Mostrando entradas con la etiqueta violín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta violín. Mostrar todas las entradas

martes, 19 de abril de 2011

Springtime 2003, Helsinki Finland: Music doesn’t wait.

Música de violín. Una mujer me espera mirando por la ventana. Espera a que me levante de la cama y la abrace. Olor a resina, perfume y flujo. Humo de cigarro. Huele mejor cuando sale de sus labios, impregnado de carmín. Los dedos bajo sus pechos, perfilándolos. Gotas de sudor perlado caen como agua. Su corazón marca el ritmo, el mío lo persigue. Se aparta la melena con las manos. Mi loba. Ansío un beso suyo. Música de violín… Y me despierto.

Una noche más solo en la cama, impregnado de soledad y sudor frío. Hacía tiempo que no dejaba de soñar con ella, cada vez se hacían más diáfanas las imágenes. Más se difuminaba la música, que parecía estar suspendida en el aire, sonando de fondo, frenética como una fuga de Bach, y más se remarcaba su azul, tan profundo como sus ojos, esplendor cerúleo de rebeldía incontrolada, de sensualidad innata, congénito resplandor lúbrico, como las luces de un neón. Más claros notaba sus labios sobre mi piel, dejando un rastro de maquillaje ensangrentado, más dulce el roce de sus largas pestañas, marmórea y mate su piel blanca, gélida al tocarla, ardiente con la mera fricción. Sus pechos, pequeños, mas enhiestos y erguidos, sus pezones erectos, su aureola grande, tersa y rosada. Su sexo chorreante, incandescente, provisto de vello trigueño, que emanaba un sutil olor a mujer. Como la noche que nos conocimos, aquel invierno frío, aquella imagen de ella no se me iría nunca de la cabeza, igual que todos los encontronazos que habíamos tenido hasta entonces, y seguía sin saber quién realmente era. Christine, tan sólo tenía aquel nombre…y su voz, su manera de pronunciar mi nombre, con un tono grave, sensual, como si lo masticase, lo saborease, degustase las letras. Virtanen, decía, y posteriormente sonreía triunfal, mostrándome sus colmillos prominentes, mas romos en la punta. Me levanté bruscamente de la cama, secándome el sudor de la frente con la mano. Debía, tenía, necesitaba verla.

“Hoy en concierto Christine”. Me mantuve observando el cartel que estaba fuera del bar en el que nos habíamos conocido, donde frecuentaba cuando me daban el día libre en el que yo trabajaba. Aquel garito bohemio y a la vez tan destartalado, antiguo, deprimente; no era lugar para que una señorita como ella tocase. Se merecería focos, destellos, apuntándola a ella, solamente a ella, una orquesta para acompañar su melodía a su entera disposición, se merecía un público que la aplaudiese, que se dejase las palmas… En ese momento, escuché una voz que me liberó de mi ensueño. En el interior del bar, era ella, pensé, era ella, me grité interiormente, sacando las manos de la gabardina para abrir la puerta disimuladamente, mas con ansiedad. Y allí estaba.


Primero solo era un vago conjunto de sombras y luces, mas a medida que me acercaba, llegaba a distinguirla con mayor precisión. Unas curvas embutidas en un corsé inmaculado, con una falda longuísima acromática. Parecía una paloma blanca en el escenario, una paloma chorreante de la sangre que profería su cabello bermejo, de cuyos labios se escapaba una hermosa voz de contralto, que hacía vibrar el ambiente de una manera dulce y armónica, acercando el micrófono a la boca, inclinándose sobre él muy ligeramente, sin perder el porte erguido para acompañarse de su violín. Aquel instrumento que, como la flauta del músico de Hamelín, atraía a todo ser que tuviese la capacidad de escuchar. Nadie era digno de tanta belleza. Sónica, visual; de nuevo me topaba con aquellos ojos, mas tenían la mirada perdida. Me senté en una de las mesas del medio del bar, escoltado por el resto de oyentes, apoyando ambos codos en ella, entrecruzando las manos frente a mis labios, agudizando como nunca el oído. Nunca dejaría de  sorprenderme aquel sonido de violín, tan semejante a un chillido de dolor, a un grito de rabia, calmado por el canto de sirena de su ama. Se acercaba el final de la animada pieza, expectante el público, entusiasmado ante la habilidad de Christine, que cerraba intermitentemente los ojos, sin dejar ni por un solo instante de cantar, apretando los párpados contra las mejillas fuertemente, haciéndolos temblar. Movía sus hombros suavemente hacia atrás, pugnando por acomodarse, contrayendo su espalda. Sus labios articularon las últimas frases, en un tono sereno, seguro, mas sin abrir los ojos, no podía abrir los ojos. Respiró pesadamente contra el micrófono. If you sing loud and clear, someone passing by will suddenly hear you, no, you can’t be afraid… Y entonces entró el solo de violín, magistral, como ella solía. Deslizando el arco, acariciando las cuerdas. Pulsándolas. Excitándolas. El punto culminante, la llave de oro, debía hacerlo perfecto, ceñirlo a la actuación. Observé sus dedos; uno de ellos había trinado antes de lo debido, haciéndola desafinar. No, Christine y su perfecta performance no podrían permitirse un fallo así, no. Los dedos comenzaron a dejar de presionar el arco, mas debían seguir tocando. No, debían rematar, no podían dejar la canción a medias. Un par de ágiles trinos más, agonizantes, débiles, con la punta de las cerdas, hasta la última nota...

