lunes, 11 de julio de 2011

Al otro lado de la navaja

El final se vislumbraba al otro lado del estrecho borde cenizo de fulgurantes estelas más largas que la propia luz. Aquella fantasmal presencia de opresión, y sangre, y dolor se desvanecía, y a la vez me recordaba que siempre iba a estar ahí. Corte tras corte se despedazaba aquel tránsito de mi vida, aquel breve e intenso fragmento que colisionaba con mis lágrimas y quebraba todo lo que podía llegar a ser en mil pedazos. Corte tras corte sentía que se iba algo de mí, que me iba a hacer bien, y a la vez que me escocía como alcohol de quemar en una herida que no cura. Corte tras corte.  

No era la primera vez que me sorprendía a mí mismo volviendo atrás en el tiempo. Acostumbraba a aparecer entre mis sábanas cuando estaba solo, no en aquellos momentos gloriosos o exasperantes en los que estaba envuelto por los brazos de algún ser. Con el crepitar de un fuego extenso que envolvía mi mente en llamas, cegando toda conexión con el presente, volvía a ser débil y sumiso. Retornaba a un estado de pequeñez tan absoluta que podía ser aplastado por la punta de su zapato, y eso sería indoloro, pero no. Mis párpados pugnaban por abrirse a pesar de la ley gravitatoria, que estaba de su contra, y en contra de las lágrimas que coagulaban en mis córneas impidiéndome fijar el campo de mi visión. Ole hyvä” articulaban mis labios entumecidos, gélidos como al nacer en un gemido, solamente ocupados en entreabrirse para poder aprehender, atraer hacia el fondo de mi garganta una ráfaga de aire que pudiese introducirse comprimido en mis pulmones de papel de liar, y salir entrecortado, haciendo que comenzasen a sacudirse, y con ellos todo lo que mis costillas acristaladas eran capaces de contener. Un fortísimo golpe en el epicentro del dolor más inhumano imaginable, peor que desde la cutícula de la uña ir arrancando toda la piel, se descarnaba un trémulo temblor por toda mi carne, como si fuese un oleaje bravío, que arrasase peor que cualquier incendio con toda la vida que pudiese haber dentro de mí.  “En ole elossa. En ole elossa. Sydämeni lyö, mutta en ole elossa”. Y como un desvelo mis párpados se abrían. Con suerte, estaría solo, en algún hotel Dios sabe dónde, libre para calmarme. Más desafortunadamente, estaría en la habitación de casa de mi madre, con Anja, que me habría movido de un lado hacia otro hasta que mi cuerpo, ovillado sobre sí mismo, se dilatase, y dijera, respondiendo con ello a todas sus cuestiones, “princesa, estoy bien, vuelve a la cama”. Aquello que quería oír.

Siempre es una opresión. Tan fuerte que mismo parece resquebrajarme por dentro. Las costillas se tornan de manteca. Mi corazón no es más que una cámara de aire, cual globo, que estalla en sangre. Pero lo siento sobre la tráquea con más intensidad. Cubierta por piel fina que apenas protege el preciado canal. Y lo siento, y recuerdo, y noto el tacto de aquellos dedos pulgares. Más grandes que mi nuez de adulto, casi la mitad de mi cuello de crío. Una ligera presión, el ceño fruncido, y encajaba irado su huella dactilar impresa en mi piel. Clavo la mirada en el techo, y me parece verle ahí, sobre mí, acechando, como el manto de una sombra oscura que impide que vea lo que hay a mi alrededor. Inmoviliza mis articulaciones de miedo. “Jätä minut rauhaan. Ole hyvä, jätä minut rauhaan” y esta vez no chillo las palabras, sino que las susurro, en un hilo de voz tremendamente débil, sin apenas poder mover los labios, con la vista clavada en aquella sombra espectral e ilusoria. “Olet häviäjä!” envuelven el ambiente las vibraciones de un timbre de voz estentóreo como un ronco trueno, desgarrando como filo de un cuchillo, imprimiendo sobre mi piel su chirriante música metálica, mis lacrimales, presionándolos para que comiencen a chorrear lágrimas por todo mi rostro, haciéndolas fluir como riachuelos de sangre. Entreabro los labios. No soy capaz de respirar. “Kusipää, itke kuin nainen”. A medida que las palabras van ganando volumen, van reforzando su ira, se corta el flujo del aire, reduciendo el ancho del conducto que lo hace entrar en mis pulmones, oprimiendo la nuez, queriendo hacerla en cualquier momento quebrar. El concierto va a empezar. Me inquieto. Quiero liberarme de él. De la opresión. Volver a respirar. “Ole hyvä” repito sin poder frenar las lágrimas. Cada sollozo restringe más la duración de mis inspiraciones. Pero no puedo calmarme. No puedo. Está tan cerca. Escucho hasta el crujir de sus malditos dientes. Intento alzar la mano. Soy incapaz. La debilidad se apodera completamente de mí. Hasta que lo único que soy consciente de escuchar es el incesante bombear de mi sangre, impreso en mis sienes, deslizándose hasta mis oídos. No como un latido seco y contundente, sino casi como el vaivén del agua. Vas a conseguirlo, pienso para mis adentros. Vas a conseguir acabar con mi maldita vida. Y de repente, la presencia se disipa, la opresión se convierte en un resentimiento, recupero la respiración, mi corazón adopta un ritmo normal, en el mismísimo instante en el que mi manager entra en mi camerino y me dice que el público me espera.

