Esa palpitante sensación que noto al verte, las rachas de azul. No un azul corriente, un azul verdoso, un azul turquesa. Azul metálico, contaminado, y tan puro a la vez. Como sus ojos. Recuerdo haberla visto aquella vez en la calle, pobrecilla, rodeada de todos aquellos yonkis, en tierra extraña. Por sus venas corría la misma sangre que por las mías. Sangre fría, coagulada, sangre de una tierra en el barranco de Europa. Un barranco por el que gustoso me habría tirado cogidos de la mano. Era como adrenalina lo que subía por mi pecho arriba, como ácido que corroe, como estimulante que acelera el corazón. Hablamos durante tiempo. Palabras despedidas por mis labios que se introducían en sus oídos como una celestial caricia. ¿Cómo podía una mujer de su calibre haber acabado en aquel mundo de corrupción? En aquella calle, con aquella gente malhablada y sucia. Era mi gente, no la suya. Le arrebaté la jeringuilla de las manos. Pobrecilla, aún temblaba. Me dijo que tenía piso, tan pequeño que apenas su gato y ella podían habitar en él. Amablemente le ofrecí morada.
Y otra vez aquel azul, como mar envuelto en algas, algas que me anegan, me asfixian, son horcas para mi cuello, y aún así soy capaz de conversar abiertamente con ella. Tratamos temas tabú, hablamos de drogas y sexo. ¿Tu primera vez? me preguntó, con su vocecilla dulce; inconcebiblemente corrompida. La simple imagen de mi cuerpo siendo catado por otra mujer la hizo sonrojarse. La imaginación me ayudó a visualizar su sexo abierto como una flor, ante mí, tan frágil, tan delicado. Una orquídea tal vez, una rosa con cien mil pétalos que debía deshojar. Quiso que durmiésemos juntos, en mi cama. su primera noche, quizás estaba asustada. Se aferró fuertemente a mí, tras haber conversado tanto, tanto, era como si fuésemos viejos amigos.
De nuevo aquel palpitar, aquel azul, contra su mejilla, contra mi pecho, mis costillas, a punto de desgarrarlas, de un golpe seco, rajarlas, quebrarlas, romperlas, como seca madera, como un cascarón, como un cristal contra el suelo. Mas continuo respirando tan tranquilo, relajado, muy lentamente, al tiempo que le acaricio el cabello negro. El fuego se aviva, la tomo en brazos, ella sabe lo que pasará después, yo lo siento dentro de mí abrasándome las venas. La beso en los labios efusivamente, como si el único aire que pudiésemos respirar es el que emana la boca del otro. No, no podemos, tengo novio. Susurra, entre jadeos. Está excitada, su sexo emana un líquido caliente como lava. Mis dedos se acercan a la zona, la roza, notan el calor que emana. No me importa. Escupo, chillo acaso. Siento mi miembro como una navaja, recto, cortante, deseoso. Palpo sus brazos, repletos de cicatrices, al igual que mis manos. Ranuras que rellenar con ese azul que me abrasa la garganta, por esa sangre que corre por nuestras venas, sangre gélida, helada, sangre finesa. sangre ahora en su punto de ebullición, a punto de evaporarse. Las secreciones calientes, la saliva escasa, el corazón a punto de hacer estallar el cuerpo.
Entonces llegó el beso.
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sábado, 1 de enero de 2011
viernes, 10 de septiembre de 2010
Azul
La seguí, a lo largo del pasillo de su casa, completamente a oscuras. Abrió la puerta de una habitación, haciendo que ambos nos metiésemos dentro. Me mandó ponerme de rodillas y gatear junto a ella. En medio de la espesa negrura de la noche pude palpar unas sábanas, quizás paños de seda, al menos suaves, que colgaban del techo. De repente, presionó un interruptor, haciendo que se prendiesen miles de lucecitas, que se extendían a lo largo de aquellas sábanas. Bajo nosotros, cojines y almohadas blancas para acomodarnos. La miré, impresionado.
-¿Qué es esto?
-Mi escondite.
Hizo presión sobre uno de mis hombros, intentando que me acostase. Lo hice, mirando al techo, coronado de bombillitas blancas. Autumn se tumbó a mi lado, ladeando su cabeza para juntarla con la mía.
-Son wishing stars.-aclaró, hablando de las luces.
-¿Estrellas de los deseos?
-Ahá. Siempre pido un deseo por cada una de ellas.
-¿Y se cumplen?-alcé una ceja.
-Uno se ha cumplido. El otro creo que también.
-No te preguntaré cuáles son.-le miré de reojo.-Prefiero asegurarme de que primero se cumplen.-reí leve, con aquella risa entrecortada y mismo inquietante que me caracterizaba.