Todo sucedió a una velocidad de vértigo, en un suspiro que se escapó de sus labios rojizos, el arco se le resbaló como pez entre las manos y se desplomó de bruces en el escenario, sosteniendo con el índice y el corazón el mango del violín. Los presentes comenzaron a chillar, permaneciendo entumecidos en sus asientos. Supe reaccionar rápidamente, echando la silla hacia atrás al tiempo que me levantaba, emanando un grito que llevaba el nombre de Christine por bandera, viendo horrorizado cómo uno de los camareros le recogía el instrumento, arrebatándoselo de las manos, mientras otro la tomaba en brazos, prácticamente inerte, inconsciente, con los labios entreabiertos para respirar, y el jefe del bar les gritaba el lugar a donde debían llevarla. A la bodega, le escuché, y me apresuré en seguirles. Esquivando a todos aquellos que se interponían en mi camino, ansiosos, con mitómana voracidad, ansiando saber qué le estaba pasando, igual que yo.
Abrí despacio la puerta de la bodega, observando un tanto temeroso el interior antes de atreverme a entrar. Quizás no era asunto mío, mas ella…No podía dejar que le pasase nada malo. La acostaron en una silla de escritorio vieja, con el respaldo un tanto curvado hacia atrás, haciendo que ella misma estirase la espalda emitiendo un leve gruñido de dolor. Al ver que no había perdido del todo la consciencia, los tres trabajadores del bar comenzaron a cuestionarle si se encontraba bien, si necesitaba algo, haciendo que por fin pudiese escuchar su voz, diligente como siempre mas un tanto quebrada:

-Que sí, joder, que estoy bien. No me montéis dramas, que parecéis viudas lloronas. Sólo necesito un cigarro y una copa de bourbon y estaré perfecta.

-Christine, sabes que aquí no se puede fumar.-le reprendió el jefe, como siempre, colocando los puños en su cintura anchísima.- ¿Qué quieres? ¿Qué venga la policía y me multe?

-Ya, claro, va a venir la policía a la bodega de tu bar a mirar si hay alguien fumando. Holoppainen, por favor, la pasma tiene cosas mejores que hacer que venir a este antro.

Como siempre, las palabras de Christine hacían callar a más de uno, hasta a su propio jefe. Mientras los camareros se iban a prepararle el trago que había pedido, me acerqué a ella sin que se diese cuenta, colocándole uno de mis cigarrillos sobre sus gruesos labios ante su mirada de asombro, encendiéndoselo posteriormente con mi mechero metalizado, prendiendo una llama que ardía entre ella y yo, pareciendo avivar también la luz de sus ojos azules, que se deslizaron hacia los míos lentamente, esbozando una sonrisa al poder verme, exclamando con la voz rota y susurrante un dulce “Ville”, inclinándose levemente hacia mí. Siseé suavemente entre mis dientes, colocando los dedos sobre su pecho para volver a recostarla. Al darse cuenta de su tierna reacción añadió, con la arrogancia y la picardía que la caracterizaban:

-Sabía que vendrías, lo sabía. Sabía que vendrías a verme.

-¿Qué te ha pasado, Christine?-me apresuré en cuestionarle, desoyendo sus palabras, en un tono un tanto ansioso.- ¿Te has mareado?