En aquella casa me era imposible sentirme del todo a gusto. Su aura todavía flotaba por ella, de una forma tan sutil como fluye por el ambiente el aire. Cada vez que le doy las buenas noches a Anja, me inclino sobre ella y apoyo mis labios en su frente. Y en ese preciso momento alzo la mirada en un golpe de vista. Todavía mi corazón trémulo, como el de un corderito a punto de sacrificar, teme que él esté allí, y vaya a hacerle daño. Y no puedo permitirlo, no quiero que siga sintiéndole tan cerca de mí como mi propia piel, no quiero…

-¡Mamá! ¡Ven a la habitación!

Mi navaja se desliza como una bailarina de hierro graciosa, cortando con la punta de su pie puntiaguda todo resquicio de dolor que hay dentro de mí. Me tiemblan las manos, los pulsos parecen no responderme, mas hago un esfuerzo porque continúen cortando. Debo eliminar su presencia, cualquier recuerdo, debo destruirlos. Olet kuollut. Olet kuollut. Olet kuollut. Es lo único que me repito a regañadientes, con un tono de voz tan feble que mismo parece el murmullo de un grifo dejando correr el agua. Esas palabras me tranquilizan, me calman. Inspiro. Olet kuollut, olet kuollut, olet kuollut. Espiro. Y entre las lágrimas que colisionan como meteoritos cruzando el cielo que se estrellan contra pesados de papel cortado, el cuchillo continúa su labor, y mis labios crepitan.

-Ville.

Giro la cabeza. Anja apoya su mano en mi hombro. Parece preocupada, ¿qué le pasa? Entonces por fin vuelve a mí la consciencia, se rompe el enfermizo hechizo que había cernido sobre mí aquel horrible recuerdo. Me sitúo en el tiempo. 22 de enero. Aniversario de la muerte de mi padre. Entre mis manos, mi navaja, y decenas de fotografías mutiladas. Mi madre lloraba en el marco de la puerta, asustada. Mi hermana, en cambio, estaba inquieta, pero sabía lo que me pasaba, se imaginaba todo el dolor que tenía dentro, mas en su inocencia, solamente me preguntaba “¿qué te pasa?”Acerqué una de mis manos a su nuca, la presioné para que se arrodillase frente a mí, y la envolví en mis brazos. Ya no sentía aquella presencia, había desaparecido, ya no parecía querer amargarme más la existencia. Le brindé infinitos besos trémulos sobre las sienes, todavía lloraba, los latidos parecían querer calmarse. No pasó nada, princesa, estoy mejor. Mucho mejor.

Las heridas que aquel cabrón había dejado dentro de mi mente no iban a sanarme nunca.


viernes, 1 de julio de 2011

Miedo

Una palabra. Cinco letras. Cinco cuchillos que se me reparten por todo el cuerpo, que se me clavan con mitómana fiereza. Un desgarro seco y yerto que parece exorcizar mi alma del propio cuerpo que la salvaguarda. Un dolor tan profundo que me crece y me mata por dentro. Si la escucho de esos labios.
Esa palabra.
Para mí.
Es peor.
Que el veneno

Una se me clava en la mismísima boca del estómago, me lo cierra como una mano adusta y fuerte que me retuerce el esófago hasta que me es imposible tragar un solo bocado. Pero tengo que hacerlo, porque quiero que sea ella la que lo haga. La miro, y se mantiene a mi lado estática. Antaño se colocaba enfrente de mí. Y hablábamos. Ahora su voz se ha extinguido, es una vela apagada, que solo desprende el humo débil y quebrado de la llama que algún día estuvo encendida. Sabe que el más minúsculo fragmento de comida que entre por su boca será inmediatamente regurgitado. Por eso me mira. Y en sus ojos hay una tenue y titilante luz cetrina. “Tengo miedo”.

Otra me apunta directamente al pecho, perforando la aorta sin hesitación alguna. Y de esta manera tan cruel, no sólo daña, sino que me hace rogar que se me aloje en el corazón, para no tener que verter tal cantidad de sangre. Cárdena. Como la bilis negra. Las sábanas parecen envolverme en una atmósfera de madre protectora, haciendo que durante un par de horas me vaya durmiendo, muy lentamente, hasta que me siento balancear. Abro los ojos cubiertos de amarillenta escarcha, intentando entre las rendijas de las pestañas ver de quién se trata. Lo sé de sobra. Su música se delata. Frunzo el ceño. Dios sabe cuán horribles pesadillas la atormentan. “Tengo miedo”. Y se adentraba en la cama. Y se aferraba a mis costados.