-Me encanta cuando te ríes.-restregó su mejilla contra la mía, mimosa.
-Es horrible.-me abstuve de seguirme riendo, algo avergonzado.
-No, no lo es.-arrugó la nariz.
-No la oíste bien entonces.
-La oí perfectamente. Mira, yo tengo un acento inaguantable-hablaba con un marcado acento inglés.-y no por eso dejaré de hablar.
-No es inaguantable.-la corregí.-Será por acento. Pronuncio las erres como un motor diesel arrancando, no sé si lo has notado.
Colocó su cabeza sobre mi pecho, mimosa, cerrando los ojos. Se acurrucó hasta dar con el sitio más cómodo, quizás donde no pudiese sentir sobresalir mi esternón.
-A mí me gusta, te vibra la garganta cuando lo haces.-la palpó con una mano, justo encima de la nuez. Sus caricias azules me hicieron estremecerme por un momento.
-Mierda.
Esta vez, hasta yo la sentí vibrar por la indignación. Autumn se rió levemente, al ver su comentario reafirmado. Una de sus sienes volvió a empujar contra mi pecho, buscando descanso. Al encontrarlo, se quedó completamente inmóvil, con los ojos cerrados. Acaricié su melena pelirroja, de un color más oscuro que el de Christine, mientras escuchaba su voz.
-¿Qué colores ves?
Sonreí. Desde que se había enterado de mi sinestesia, no dejaba de preguntármelo. Era la primera vez que veía a alguien tan entusiasmado por aquella enfermedad y que no llevaba bata blanca.
-Azul.-susurré, sin pensarlo dos veces.-Sale de aquí.-señalé mi corazón sin llegar a tocar el lugar donde estaba.
Ella, con los ojos todavía cerrados, se concentró en escucharlo, en asimilar sus latidos y poder sonsacarles aquellos matices de color. Una sonrisa surcó sus labios.
-Yo también noto el azul.-murmuró.-Lo noto.
-¿Y cómo suena?
-Como esa canción a la que no le sabes en nombre, pero cada vez que la oyes sonríes y la tarareas, y cuando acaba deseas volver a oírla.
Dejé que mis párpados se bajasen, sumiéndome en la oscuridad. Seguía sintiendo contra mi pecho un incesante azul. Un ápice de alegría me sobrevino cuando lo comparaste con una melodía sin nombrar. Supe cuál era aquella sensación, y no pude evitar sonreír como ella lo hacía. “Cuando acaba” rememoré. Algún día se acabaría, algo, alguien le daría fin. Inevitablemente no pude dejar de pensar que seguiría sonando mientras fuese tan, tan azul.
[Photo by Two Tikets of DA]
miércoles, 1 de septiembre de 2010
I don't know how I must feel
Me mantuve allí en la sala de espera contigo, retorciendo las manos ansioso, entrelazando los dedos, como intentando darse ánimos entre sí. Suspirabas que no querías esperar, que necesitabas saberla ya, la razón de tu malestar. Se abrió la puerta de la consulta, la enfermera te llamó por tu nombre. Una pequeña porción de mi mundo comenzaba a resquebrajarse.
El médico corre la cortina que separa la camilla del despacho, separándonos a ti y a mí en el acto. Te hace pruebas, tantas que siento que el tiempo se me escapa entre mis largos dedos. Me recuesto en la silla, sin dejar de pensar en lo que puede pasar y en lo que está pasando. Trago saliva, alzo la mirada al techo. Todos mis movimientos de manos, los rítmicos golpes que dan mis pies nerviosos contra el suelo, son amarillos como el miedo. La grieta se hizo algo más grande cuando el médico volvió a dejarnos solos.
Me senté a tu lado en la camilla, mientras él iba a buscar los resultados de la prueba de embarazo que te había hecho. Te cogí de la mano, te convencí de que te tranquilizases. ¿Cómo podía hacer algo así, si yo mismo temblaba? El amarillo se extendía, se extendía por mi cuerpo a una velocidad más que alarmante. Hasta el aire que expulsaba al respirar era un hálito amarillo que salía de mis labios como veneno. Entró el médico de nuevo. Mi corazón se encogió para poder escuchar mejor su respuesta. Un solo gesto hizo que me sintiese morir.
Me quedé completamente en shock, clavando la vista en un punto fijo de la pared. Mi piel se tornó completamente pálida. Mi mundo estalló en pedazos como un cristal contra el suelo; intenté sacarlo de dentro de mí, no sin verter enormes chorros de sangre de mi alma, arrasada por su paso. Ni siquiera escuché mi propia respiración entre el silencio. Solamente noté moverse mi pecho con rapidez, frenético. Hice un grandísimo esfuerzo por tragar saliva, y notar que todavía no estaba del todo muerto por dentro. Contra mis costillas sentí mi corazón convulsionarse con furia. Desvié la mirada hacia él. Sus latidos desprendían un azul muy feble. Quizás si seguía funcionando no era por mí, era por ti. Por ti y por ese hijo nuestro que llevas dentro.
