretos a una alarmante velocidad.

Sin que él pudiese percatarse, profesores y alumnos se agolpaban en la puerta, murmurando, especulando sobre la identidad del muchacho, hasta que una profesora, bastante mayor, de cabello negro recogido en un recatado moño, de aspecto cercano al de una abuela de cuento, dio un paso al frente, abriéndose paso ante la multitud, aplacando su inquietud al ver al niño.

-Ese es…Es un alumno de mi clase de preescolar.-vociferó.

Se acercó lentamente a él, ante la expectación de los presentes, sin que él sintiese su presencia. Había desconectado completamente del mundo real, comenzando a crear la dulce cárcel de marfil que le encerraría el resto de su vida. De repente, sintió una mano posarse en su hombro, intentando llamar su atención.

-Ville.

Sintió cómo los pelos de sus brazos se erizaban. Se dio la vuelta sobresaltado, respirando agitadamente.

-¿Qué haces aquí?-preguntó la profesora.

Él no contestó. Desvió la mirada al suelo, avergonzado. Ella intentó sonsacarle algo, pero ni una palabra salió de sus fríos labios. Resignada, le tendió la mano, a la que él se aferró sin dudar, y lo condujo fuera del aula, siendo perseguido por la mirada de sus compañeros

                                                                   ***
-Ville, ¿por qué no estabas en el patio con tus amiguitos?-era esta vez la voz de falsa amabilidad de la jefa de estudios.

Él se limitó a mirar fijamente a un peluche de un gato negro que había sobre el escritorio, observando lo suave que parecía ser. La jefa de estudios ladeó la cabeza, intentando mirarle a los ojos.

-¿Te aburrías con ellos?

Asintió, esquivando la verdad, que era que en aquel sitio no tenía “amiguitos”.

-¿Y por qué fuiste al aula de música? ¿Fuiste allí más veces?

Negó con la cabeza, extendiendo la mano hacia el peluche, aunque se encontrase demasiado lejos para poder alcanzarlo, pues estaba al lado de ella.

-¿Entonces cómo la encontraste?

Se encogió de hombros, algo intimidado por las preguntas, cejando en el intento de coger al gatito, pero sin quitarle ojo de encima.

-No tengas miedo, Ville, no voy a castigarte. Me gustó mucho la canción que tocabas.

La miró, interrogante. Dedujo entonces que ella también había presenciado su improvisada actuación.

-¿Quién te enseñó a tocar el piano? ¿Tus papás?

-Pi…piano.-repitió, algo confuso, intentando quedarse con el nombre.

-¿No sabías cómo se llamaba?-frunció el ceño.

Él negó con la cabeza, volviendo a desviar la mirada hacia el peluche. Fue entonces cuando ella lo notó.

-Oh, ¿te gusta el gato?-lo cogió entre sus uñas rojas y se lo entregó, sonriendo.-Puedes quedártelo.

-Gracias.-susurró, mientras lo tomaba en sus brazos, abrazándolo.

Cada uno de los pelos del animal de peluche rozaron sus pálidas mejillas, provocándole sensaciones de un color rosa pastel muy agradable. Se apoyó en el respaldo de la silla, acariciándolo.

-A cambio tienes que contestarme, ¿de acuerdo, Ville?-él la miró y asintió levemente.-A ver, háblame de esa canción. ¿Quién te la enseñó?

-Nadie.-susurró.

-¿La oíste en la radio?

Negó.

-¿En la tele?

Negó.

-¿En una cinta?

Negó.

-¿Te la cantaron alguna vez?

Negó.

-¿Dónde la escuchaste entonces?-preguntó, algo molesta.

Uno de los índices del niño se posó en su sien, haciendo que su rostro adquiriese una expresión tranquila, como si fuese algo normal.

-Aquí, cuando mamá me da los buenos días.-murmuró.

La jefa de estudios le miró con una mezcla de incredulidad, terror y asombro. Él sintió un escalofrío en su columna, y se abrazó con más ahínco al peluche. Ella se levantó con expresión serena y le tendió la mano.

-Vamos, debes volver a clase.