La tercera es lo sufientemente cruel para escupirse como agujas diseminadas contra mis dos ojos, penetrando hasta el fondo de mis pupilas, hasta que todo lo que puedo ver son lágrimas. Gélidas. Pero dulces. Como el helor del invierno. Ignoro cuándo adquirió aquella asquerosa manía de mirarse al espejo exactamente cada hora, precisa como un reloj suizo. Y el reflejo le engaña, es malo con ella, es como un monstruo de lapas de fuego que le abrasan la carne, de garras afiladas, curvilíneas, de esas que se deslizan por la garganta con el sigilo de una serpiente, y rasgan, rasgan, hasta la arcada. Es una enorme mole de ceniza, que en un solo suspiro de cordura se descubren unos huesecillos cubiertos por un manto de piel. Muchas veces se mira en ropa interior y pregunta si está más delgada, clamando que ha perdido dos malditos kilos como quien narra el nacimiento de un hijo. Con ilusión. Convencimiento. Ternura. Y una sonrisa. La cojo de la mano y la alejo de la habitación, poniendo cualquier excusa de pretexto. Entonces, parece recordar todo por lo que estamos luchando. Ella. Y yo. “Tengo miedo”.

La próxima se dirige en cruel sendero hacia mis pulmones, y, cual granada de mano, extiende todo su daño por cada uno de los bronquios. Como una nube tóxica que marchita un campo de flores, haciendo que pierdan su color, y se cierren. A veces, ella sola no es capaz de aguantar el peso del recuerdo sola, entre cuatro paredes estrechas. Por mucho que intenten ayudarla, no la comprenden, no saben todo lo que guarda dentro. Sus secretitos. Que para mí son como tesoros. A veces a ella también le traicionan los bronquios, y entre lágrimas pierde la respiración. Una enfermera viene a desentumecer mis músculos cuando me dice que entre en la consulta. Todos, salvo el corazón. Me acerco a mi princesa, inclinándome sobre ella para que me abrace. El tiempo que ella vea necesario. Y debo mantenerme firme. Yo soy su héroe, su caballero de brillante armadura, debo permanecer impasible y fuerte, para inculcarle todo el apoyo que necesita. Entonces es cuando siento que los pulmones se me cierran. Me piden llorar con ella, llorar de impotencia, llorar de amargura, me piden gemir y chillar y desahogarme. Pero no puedo. Y me anego. Intentando respirar. “Tengo miedo”.

Y la última puñalada, la última afilada verba, aunque semeje la más llevadera, es la más cruel. Se me metió por la boca, me rasgó el paladar y la lengua, y la garganta, y me sesgó las cuerdas vocales. Como quien siega trigo. Manchado de sangre. Recuerdo que estaba desayunando. Un café. Amargo. Como el regusto que tenía en la boca. Y llegó ella y se me sentó al lado, mirándome. Princesa, ¿por qué me persigues? Le cuestiono; no podía soportarlo más, tenía que saberlo. Y sabía cuál era su respuesta. “Tengo miedo”. La silla se arrastró hacia atrás hasta sucumbir a la ley de la gravedad y provocar un estruendo peor que un trueno rompiendo en el cielo de tormenta. Me incliné hacia ella, como quien suplica, como quien ruega, como quien implora. ¡¿Pero a qué le tienes miedo, Anja, a qué coño le tienes miedo?! Y entonces, al ritmo que las lágrimas comenzaban a quebrarse y retorcer mis lacrimales, por mi garganta se deslizó como ácido aquella palabra. Y me quedé en silencio, inerte, estático, dejándome caer de rodillas. Sería la primera y última vez que me derrumbaría delante de ella.

“Älä pelkää, prinsessani. Minä suojelee sinua. Mikään ei satuta sinua. Kukaan ei satuta sinua.”



I'll tell you how much you have hurt me

-¿Quieres saber lo que pienso de ti? Que fuiste un lastre. Sí, que pudiste dármelo todo y no me diste nada. Deberías haberme querido, ¿es tanto pedir? Pero no querido ahora, que tengo toda la pasta y el reconocimiento con el que puede soñar un mortal. Tenías que haberme querido siempre, en todo momento, fuese o no un fracasado. No vale querer solamente al Ville que toca en teatros de toda Europa llenos de entendidos, debiste querer a aquel que tocaba en la calle lleno de frío y de hambre, ganando dos putas perras, y no haberle hecho sentir un inútil. ¿Y qué me dices del Ville que solo tenía cinco años, o cuatro? ¿Te acuerdas de él? ¡Debías haberme liberado de mi padre! ¡Joder, me la suda lo comida que te tuviese la cabeza, como siempre dices, con tal de que me echases agua oxigenada en las putas heridas en lugar de irte detrás de él como un perro faldero! Las cicatrices que me dejasteis por fuera no se van a borrar nunca, pero las que están por dentro aún escuecen, aún me duelen hoy en día. Y fue tan culpable él por darme de hostias como tú por permitirlo.

-Ville…yo te salvé… 

-Ah, ese es tu argumento de mayor peso, ¿no? Siempre me lo recriminas, día tras día, noche tras noche, diga lo que diga y haga lo que haga. ¿Quieres que te diga por qué me salvaste? Porque alguien encontraría mi cuerpo en la nieve y se lo dirían a la pasma, y ellos sabrían que era tu hijo. Y no podrías vivir en la cárcel, ahí no hay televisión de plasma ni tarjetas de crédito, te volverías loca. El único que fue capaz de sobrevivir aquel día fui yo, que no quiero ni pensar el tormento que pasé pugnando porque mi corazón siguiese latiendo desde que me escupiste de dentro hasta que llegamos al hospital, pero nunca lo reconoces, dices que el mérito fue tuyo, y te pintas como una mártir. Sé que si fueses la señora Niemi, me habrías tratado mejor durante toda mi vida, me habrías salvado sin pedirme nada a cambio, ni lujos, ni pasta, ni nada. No quiero que me pidas perdón, ¿sabes? Porque ahora ya es demasiado tarde, y si me hubieses cuidado como una buena madre, sé que  no tendría nada que perdonarte. Al menos mi Anja pudo tener una madre mejor que yo. Ignoro por qué, ignoro si te contagió papá su odio como a un bicho infesto, lo ignoro. Pero ahora no pretendas que me trague tus disculpas, puta frustrada, haber cuidado a ese niño cuando pudiste.