-Algo así.-respondió en un murmullo, dándole una calada al cigarro mientras volvía a acomodar la espalda en la silla, retornando a gruñir dolorosamente.

-Me temía que pasase esto.-musité para mí mismo, mas lo suficientemente cerca para que ella me oyese.

-¿A qué te refieres, Virtanen?

-Cuando tocabas…En los últimos compases se te escapó una nota, y aflojaste el arco al final, supe que no te encontrabas bien.

-¿Se notó?-preguntó, ansiosa, haciendo un amago de nerviosismo. Negué con la cabeza levemente.

-Creo que nadie más que yo se dio cuenta. Haces igual que yo, todo lo que sentimos se nos refleja en la música.

Asintió, tensa, dejando escapar un par de gotas de sudor por su frente pálida y frágil. No podía soportar que yo pudiese saber tanto de ella como ella sabía de mí, que pudiese indagar en aquello que ni siquiera su propio jefe conocía. Intentando distraer mi atención, entre caladas, lanzó un grito al aire:

-¡A ver, señoritas! ¿Dónde cojones está mi bourbon?

Me incliné hacia ella suavemente, acariciándole el flequillo pelirrojo para echárselo hacia atrás, impregnando la palma de mi mano de su sudor perlado.

-Christine, ¿por qué no dijiste que estabas mal?

-No podía, Ville, no podía, tenía que terminarla.-clamó, erguiendo su cuerpo vehemente, observándome con una jadeante tensión.

-Sé cómo te sientes.-susurré, tomándola por los hombros esta vez para acostarla. Ella ladeó la cabeza para fijar su vista en las cajas de licor, mientras musitaba angustiosamente:

-No, no lo sabes. No tienes ni idea.

En ese momento irrumpió en la estancia los camareros, portando uno de ellos el vaso brillante lleno de aquel licor ámbar. La avidez hizo que Christine interrumpiese nuestra charla, extendiendo el brazo para que se lo entregase, asiéndolo entre sus dedos marmóreos y largos. Se apresuró en acercarlo a sus labios, impregnando el filo del vaso de su carmín rojizo, al son de las ansiosas preguntas de los camareros, los cuales parecían haberse puesto de acuerdo, por lo que, haciendo de portavoz, uno le cuestionaba:

-¿Quieres que llamemos a un médico?

Christine separó sus labios de la bebida, dejando un leve rastro de dulce saliva, para negar varias veces chasqueando la lengua.

-No necesito ningún médico, estoy bien.

-¿Pero, y si ha sido una bajada de tensión?-argumentó el otro, aferrándose a un trapo que había traído.

-No ha sido una bajada de tensión, sé perfectamente lo que ha sido.

-¿Entonces qué fue?-fui yo esta vez el que contraataqué, apoyando las manos en uno de los reposabrazos de la silla.

Sus ojos intercambiaron con los míos una fugaz mirada, apresurándose a clavar la vista en la pared, mientras volvía de nuevo a beber otro trago levemente, colocando posteriormente el vaso entre sus piernas para pinzar el filtro del cigarro, pudiendo así darle una calada profunda, contrayendo al inspirar sus mejillas. Sus labios soltaron el cigarro suavemente, mientras dirigía la mirada esta vez en los camareros, conminándoles con un tono de voz adusto y dominante:

-Largo de aquí, nenazas.-y soltar el humo en un suspiro tras haberlo dicho.

Tal y como les había ordenado, ambos trabajadores salieron de la bodega, dejándonos solos a Christine, al tabaco, al alcohol y a mí. Una de sus manos se deslizaron por su escote, subiendo paulatinamente para rozar el lateral de su cuello de cisne, hasta rozar las cervicales con la punta misma de los dedos, con sus largas uñas negras, entrecerrando los ojos dulcemente por el dolor. Respiró profundamente con el ceño fruncido, procurando mantener la ataraxia de la que había hecho gala, volviendo a abrir los ojos.

-Acércate, Virtanen.-murmuró, girando esta vez la cabeza ligeramente hacia mí.