Bajó de un salto de la silla y se encaminó a la puerta, sin dejar de acariciar a su recién adquirida mascota. Antes de salir, miró a la profesora de soslayo, la cual sacaba de su archivo un expediente y lo remiraba, algo tensa, buscando una explicación para lo que él le había dicho. En cuanto salió del despacho, las habladurías se inflamaron como la pólvora.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Princesa



A contraluz vi la sombra de aquellos pequeños pies descalzos acariciarme. Era alargada, al estar de puntillas, y se deslizaba grácilmente por toda la estancia. Mis dedos, todavía sanos y sin apenas callos ni grietas, acompañaban con una dulce melodía, a ritmo de vals, sus movimientos. Encima de aquellos pies, unas piernas esbeltas cubiertas por una malla rosácea. Unas curvas ya bastante formadas venían después, tapadas recatadamente con un bañador negro. Su pecho; a pesar de ser todavía una niña, a mis ojos al menos, ya se presentaba redondeado, debido a su temprana pubertad. Su rostro era tan blanco como el mío, y en él yacían dos ojos azules enormes, que relucían una desbordante pasión por su baile. Una larguísima melena rubia danzaba por la habitación, dando vueltas y vueltas en el aire. Continué tocando, con empeño en transmitir dulzura, mirándola de reojo. Mi princesa y yo nos compenetrábamos a la perfección.

Entonces, ella se detuvo, mosqueada. Me hizo un gesto con la mano para que parase de tocar. Lo hice, apoyando los codos en mis piernas. Ladeé la cabeza para poder mirarla.

-¿Qué pasa, Anja?

-He entrado a destiempo.-volvió a agitar indignada la mano.- ¡Mierda!

-Podemos volver a empezar hasta que te salga bien.
-Así nunca llegaré a ser una buena bailarina.-resopló, colocándose a mi lado. Me giré para que se sentase en una de mis rodillas.

-Anja, tienes 13 años y ya bailas mejor que todas las niñas de tu clase de ballet. Estás muy adelantada. Ya eres una buena bailarina, solo tienes que darle tiempo al tiempo y practicar mucho para enmendar esos errores.-le expliqué, con voz pausada.

-Pues tú nunca has tomado clases y mira.-señaló el piano.-Te dejan una partitura que no has visto en tu vida y a los dos minutos la tocas a la perfección. Por no hablar de que compones canciones y todo.

-No he tomado clases, pero he practicado el triple.

-Eres bueno por tu enfermedad.-rebatió.

-No siempre es buena, Anja. A veces escucho cosas que no me gustan.

Su enfado se convirtió en curiosidad, al escuchar a su hermano quejarse por primera vez de la sinestesia que padecía, el pasaporte al comienzo de su carrera. Se acomodó en mi regazo, dejando su cabeza apoyada en mi hombro.

-¿Qué cosas?-preguntó, mirándome.

-Pues… por ejemplo…un pellizco.

Anja agarró un poco de la piel de mi mano entre sus dedos, habiéndole clavado las uñas; tras prenderla, la retorció, desencadenando en mi mente unas notas horriblemente agudas y desagradables. Fruncí el ceño. Se notaba que era mi hermana pequeña.

-Sí, eso mismo.-aclaré.

-¿Qué escuchaste?

Coloqué los dedos de la mano pellizcada en el piano, reproduciendo los mismos sonidos. Anja también puso mala cara.

-¿Y cuando te doy un beso? ¿Qué escuchas?-me besó en la mejilla sonoramente.

Deslicé los dedos por las teclas, esta vez produciendo un sonido extremadamente agudo y tierno. Sonrió.

-¿Y qué más cosas no te gusta oír?

-Te las cuento si no las repites.-suspiré.

-De acuerdo.-se acurrucó en mi hombro.

-Erm… un arañazo, un golpe fuerte, un pinchazo en la sien…

-¿Y un dolor de estómago?

-Eso no, princesa.-reí leve. Continué con la lista.-Un cuchillo…el roce de un cuchillo en la piel.-me estremecí-.Suena como cuando arañas una pizarra.-imité el sonido con la boca, apretando los dientes. Hasta Anja se estremeció.

-¿Pero para qué se pone uno un cuchillo en la piel, Ville?-me miró.-No tiene sentido. Te haces daño. Nadie quiere hacerse daño.-tiró de mi camiseta, exigiendo una respuesta.

Suspiré muy hondo. Una niña tan pequeña, de una alma tan tremendamente inocente y pura, no podría concebir algo semejante a aquello. Volvieron a mi mente los recuerdos de aquellas rajas que tenía en la muñeca derecha, la del brazo que envolvía a Anja, resultado de tanta soledad en medio de tantísimos espectadores. La besé en la frente, buscando las palabras adecuadas. Ella volvió a aferrarse a mi camiseta.