Me di la vuelta apresurada y bruscamente. Notaba los músculos tensos, la piel del rostro tirante, los dientes apretados, rechinando, queriendo quebrarse unos a los otros, el corazón liándose a golpes contra mis costillas, los jadeos en mi pecho descontrolados. Quise suspirar aliviado y no pude. Quise llorar y no pude.

-¿Te has quedado a gusto, Ville?

-No.-murmuro, dándole todavía la espalda. No quería volver a mirarla mientras los ojos se me encharcaban de lágrimas de bilis ácida.-Porque no te imaginas cuantísimo daño me hace decirte todo esto. Preferiría decirte que eres la mejor madre del mundo, que te echaré de menos y que te adoro, pero no puedo…No puedo.

Me encamino entonces hacia la puerta de la habitación. Necesitaba respirar, tomar el aire, fumarme un cigarro, relajarme. El hospital se me quedaba pequeño.

-Minä rakastan sinua, poika.

Y la puerta se cerró en estentóreo portazo. 



miércoles, 1 de junio de 2011

Cuando se apagan las luces

Rápido, mueve las pelotas entre tus manos, ágilmente, suave, no dejes que se te caigan. Ni una. Mantenlas seguras. Las mazas, gira, gira, deprisa, más, mucho más, que no se escapen, que no te controlen, contrólalas. Y más rápido.

...

Cuando se apagan las luces... ¿qué es lo que queda?

Mi barbilla se alza levemente. El fulgor de un foco cae sobre mi cuerpo violentamente, iluminándolo con una luz blanca y enferma, y a la vez con matices dorados, como el dinero, como la fama. El resto está sumido en la más profunda oscuridad. El vacío impera en las butacas; un lugar ahora yermo, vacío, ningún público florece, ni aplaude, ya no. Tras el espectáculo, el bullicio, el agotamiento emocional, viene la calma, el sosiego, y al tiempo, ese sentimiento de desnudez, de sentir que te has desvivido, has mostrado tu alma sin tapujo alguno, vaciándola completamente de contenidos, y a la vez manteniendo en ella esa pesada negrura del que guarda un secreto. Noto la respiración agitada, haciendo convulsionar mi pecho desnudo, por el cual con total libertad fluyen las gotas de sudor. Y a la vez un gran escalofrío en la columna me sobrecoge. Puedo notar entonces que sobre mis hombros está mi americana negra. La soledad se hace patente y late en el silencio de un escenario cubierto del polvo de los sueños rotos, de la vida que se agota y de la muerte por venir. Entonces, un sordo y agudo repiqueteo resonó en la estancia, débilmente, plic, plic, plic. Mi cuerpo se mantiene estático, impasible, mas no en tensión. En el fondo sabía que no estaba solo.

-Ville.-una voz entonces irrumpe, muy clara y femenina.

Poco a poco siento la presencia del nuevo ser más cerca de mí, aunque su cuerpo no emana calor, ni se le escucha respirar, ni cualquier otro indicio que pueda denotar vida. Giro levemente la cabeza hacia el lugar del que emana la voz. Un top de color negro y una falda bermeja de lunares blancos esconden su cuerpo de carne alba. Ella, con los labios pintados de un rojo intenso, vuelve de nuevo a replicar, con un ápice de reprimenda con su timbre grave, sensual y seguro:

-¿Qué haces todavía aquí?

-¿Ch…Christine?-es lo único que mis labios son capaces de articular. Una sonrisa recorre los labios de la pelirroja, mostrándose al principio ladeada, pícara, dominante, y poco a poco extendiéndose al otro extremo del labio, tornándose así dulce y tierna.

Giro mi cuerpo completamente para poder quedar frente a ella, mirándola a los ojos profundamente. En aquellos dos orbes del color del océano parecía estar contenida la inmensidad del cosmos. Fue en cambio uno de sus pies descalzos el que dio el primer paso hacia delante, torciendo levemente el talón para orientarlo hacia el borde del escenario, grácilmente. Volvió de nuevo a alzar uno de sus pies, apoyando la punta de los dedos en el suelo, anteponiéndose al otro, paulatinamente apoyando toda la planta en el suelo. Un par de cortos pasos, que ni siquiera dejaron la huella de vaho a su paso, sino que alteraron livianamente el transcurrir de las motas de polvo de alrededor, las cuales se alzaron para danzar junto al humo del que su estructura estaba conformada, la hicieron acercarse a mí, manteniendo su mirada clavada en mis ojos. Como si fuese una estaca entre ceja y ceja.

-¿Quién si no?-respondió, alzando una ceja levemente con un deje sugerente.