Obedecí, inclinándome suavemente hacia ella, mas se apresuró a aferrar mi gabardina, aproximándola a sí, hasta casi tumbarme sobre su cuerpo. Abracé el respaldo para no sucumbir a la ley de la gravedad, y entonces la sentí. Su cabeza ligeramente ladeada, hundida  contra mi pecho, apoyando sobre él el oído y todo un hemisferio de su hermoso rostro, que parecía estar tallado en porcelana. Pude escuchar su respiración dificultosa, muy honda y profunda, amordazada  contra mi ropa, de la cual se iba librando con las manos. Bajando la cremallera de la gabardina, desabrochando pos botones de la americana, y los pequeños de la camisa posteriormente. Uno a uno, muy suavemente, hasta abrirse un hueco diminuto para poder introducir dos de sus longuísimos y huesudos dedos en contacto con mi piel, acariciando la aureola de mi  pezón derecho. “Christine…” intenté decirle, frenarla, o quizás conminarle que siguiera, mas me quedé completamente en silencio, gozando de aquel azul de neón que desprendían sus roces intrusivos. Fue su voz la que irrumpió en la estancia; grave, pausada, femenina, vibrante:

-Tenías razón, todo se nos refleja en la música.-tomó aire fuertemente, entreabriendo los labios, apoyando la mano que portaba el cigarrillo sobre mi espalda.-Pero todo en ti es música. Todo.-apostilló.

Entonces unos aplausos, acompañados de unos comentarios de público ansioso, interrumpieron la situación. Christine extrajo su mano del interior de mi camisa, apoyándola sobre mi pecho para apartarme, exclamando:

-Bueno, ya me encuentro mejor. Vamos allá.-cuando me hube alejado, tomó el vaso de entre sus piernas y le dio un último trago, erguiéndose lentamente en el acto, temerosa de volver a sentir dolor. Se sentó en la silla, dejando en el suelo el vaso en el acto.

-No te vas a ningún sitio.-le reprendí, agarrándola por un pulso, haciendo que se girase hacia mí furiosa.

-No sé a ti, pero a mí la música no me va a esperar.-escupió las palabras, al tiempo que apuraba el cigarrillo para finalmente tirarlo en el suelo y pisarlo con uno de sus altos tacones blancos mientras se erguía.

Consiguió zafarse de la prisión de mi mano, agarrándose la falda para comenzar a correr apresuradamente hacia la salida de la bodega.  ¡Christine! Exclamé, iba a volver a perderla. Quería volver a tenerla entre mis sábanas, y más que nunca entonces. Estrecharla tan frágil contra mi cuerpo y no dejar que se fuese, mas como si fuese humo, como una etérea presencia, evanescentemente se me escapó de nuevo, como siempre hacía, dándome la espalda. Y yo no pude reaccionar de otro modo que dejándola ir. ¿Oís los vítores? La música la reclamaba.


Salí de la bodega lentamente, mientras escuchaba un frenético teclado dándole la entrada para que ella comenzase a cantar con aquella dulce, velada y sosegada voz femenina y sensual, acercando mucho el micrófono a sus labios, rozándolo con ellos con extrema cautela, mientras pronunciaba aquello de “God help me, would you shine in my direction and help me?”. Podría ser una petición, un mandato, ¿qué le pasaba? No se me quitaba la cabeza cuando la mirada apoyado en el marco de la puerta de la bodega, su imagen cayendo tal si fuese un grácil pañuelo blanco arrojado al suelo, exhalando un pesado aliento antes de que sus piernas dejasen de ejercer control. Ella lo sabía, sabía lo que le pasaba desde la primera nota, lo hizo notar cuando habló conmigo, se temía que se viese ensombrecida su actuación impecable por un resbalón de su salud. No, no pude seguir mirando, no pude seguir viéndola luchar contra su propio cuerpo por satisfacer a un público inculto, por besar en los labios a la música intentando buscar en su cuerpo conformado por negras, silencios y compases ternarios una inspiración que abasteciese sus pulmones y la alejase de las lágrimas. Abrí la puerta del bar destrozado, impotente, sin saber qué hacer para aliviarle el dolor, escuchando esta vez de sus bermejeados labios una súplica hacia mí…

Don’t make me choose. I have so much to fucking loose. 

miércoles, 2 de marzo de 2011

Winter 2003, Helsinkki, Finland: She's my hell

Las nueve y media. Ni un minuto más, ni un minuto menos, marcaban las agujas de reluciente oropel de mi reloj recientemente comprado. Un pequeño capricho que me había permitido con una mínima parte del dinero que había ganado en mi anterior concierto.