-Ya lo comprenderás cuando seas más mayor.-contesté, en un susurro.

Casi al instante supo que yo había llevado a cabo aquella dolorosa y para ella inconcebible acción. Acomodó su oído en mi hombro sin decir nada.

Fue a los 17 años cuando lo comprendió. 




[Photo by lollipop0406 of DA]

miércoles, 11 de agosto de 2010

"Acuéstate en el fango y te despertarás en la mierda"

Me murmuro a mí mismo esas palabras mientras hago un esfuerzo por levantarme de la cama. Mis ojos carcomidos por las legañas se esfuerzan en no dejarme averiguar la hora que es, cegados por la luz de la lámpara de mi mesita. Las 11 y media. Medianoche se acerca. Siempre se suele decir que es de noche cuando las más asquerosas criaturas, engendros, desechos de la sociedad, escoria salen a las calles y se regocijan en su dolor. La prueba de eso es que yo trabajo a esa hora.

Enciendo un pitillo, saliendo de las sombras un breve instante. Me siento en la cama, en ropa interior. Siento la cabeza que me estalla, las sienes que me laten, y ese maldito reloj no ayuda. Clavo los ojos en él con odio. Maldigo el vodka, la nostalgia y las cortas, cortísimas faldas de Aileen. Quizás por eso mi corazón late ahora tan fuerte.

Una camisa blanca comienza a cubrir mis débiles costillas, mi piel frágil, mi esternón de cristal. Alejan las miradas acusadoras de mi cuerpo desnudo. Ángeles de la noche, princesas custodias de mis rotos sueños de marfil, mis musas. Solo ellas tuvieron la oportunidad de acariciar mi cuerpo, y ni siquiera pudieron acariciar todavía mi alma. Muro infranqueable de paredes gruesas, algún día harás como el roble del proverbio oriental al que le sopla el vendaval, y te derrumbarás, dejando que puedan entrar dentro y curiosear. Y herir.

"La taberna del inglés" reza el letrero de mi lugar de trabajo. Así es, un bar de mala muerte, de strippers y prostitutas, de músicos acabados, de yonkis hartos de la vida, de sicarios y asesinos. Mi bar. Me acerco a la barra, aguantando entre mis manos unas partituras, algo tembloroso. Aleen me mira fijamente, apoyando sus enhiestos senos en ella, fumando un cigarrillo, esperando que acabe pronto la noche. Al verme, quizás son imaginaciones de mi mente por falta de sueño, pero sus ojos negros se iluminan salvajemente.

-Hola, Ville.-su voz suena entusiasmada y sensual.-¿Un vozka finlandés, como siempre?

-Supongo que sí. Por no perder la costumbre.

El líquido amarronado, con reflejos ambarinos, titila en el vaso como si fuese oro. Oro que acabará convertido en vómito en cuanto llegue a casa. O quizás danzará con mi sangre, arrasando con toda plaqueta y atontando todo glóbulo. Sí, creo que necesito un trago.

-¿Y esas partituras?-la voz de Aileen suena curiosa.-¿Has compuesto algo nuevo?

-Que va, nena. Es la misma mierda de siempre.

-No es una mierda Ville, te lo he dicho.-me entrega el vaso, colocándolo en línea con su escote.

-Si tú lo dices.-murmuro. No tengo ganas de discutir. Bebo todo el contenido del vaso de un trago. Hago una leve mueca al tomarlo. Entra como fuego en el estómago.

El otro pianista del bar termina su repetitiva canción, dejando tras de sí un mar de ovaciones. Lo miro con desprecio. Cada vez que me encuentro con él, sale de dentro de mí el espíritu competitivo que me hace revalorizarme un poco más. Escupo en el suelo.

-Me toca.-murmuro, levantándome de la banqueta.

-Ville, si necesitas inspiración para esta noche...He comprado champagne de rosas. Me han dicho que sube de perlas.

-Vale, cielo, lo tendré en cuenta.-le doy un leve beso en la boca antes de encaminarme al escenario.

Miradas de envidia, miradas de expectación, observan como una figura lánguida y extremadamente delgada, embutida en una americana negra, se coloca elegantemente frente al piano, a la vez su mayor y su peor enemigo, y comienza a tocar.

Acuéstate en el fango, Ville, y despertarás en la mierda.