Extendí los brazos hacia ella sin pensarlo, con el firme propósito de cercar con ellos su cuerpo esbelto, mas mis manos se cerraron en puños, deteniendo su avance sobre sus codos. Había algo que no terminaba de encajar.

-P…Pero…No soy consciente de haberme dormido. ¿Cómo es que estás aquí?

-Bueno, tú mismo lo has dicho: no eres consciente.-inclinó entonces su cintura hacia mí, apoyando ambas manos en mi pecho como solía hacer, fijando en él esta vez la mirada mientras aprehendía con ambas manos las solapas de la americana.-Acabas de perder el conocimiento en plena calle; eso te pasa por mezclar.-apostilló, aclarándome entonces el asunto.

Los recuerdos comenzaron a hacerse diáfanos en mi mente, mas todavía se presentaban en vagos flashes sonámbulos. El vodka corriendo por mi garganta, los cristales irrumpiendo en mi nariz, la droga inundando mis venas, mis pupilas dilatándose hasta nublar mi visión, el corazón acelerándose, la boca seca, los sanguinolentos orificios nasales dejando fluir el humor como si fuese una fuente, y después…

-¡¿Qué?!-exclamé, apartándome bruscamente de ella. Me aferré al pelo fuertemente, tirando de él, sin siquiera saber si era para poder recuperar la consciencia en el mundo real o para esconderme de mí mismo.- ¡Qué vergüenza, joder! ¡Joder… tengo que despertarme, tengo que despertarme!

Irrumpió la mano de Christine aprehendiendo mi muñeca repleta de cicatrices y tendones inflamados y mal curados, haciendo que mi mirada poco a poco se alzase, para volver a encontrarme con sus ojos azules.

-Vamos.-clamó, tirando de mí hacia ella. Podría haber opuesto resistencia, mas me fui dejando llevar, mientras sus pies apresuraban su paso entre las motas de polvo.-Estarás cansado.-La negrura fue inundando mi campo de visión, hasta que nos perdimos entre el suavísimo material grueso del telón carmín.
                                                          ***

Entreabro los ojos a golpe de parpadeos desesperados por saber dónde me encuentro. Las luces esta vez son mucho más tenues y agradables, facilitan mi visión. De repente, algo fino sobre los labios, me veo obligado a pinzarlo, sin saber siquiera de qué se trata. Algo frío colisiona contra mi pecho, teniendo que alzar las manos para poder tomarlo entre ellas, para poder poco a poco, a base de palparlo ciegamente, reconocer que es un vaso, que todavía sostiene Christine entre las manos. Inclino la barbilla para poder ver su interior; tras el cigarrillo que pende en mi boca, puedo vislumbrar un líquido transparente en él, como si fuese agua.

-Christine.-le cuestiono; aunque mi mente está aletargada, mi voz suena diáfana y serena, contundente.- ¿Qué es esto?

El joven espectro sonríe, soltando el vaso de vidrio para que pueda contenerlo en mis manos. Es entonces cuando su color, instantáneamente, torna a un marrón amaderado, que me resulta tanto menos familiar.

-Es bourbon, querido. Sé que hace tiempo que no lo tomas.

Me gustaría saber cómo diablos lo sabe, pienso. Y luego suspiro; para aquellos sueños no tenía ni una explicación razonable, eran demasiado perfectos y realistas para ser diseñados por mi mente, pero excesivamente surrealistas para ser realidad, y tremendamente nítidos para tratarse de un delirio. Acerqué el filo del vaso a mis labios; al entrar en contacto con mi saliva, el líquido, por aquellos lugares que el espeso humor transparente había rozado, se tornaba de color azul cyan, haciendo que lo apartase de mi boca por acto reflejo. Una gotita de sudor, vista a trasluz, cayó justo en el centro, creando en el interior del licor gráciles formas bermejas, espirales redondeadas como hilos de seda. Una carcajada sutil se escapó de los labios de Christine. Era cosa suya, y sin embargo no era capaz de librarme de mi asombro. Una humareda negra recorrió la sala en menos de un segundo, y, antes de que pudiese reaccionar, la mujer pelirroja se encontraba sentada en un sillón tapizado en rojo, haciéndome, solamente con un alzar de ceja, el gesto justo y necesario para que me acercase, con el vaso multicolor de bourbon y el cigarro apagado en los labios. Sin que se lo pidiese, se inclinó hacia mí y, con un mero soplido sobre la punta, la hizo arder, provocando que soltase aquel característico humo gris perla con sabor a nicotina. Y volvió a sonreír airosa, mientras me sentaba a su lado.

Deslicé mi mano por mi mejilla, pudiendo sentir la oleosa textura del maquillaje corriendo por mi rostro, descubriendo un ápice de carne alba bajo pintura circense. Ladeé la cabeza levemente con un deje de cansancio. Christine, tumbada en el sofá, encendió su propio cigarrillo con tranquilidad, mas el humo se le escapaba entre las costillas al descubierto entre las sanguinolentas heridas de su torso justo antes de poder saborearlo.

-¿Alguna vez has sentido como que tu vida es una obra que nunca vas a interpretar?

-Ahá.-respondió, atusándose la melena pelirroja con las dos manos mientras sostenía en los labios el cigarrillo.-La vida es un ensayo todavía, Ville, y nos sale tan pésimo que nunca llega a representarse. Por vergüenza.