Había llegado demasiado pronto al bar de siempre, tanto, que solamente se escuchaba el latir del reloj, tan diminuto y tan frágil que semejaban golpecitos irregulares en una urna de cristal fino, que con un poco de fuerza podía quebrarse en mil pedazos. El dueño del bar me había dado las llaves para que le hiciese unas chapuzas en el piano. Mirar si está afinado y todo eso, supongo, pienso y quiero pensar, que se lo debo por haberme dado trabajo tanto tiempo. Me senté en el taburete que está enfrente del piano, sin hacer ni un solo ruido, como quien suelta una pluma para que caiga con delicadeza sobre él. Me echo el cabello hacia atrás con ambas manos, dejando que los mechones ligeramente rizados se enreden en mis dedos, los cuales todavía el tiempo no les había dado un castigo. Dejo los ojos completamente abiertos, observando el techo de color blanco sucio fijamente. Como si fuese una cáscara que pudiese resquebrajar con una sola mirada punzante. Todavía cuando cerraba los ojos seguía apareciendo ella ante mí. Ella y sus notas de un azul intenso, de un azul tan fuerte como el de un beso, una de sus mordidas pronunciadas, pinzando mi miembro con las puntas inocentes de sus dientes como sierras. De ese azul que me provocaba cada uno de los roces de sus uñas negras, cada aliento que imprimían sus labios muy cerca de mi cuello. No podría describir la tonalidad, aún hoy me es imposible. Era potente como un azul marino, mas frágil como un azul celeste, atrevido como un azul eléctrico, mas harmonioso como un cyan. Era un color endemoniado, era un sentimiento endemoniado. El de ella y su violín. El de aquella música tan apetecible y diabólica, de aquel instrumento extraño, que descargaba unas notas tan llenas de angustia y de rabia, que sonaban como un gemido enunciado con un dolor inhumano, como un chillido con el que parece escapársete la voz de lo más hondo de la garganta, un harmónico y nítido alarido, preciso como el cortar de un cuchillo de escueto filo arrebatándote la capa más externa de la piel del alma. Cada vez que lo recordaba....Me eché hacia delante de forma brusca, apoyando mis codos sobre la tapa. Y otra vez entre la oscuridad de un parpadeo allí estaba ella...

¡¡Joder!!

En ese momento, una mano fría, sobre mi nuca desnuda, unos dedos certeros, álgidos, poseedores de un azul atronador, me hicieron sobresaltarme, tornando en amarillo toda sensación. Di un respingo en el asiento y caí hacia delante, deteniendo con mis brazos todavía fuertes la caída sobre el piano. Una risita. Húmeda, diáfana, cristalina, se materializó en un cuerpo de mujer.

-Joder.-inquirí, llevándome una mano al pecho en un acto reflejo.-La próxima vez avisa.

-¿Te he asustado, cariño?-preguntó, con una voz esta vez un tanto más grave y sensual, atusándose la melena pelirroja mientras se colocaba de pie a mi lado, mirándome desde arriba con cierta superioridad.

-No, claro que no.-me apresuré en contestar fríamente, volviendo a fijar la mirada en el piano.

Sus caderas se balancearon hacia mí como si fuese el péndulo de un reloj, marcando los pocos segundos que le llevó acercar su nariz completamente a mi mejilla, mientras deslizaba las uñas por mi cuello oteando por la yugular, susurrándome posteriormente, con el crepitar sutil de una serpiente:

-Vamos, cielo, he visto a boxeadores con el corazón tan acelerado como tú.

No tardó en romper en un efímero segundo la proximidad, dejándome completamente sin palabras. Todavía en mis fosas nasales residía aquel aroma femenino. Permaneció de pie al lado del piano, rozándolo con el canto de las uñas mientras pronunciaba:

-¿Trabajas aquí?


-No…Bueno…Sí, a veces vengo a echarle una mano al tío del bar cuando tiene poca gente.

Su lúbrico cuerpo edénico se acercó de nuevo a mí, rozándome los hombros con las palmas de las manos, mientras de sus labios se escapaban unas palabras vehementes, cuidadosamente envueltas en aquella voz sensual y aterciopelada, asiéndolas entre sus labios rojos para cuidadosamente ir masticándolas al hablar:

-Eres increíble, escucharte es una autentica delicia. Tú puedes brillar,-inclinó su cuerpo para poder observarme por un costado, pudiendo ver un competitivo destello que esplendía en sus pupilas.-dejar a tus enemigos sin habla. No puedes conformarte con menos, Virtanen.