Me mantuve ajeno a tus palabras, no supe responderte, no pude siquiera. Me limité a escucharte decir que ibas a abortar, y que el próximo día irías sola al médico. Que odiabas verme así, repetías, que querías que estuviese bien. Negué con la cabeza en respuesta a tu primera afirmación, queriendo decirte que iría contigo. La segunda quedó en el aire. La observé, me callé, me quedé inmóvil. Agarraste mi muñeca y me mandaste levantarme. No luché, no opuse resistencia, me dejé llevar, obedecí. Nos cogimos de la mano y caminamos hasta tu casa sin mediar palabra.
Nos dejamos caer en el sofá. Materia inerte había dentro de mí, quizás nada. Solamente aquel asqueroso metrónomo marcando su fortísimo ritmo contra mis sienes, dentro también de mi pecho, desgarrándome. No obstante, observé la pantalla apagada de la televisión sin expresión alguna.
-Ville, tengo miedo.-murmuraste.
-¿De qué?
-De todo esto. De ir a abortar mañana.
-Escucha.-entrecerré los ojos.-Si quieres tenerlo, tenlo. Si no quieres tenerlo, no lo tengas. Yo te apoyaré.
-¿Y tú qué quieres?-me miraste.
-No lo sé.-susurré sin fuerzas.-No sé ni cómo debo sentirme.
-Lo tendremos.-apoyaste la cabeza en mi hombro.-Pero cuando nazca lo daremos en adopción.
Asentí débilmente. Acomodé la cabeza contra el respaldo del sofá y deslicé los dedos hasta tu vientre. Los dejé descansar allí. Solamente las yemas. Me estremecí al pensar que quizás me sentiría. Aunque seguramente solo era un amasijo de células todavía dividiéndose. Colocaste tu mano encima de la mía, haciendo que mi palma también tocase tu barriga. Me mordí los labios.
-¿Qué colores ves?
Cerré los ojos con fuerza, concentrándome. Otras veces podía verlos con claridad con cada sensación. En ese momento, todos los colores se entremezclaban, colisionaban dentro de mí, provocándome aquel estado de shock. Vi rajas rojas como la tristeza. Vi difuminados y palpitantes puntos azules, que se movían con rapidez. De vez en cuando me sobrevenía una oleada amarilla, con tintes quizás azulados, cada vez que notaba algún movimiento dentro de tu vientre, aunque solo fuesen las tripas. Suspiré con mucha fuerza. Mis suspiros eran grises como el frío.
-Muchos. Muchísimos a la vez.-entreabrí los ojos y me acerqué a besarte la mejilla. No te encontré satisfecha por mi respuesta inexacta.
-¿Y qué escuchas?
Volví a cerrar los ojos, con más fuerza todavía. Te mantuviste en silencio. Yo también lo hice. Mismo suavicé mi respiración para escuchar con mayor atención. Lo único que oía era el estentóreo palpitar de mi corazón zumbando en mis oídos, taladrándome las entrañas.
-No escucho nada... No…no puedo escuchar nada… Solo mi corazón…
Me palpaste suavemente el cuello para poder notarlo. Volví a abrir los ojos, intentando relajarme. Fue entonces cuando tú cogiste mi mano y la introdujiste dentro de tu camiseta. La posaste encima de las costillas, y la oprimiste con la tuya. Noté que el tuyo latía con la misma intensidad y casi el mismo ritmo que el mío. Con más rapidez el que vibraba en tu pecho, con más lentitud y pesadez el que yacía en el mío.
-No creas que eres el único.-susurraste.
Volví a acurrucarme en el sillón. Era rojo aquel palpitar, lo vi, y se entrelazó en mis dedos. No podía seguir viéndote así, no podía, pero tampoco fui capaz de reaccionar. Solamente pude cerrar los ojos y echarme a llorar. Nunca había llorado delante de nadie. No suelo llorar, siquiera. De algún modo tenía que sacar toda aquella ansiedad de dentro. Sentí que me abrazabas y no podía corresponderte. Los pinchazos de mi brazo me ordenaban encontrar en ellos la calma. No pude delante de ti, no me sentí capaz. Quizás al volver a casa, antes de escribir estas líneas, solo para atontarme un poco. “Relájate”, “cálmate”, “tranquilo”, salía de tus labios, “tienes que descansar”.
Solo pude articular unas palabras, sin ni siquiera ponerles voz.
-Joder, necesito que se calle…
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