-Es difícil exhibir algo así delante de todo un público.-le repliqué inclinándome hacia delante con ambas manos apoyadas en las rodillas. Sabía lo que era que mi vida fuese un espectáculo.-Y menos ante uno tan extremadamente numeroso y tan asquerosamente exigente.

-Cuenta que tu obra no le va a gustar a mucha gente, amor, pero es tuya, y tú la manejas como te dé la gana. El espectáculo debe continuar.-interrumpió la conversación para darle una calada a su cigarrillo, en vano, pues el humo volvía a escaparse.- ¿Recuerdas?

Sin presar atención a esta última contestación, desvié la mirada al techo en un gesto meditabundo. Quizás eso explicaba mis rocambolescos ropajes. La brújula, fue en lo primero en lo que pensé. De nuevo, aquel elemento irrumpía en mi obra onírica particular, haciendo que todo cobrase sentido, y al instante lo perdiese como si fuese vapor de agua. Un suspiro envuelto en humo se escapó del filo de mis labios, danzando por la estancia con sus mil y un giros de bailarina.

-Si te das cuenta, siempre hay un aspecto que a los demás les horroriza de ti. Aunque te esfuerces en ser la mejor persona, el único resbalón que cometas será motivo de mofa. Y siempre los que somos buenos en el arte, cometemos miles de errores en la vida privada, por eso nos refugiamos en él.

-No estoy de todo de acuerdo con eso, cielo.-se apresuró en responder Christine, acercándoseme  como se arrastraría una serpiente hacia su presa, con esa inicua elegancia.-No sólo nos refugiamos en el arte los que somos mejores.

De nuevo volví a reflexionar en silencio, clavando la mirada en un punto fijo de la pared. Esta vez mis pensamientos consiguieron fruncir mi ceño con amargura.

-Y el arte nos convierte en sus esclavos. Mira Nicolai, echado a perder en las garras de las drogas…Y yo…créeme que si estuviese plenamente satisfecho conmigo mismo no habría hecho la mitad de cosas que se me pasaron por la cabeza.-extendí ambos brazos, sosteniendo el pitillo entre mis labios. Las cicatrices todavía sin cerrar se cernían por el contorno de mis muñecas. Asfixiándolas.-Y tú, Christine.-me giré para mirarla. La amenaza de mis palabras la hizo enmudecer.-Seguramente si no hubieses comenzado a tocar el violín, nunca habrías estado enferma.

Frunció el ceño, no en una mueca de amargura o de rabia, sino de desagrado, como si su cicatriz coincidente con su columna vertebral comenzase a arder bajo la piel. Quizás, dentro de sí agradecía que no hubiese vuelvo a pronunciar aquel nombre científico que se le clavaba en el tímpano cada vez que lo escuchaba, o probablemente me reprendiese silenciosamente que no le llamase a las cosas por su nombre. Lo único que hizo en respuesta, es tornar su semblante en un reflejo de súplica, respondiendo con convencimiento para excusarnos:

-No es nuestra culpa, es la música, que nos corrompe.-relajó sus etéreos músculos tensos entonces, desviando la mirada para argumentar.-Y aún así, nos da la vida a pesar de dirigirnos hacia la muerte. Es irónico.

Un suspiro se culminó en mis labios al escuchar aquella verdad tan desnuda, tanto como la piel de Christine, que mismo dejaba ver la estructura de sus opresoras costillas. En cuanto me di cuenta, de nuevo aquella aguja se clavó en el centro de mis ojos. La dorada brújula de ébano me apuntaba desde el regazo de mis piernas, con la misma frialdad y seguridad que una navaja empuñada por una mano asesina y experta. Un tacto de arpegios relajantes se mostró entretejiendo notas en mi nuca, hasta que unas largas uñas la aprehendieron, sintiendo un susurro cerca de mi oído:

-El guión no se escribe sólo, Ville. Enhebra las líneas, intercambia los diálogos y disfruta de cada manchurrón de tinta. Hasta que se apaguen las luces.

En ese momento, los plomos se fueron fundiendo tenuemente, envolviendo la estancia con la oscuridad más espesa. Mismo la mano de Christine, que se posaba entre mi corazón, mi vientre, y perpendicular a la flecha enhiesta, comenzaba a difuminarse entre humo diluido e ininteligible. Busqué su rostro entre la confusa negrura, buscando de ella desesperadamente una última respuesta, entre cansadas verbas y dolor en el epicentro de la garganta.

Cuando se apagan las luces... ¿qué es lo que queda?