Desvié mi mirada hacia ella bruscamente. No me esperaba en absoluto que hubiese averiguado mi apellido, ni siquiera podía caberme en la cabeza cómo lo había sabido, haciendo tantísimos Villes en todo Helsinki. Al ver mi expresión de sorpresa, volvió a reírse de nuevo, tapándose los labios con las manos, como si hubiese dicho algo que no debiera. Molesto, volví a dirigir mi cuerpo hacia el piano, frunciendo el ceño mientras murmuraba:

-No hagas como que sabes todo sobre mí solamente por un simple polvo, Christine.

Y fue al escuchar de mis propios labios aquel nombre hechizado cuando me quedé completamente en blanco con la boca entreabierta y la mirada fija en la pared. Le había puesto en bandeja de plata su gran jaque mate.

-Pues para haber sido un simple polvo, todavía te acuerdas.-clamó orgullosa, contoneándose hacia mí con un aire ganador.

-¡Está bien!-chillé, golpeando la tapa del piano con ambos puños, provocando un estentóreo golpe.-Está bien, desde esa noche no dejo de pensar en ti y en ese jodido violín tuyo. ¿Era eso lo que querías oír?-alcé la cabeza, respirando agitadamente por el nerviosismo, apretando entre sí ambas filas de mis dientes.

Christine, en cambio, se acercó a mí serena y tranquila. Apoyó sus dos grandes, yertos e enhiestos pechos sobre la tapa, lo suficientemente cerca de mi propio pecho para que acelerase todavía más mi propio aliento y susurró muy suavemente, mientras sus uñas volvían a deslizarse por mi cuello con delicadeza suma.

-Hay muchas cosas que quiero oír de esos labios tuyos.-los perfiló con el pulgar, esbozando ella misma una sonrisa.-Pero eso será en su debido momento,-acercó su rostro al mío para poder concluir en un murmullo.-pianista.

En un evanescente movimiento se separó del piano y, sin darme tiempo a reaccionar, me dio la espalda para irse, balanceando sus caderas en un movimiento sutil, tan promiscuo como inicuo. Pude observar como su silueta se aliaba con la oscuridad de la estancia, convirtiéndose en una negra sombra, que relucía destellos bermejos cada vez que meneaba su lustroso cabello. Fue un acto involuntario el desviar la mirada hacia el piano y encontrar un papel sobre la tapa, el cual pincé entre mis dedos todavía jóvenes y sanos, para poder leer su contenido, el cual inevitablemente provocó un ataque de risa incrédula por mi parte. Era una entrada, de mi concierto en el Hartwall Areena, hacía un par de noches. Entonces caí en la cuenta.

Ella ya conocía todo sobre mí. 