miércoles, 25 de mayo de 2011

Reminiscence


Una ráfaga de viento hizo que las hojas de los árboles peligrasen para caer grácilmente de las ramas en las que estaban prendidas, y danzar a escasos centímetros del suelo. Me encontraba fumando un cigarrillo en el parque, relajado, sentado en un banco del que tenía el inmenso placer de que fuese todo para mí. Unos cuantos niños, despreocupadamente, dibujaban con tizas de colores en el suelo casitas, corazones, arcoiris, y demás elementos de su mundo de fantasía.
El tacto de una hoja marchita furtivo sobre mi mejilla, traído por el viento cortante. La acaricia, los poros se activan. Y un dulce compás comienza a desarrollarse. Primero sólo son unas pocas notas, que mi mente comienza a moldear, a repetir, a compaginar, a darles forma. las cambia de tonalidad, las eleva, las baja, juega con ellas. Y en medio del parque cojo una tiza prestada a unos niños y me pongo a escribir sobre el asfalto.
Poco a poco viene a mi cabeza aquel otoño en la Toscana, con Christine, mi hoja inerte alguna vez tan llena de vida. En aquel pueblo de Sarteano, donde había querido perderse antes de partir a Florencia. Junto al manto de estrellas, la oscuridad de la noche, el matiz dorado del follaje. Las notas se desataban como locas. Aquella locura desenfrenada, aquel caos dentro de nuestros cuerpos, y aquella alegría desbordante, aquella sensación de libertad, de no depender de nada ni de nadie, aquel libre albedrío del que por un momento gozamos. Bajo la noche en la Toscana.
La acera comienza a llenarse de notas musicales, de punta a punta del paseo. Los transeúntes observan asombrados, algunos incluso sacan fotografías para inmortalizar el momento. Claman, espectantes, , observan cuál será el próximo giro delirante de la composición, la cual se me escapa de la mente. Las gotas de sudor diluyen milésimas de centímetro de los pentagramas amarillos, y sigue fluyendo la canción con normalidad.
Otoño, otoño, en aquella fecha también había sufrido una de las etapas más difíciles de mi vida. Una de mis musas, un chaval, me había dejado y, estando en el hospital encamado, me había dejado claro su desprecio. La melodía se ralentiza, la vergüenza, el arrepentimiento, la rabia se regenera, produce unas longuísimas filas de negras, ejecutadas por un violín en mi cabeza, que suenan como a reprimenda. Y posteriormente, un piano sutil y tímido, aviva con su aliento musical de compases de cuatro por cuatro la llama de una vida que late sin sentido alguno.
Y de nuevo el eterno retorno, hasta que la acera se queda corta, y mi cabeza se mantiene
En silencio.

martes, 19 de abril de 2011

Springtime 2003, Helsinki Finland: Music doesn’t wait.

Música de violín. Una mujer me espera mirando por la ventana. Espera a que me levante de la cama y la abrace. Olor a resina, perfume y flujo. Humo de cigarro. Huele mejor cuando sale de sus labios, impregnado de carmín. Los dedos bajo sus pechos, perfilándolos. Gotas de sudor perlado caen como agua. Su corazón marca el ritmo, el mío lo persigue. Se aparta la melena con las manos. Mi loba. Ansío un beso suyo. Música de violín… Y me despierto.

Una noche más solo en la cama, impregnado de soledad y sudor frío. Hacía tiempo que no dejaba de soñar con ella, cada vez se hacían más diáfanas las imágenes. Más se difuminaba la música, que parecía estar suspendida en el aire, sonando de fondo, frenética como una fuga de Bach, y más se remarcaba su azul, tan profundo como sus ojos, esplendor cerúleo de rebeldía incontrolada, de sensualidad innata, congénito resplandor lúbrico, como las luces de un neón. Más claros notaba sus labios sobre mi piel, dejando un rastro de maquillaje ensangrentado, más dulce el roce de sus largas pestañas, marmórea y mate su piel blanca, gélida al tocarla, ardiente con la mera fricción. Sus pechos, pequeños, mas enhiestos y erguidos, sus pezones erectos, su aureola grande, tersa y rosada. Su sexo chorreante, incandescente, provisto de vello trigueño, que emanaba un sutil olor a mujer. Como la noche que nos conocimos, aquel invierno frío, aquella imagen de ella no se me iría nunca de la cabeza, igual que todos los encontronazos que habíamos tenido hasta entonces, y seguía sin saber quién realmente era. Christine, tan sólo tenía aquel nombre…y su voz, su manera de pronunciar mi nombre, con un tono grave, sensual, como si lo masticase, lo saborease, degustase las letras. Virtanen, decía, y posteriormente sonreía triunfal, mostrándome sus colmillos prominentes, mas romos en la punta. Me levanté bruscamente de la cama, secándome el sudor de la frente con la mano. Debía, tenía, necesitaba verla.

“Hoy en concierto Christine”. Me mantuve observando el cartel que estaba fuera del bar en el que nos habíamos conocido, donde frecuentaba cuando me daban el día libre en el que yo trabajaba. Aquel garito bohemio y a la vez tan destartalado, antiguo, deprimente; no era lugar para que una señorita como ella tocase. Se merecería focos, destellos, apuntándola a ella, solamente a ella, una orquesta para acompañar su melodía a su entera disposición, se merecía un público que la aplaudiese, que se dejase las palmas… En ese momento, escuché una voz que me liberó de mi ensueño. En el interior del bar, era ella, pensé, era ella, me grité interiormente, sacando las manos de la gabardina para abrir la puerta disimuladamente, mas con ansiedad. Y allí estaba.