lunes, 13 de septiembre de 2010

Winter 2003, Helsinkki, Finland: Wolves



Un guitarrista afinaba en el escenario de aquel bar de mala muerte los primeros acordes de una melodía. Me aferraba a mi cigarrillo con hastío, repasando mentalmente los conciertos que daría aquella semana. Apenas en un par en bares de pijos, en los que nunca nadie en su sano juicio permitiría entrar a un tipo como yo. A veces temía que me echasen fuera en cuanto me viesen. La verdad es que me sentía más a gusto entre ratas como yo, lejos de toda aquella opulencia. Aspiré fuerte el humo, cerrando los ojos, mientras escuchaba el murmullo de fondo de la charla de Nicolai, el cual me incitaba a robar todo lo que pudiese tras el concierto, para poder sacarme unas pelas extra. De repente, escuché un sonido extraño que provenía del escenario. Extraño para mí, a la par que hermoso. Atravesaba con muchísima pasión mis oídos, traduciéndose como un rumor triste. Como si fuese el viento rugiendo a la orilla del mar, acompasando su melodía con la de las olas. Alzo la vista, intentando adivinar el origen de tan perfecto sonido. Entonces fue cuando la vi, y sentí que mi corazón pegaba un salto dentro de mi pecho. Era una mujer que sostenía un violín blanco y negro bajo su barbilla. Su larguísima melena rizada, roja como la más profunda tristeza, transmitida por su instrumento, caía sobre sus hombros, como cascadas, como ríos de sangre. Vestía una falda corta, blanca, al igual que su corsé de lentejuelas, el cual tenía un corazón bermejo bordado. Una batería comenzó entonces a marcar un acelerado ritmo, que ella supo seguir con agilidad e ingenio. Rápidamente, bajó el violín y se acercó al micrófono, comenzando a cantar con voz grave, mas extrañamente cristalina e inocente. Aunque había algo dentro de ella, algo que su melodía me revelaba, que ardía con muchísima fuerza, queriendo arrasar con el mundo entero. Algo picante, y a la vez dulce. Entonó el estribillo junto a su violín, hincando en mi pecho su melodía, como si fuese una lanza, que imprimía en mi mente un azul intensísimo, entremezclado con tintes rojos, tristeza derramada por cada una de las cuerdas de aquel instrumento, como si los roces del arco las hiriesen. Agité mi respiración, mientras tamborileaba el ritmo de la melodía golpeando con la palma de mi mano en la mesa. Aquella era una sensación que nunca en mi vida había experimentado. Nunca con aquella magnitud. Quizás aquello era lo que en los cuentos infantiles llamaban “amor”, cuando la princesa se casaba con el príncipe y todo aquello que nunca llegaba a comprender. Aquella princesa, Dominatriz de la música, encandilaba mi ser completamente con sus cantos de sirena, como intentando que la siguiese como las ratas seguían al flautista. Aunque tras una coda de violín, en la que volvía a mostrar su pasional sufrimiento, terminó su reinado.

La ahogó una oleada de aplausos mientras se bajaba. Yo aplaudí como nadie, recordando reiteradamente la canción, todavía fresca en mi memoria. Fue entonces cuando ella me miró inconscientemente. Y yo la miré. Y nos retuvimos la mirada. Posteriormente, el camarero llamó su atención, para que se acercase a la barra a pedir algo. Apartó los ojos de mí con dificultad. Algo en mi mente me decía que no podía dejarla escapar. Sentía que aquella mujer le daría un sentido nuevo a mi vida. Dejaría por fin de ser un animal promiscuo, y podría notar de una vez por todas aquel azul intenso, del mismo color que el agua del mar. Agarré con decisión el vaso de vodka y le di un trago largo, bebiéndolo por completo. Arrugué la nariz al notar cómo el licor se deslizaba por mi garganta como si fuesen lapas de fuego. En un golpe seco, dejé el vaso en la mesa y me encaminé hacia la barra, un poco tenso, mas exhibiendo aquella picardía y magnetismo de la que hacía gala. Me coloqué a su lado, abriéndome paso ante la gente. Ella no tardó en notar mi presencia y clavar sus ojos azules de nuevo en los míos. El humo del cigarro que portaba los cubría de una densa niebla, haciendo que los destellos de su iris brillasen como gemas en bruto.

-Fue fabulosa tu actuación.-me lancé a decirle.

-Gracias.-contestó ella, sin dejar de mirarme de arriba abajo, quizás algo altiva.

-Me pregunto como una mujer tan bella puede hacer melodías tan melancólicas.-me acerqué más, hasta el punto de poder escucharla tragar saliva, completamente tensa, aunque lo disimulase.

Le arrebaté el cigarrillo, esbozando una pícara sonrisa. Ante su mirada atónita, le di una profunda calada, sintiendo el regusto de su saliva en mi paladar. En el momento en el que lo aparté de mis labios, ella se apresuró en rozarlos con los suyos. Le retuve la mirada en todo momento, sintiendo cómo mi corazón comenzaba a acelerarse. Ella absorbió dulcemente, mas con ansia, todo el aire que albergaba en mi boca, introduciéndolo en la suya. En cuanto se separó, expulsó el humo que me había robado, sonriendo satisfecha, provocadora. La acerqué más a mí, haciendo presión sobre su trasero, volviendo a besarla, esta vez con mucha más pasión, frenético, acelerando mi respiración. Se giró, haciendo que la abrazase por detrás muy tiernamente, sin dejar de intercalar besitos húmedos por su cuello.

-Vamos a mi casa.-susurró.

                                              ***
Me introdujo en su habitación, tirando del cuello de mi camisa, andando hacia atrás. No perdimos ni un momento el contacto visual, ni la pasión que ardía dentro de nosotros, que abrasaba mi pecho con furia. Al llegar allí, contempló que había dejado la ventana abierta, con la nevada que estaba cayendo, y que los copos se introducían dentro, yaciendo sobre su cama y sobre el suelo.  Quise ir a cerrarla, pero aquella desconocida me agarró más fuerte la camisa, frenándome.

-Déjala abierta.

Sonreí, acercando mis labios a los suyos de nuevo. Sus ágiles dedos de violinista no tardaron el deshacerse de mi camisa, dejando mi torso al descubierto, y con él, los todavía pocos tatuajes que adornaban mi piel. Hice que se girase, y mientras le besaba suavemente la nuca, apartando ella recatadamente la melena hacia un lado, le desabroché el corsé, quitándoselo con mis manos habilidosas, acariciando sus costados, que se movían agitadamente. Soltó un leve gemido, acercando su trasero hacia mi pelvis. Lamí frenético su cuello, chupándolo. Le quité el sujetador con rapidez, instaurando mis manos en sus pechos, acariciándolos, juntándolos, soltándolos posteriormente para trazar leves circulitos alrededor de sus pezones. Ella corrió a sentarse en la cornisa de la ventana, haciendo que la nieve empapase mi cara, y en mi mente provocase unos tintes grises como el frío, que se entremezclaban majestuosamente con aquel amoroso azul. Sus piernas rodearon mi cintura, acercándome. Apoyé mi barbilla en su esternón, sintiendo cómo vibraba su corazón, mientras volvíamos a batallar con nuestras lenguas. Separé los labios, bajándolos hacia su pecho. Le di besitos húmedos sobre sus venas azules, se las mordisqueé posteriormente, para luego volver a besarlas, como si intentase curarlas. Sus manos se aferraron al marco de la ventana, abriéndose de piernas. Mis curiosas manos se apresuraron a quitar su falda y a juguetear con su sexo, a través del tanga. La cogí entonces en brazos. Se aferró a mi cuello, rasgándolo, antes de tumbarla en la cama. La nieve caía sobre mi espalda, haciendo que semejásemos dos lobos follando en medio del bosque nevado. Ella quitó mi pantalón y mi bóxer con rapidez, excitándose al ver mi miembro erecto. Me agaché para sacar un condón del bolsillo y me lo coloqué. Ella se puso de rodillas y pinzó la punta de mi glande con dos dedos. Lo agarró posteriormente con ambas manos, mientras lo chupaba con avidez, tirando de él. De vez en cuando, soltaba una de ellas para pasar la lengua por su estructura, levantando un poco el condón para poder saborear mi semen. Eché la cabeza hacia atrás y comencé a gemir, a aullar acaso. Separó la boca al rato, tentándome, tumbándose en la cama con las piernas abiertas. Le quité el tanga, introduciendo mi lengua en su sexo, rozando el clítoris con ella, mordiéndolo un poco. La mujer tiro de mi pelo, levantándome, para que me colocase encima de ella. Nuestros sexos se rozaron entonces. Me agarré a las sábanas y comencé a embestirla. De su garganta salieron unos chillidos graves. Mis labios emanaron unos jadeos descontrolados muy cerca de su oído. Ella tomó mi rostro entre sus manos y me besó intensamente, sin dejar de convulsionar su pelvis, haciendo que me faltase el aliento. Me separé un poco, y sus dientes agarraron mi labio inferior, frenándome. Comencé a aumentar el ritmo. Los latidos de mi corazón aumentaron bruscamente de ritmo, haciendo que golpease con una descomunal fuerza y rapidez contra mis costillas. Las manos de la desconocida se aferraron al cabecero de la cama. Nuestros extasiados gemidos parecían estar levantando  viento, haciendo que se introdujese entre nuestros cuerpos desnudos y aún calientes.

-Todavía…ah…si sé…cómo te llamas.-balbuceó ella entre jadeos.

-Ville…ah…ah…y…ah… ¿y tú?

-Puedes… ¡mh!...puedes llamarme…ah… ¡ah!….

Llegamos entonces al orgasmo. Un fortísimo chillido al unísono dejaba escapar poco a poco el placer. Fue entonces cuando ella acercó sus labios a mi oído, respirando descompasada todavía, y articuló un nombre.

-Christine. 

[Photo by Lilith Vampiriozah of DA]