Primero solo era un vago conjunto de sombras y luces, mas a medida que me acercaba, llegaba a distinguirla con mayor precisión. Unas curvas embutidas en un corsé inmaculado, con una falda longuísima acromática. Parecía una paloma blanca en el escenario, una paloma chorreante de la sangre que profería su cabello bermejo, de cuyos labios se escapaba una hermosa voz de contralto, que hacía vibrar el ambiente de una manera dulce y armónica, acercando el micrófono a la boca, inclinándose sobre él muy ligeramente, sin perder el porte erguido para acompañarse de su violín. Aquel instrumento que, como la flauta del músico de Hamelín, atraía a todo ser que tuviese la capacidad de escuchar. Nadie era digno de tanta belleza. Sónica, visual; de nuevo me topaba con aquellos ojos, mas tenían la mirada perdida. Me senté en una de las mesas del medio del bar, escoltado por el resto de oyentes, apoyando ambos codos en ella, entrecruzando las manos frente a mis labios, agudizando como nunca el oído. Nunca dejaría de  sorprenderme aquel sonido de violín, tan semejante a un chillido de dolor, a un grito de rabia, calmado por el canto de sirena de su ama. Se acercaba el final de la animada pieza, expectante el público, entusiasmado ante la habilidad de Christine, que cerraba intermitentemente los ojos, sin dejar ni por un solo instante de cantar, apretando los párpados contra las mejillas fuertemente, haciéndolos temblar. Movía sus hombros suavemente hacia atrás, pugnando por acomodarse, contrayendo su espalda. Sus labios articularon las últimas frases, en un tono sereno, seguro, mas sin abrir los ojos, no podía abrir los ojos. Respiró pesadamente contra el micrófono. If you sing loud and clear, someone passing by will suddenly hear you, no, you can’t be afraid… Y entonces entró el solo de violín, magistral, como ella solía. Deslizando el arco, acariciando las cuerdas. Pulsándolas. Excitándolas. El punto culminante, la llave de oro, debía hacerlo perfecto, ceñirlo a la actuación. Observé sus dedos; uno de ellos había trinado antes de lo debido, haciéndola desafinar. No, Christine y su perfecta performance no podrían permitirse un fallo así, no. Los dedos comenzaron a dejar de presionar el arco, mas debían seguir tocando. No, debían rematar, no podían dejar la canción a medias. Un par de ágiles trinos más, agonizantes, débiles, con la punta de las cerdas, hasta la última nota...

Todo sucedió a una velocidad de vértigo, en un suspiro que se escapó de sus labios rojizos, el arco se le resbaló como pez entre las manos y se desplomó de bruces en el escenario, sosteniendo con el índice y el corazón el mango del violín. Los presentes comenzaron a chillar, permaneciendo entumecidos en sus asientos. Supe reaccionar rápidamente, echando la silla hacia atrás al tiempo que me levantaba, emanando un grito que llevaba el nombre de Christine por bandera, viendo horrorizado cómo uno de los camareros le recogía el instrumento, arrebatándoselo de las manos, mientras otro la tomaba en brazos, prácticamente inerte, inconsciente, con los labios entreabiertos para respirar, y el jefe del bar les gritaba el lugar a donde debían llevarla. A la bodega, le escuché, y me apresuré en seguirles. Esquivando a todos aquellos que se interponían en mi camino, ansiosos, con mitómana voracidad, ansiando saber qué le estaba pasando, igual que yo.
Abrí despacio la puerta de la bodega, observando un tanto temeroso el interior antes de atreverme a entrar. Quizás no era asunto mío, mas ella…No podía dejar que le pasase nada malo. La acostaron en una silla de escritorio vieja, con el respaldo un tanto curvado hacia atrás, haciendo que ella misma estirase la espalda emitiendo un leve gruñido de dolor. Al ver que no había perdido del todo la consciencia, los tres trabajadores del bar comenzaron a cuestionarle si se encontraba bien, si necesitaba algo, haciendo que por fin pudiese escuchar su voz, diligente como siempre mas un tanto quebrada:

-Que sí, joder, que estoy bien. No me montéis dramas, que parecéis viudas lloronas. Sólo necesito un cigarro y una copa de bourbon y estaré perfecta.

-Christine, sabes que aquí no se puede fumar.-le reprendió el jefe, como siempre, colocando los puños en su cintura anchísima.- ¿Qué quieres? ¿Qué venga la policía y me multe?

-Ya, claro, va a venir la policía a la bodega de tu bar a mirar si hay alguien fumando. Holoppainen, por favor, la pasma tiene cosas mejores que hacer que venir a este antro.

Como siempre, las palabras de Christine hacían callar a más de uno, hasta a su propio jefe. Mientras los camareros se iban a prepararle el trago que había pedido, me acerqué a ella sin que se diese cuenta, colocándole uno de mis cigarrillos sobre sus gruesos labios ante su mirada de asombro, encendiéndoselo posteriormente con mi mechero metalizado, prendiendo una llama que ardía entre ella y yo, pareciendo avivar también la luz de sus ojos azules, que se deslizaron hacia los míos lentamente, esbozando una sonrisa al poder verme, exclamando con la voz rota y susurrante un dulce “Ville”, inclinándose levemente hacia mí. Siseé suavemente entre mis dientes, colocando los dedos sobre su pecho para volver a recostarla. Al darse cuenta de su tierna reacción añadió, con la arrogancia y la picardía que la caracterizaban:

-Sabía que vendrías, lo sabía. Sabía que vendrías a verme.

-¿Qué te ha pasado, Christine?-me apresuré en cuestionarle, desoyendo sus palabras, en un tono un tanto ansioso.- ¿Te has mareado?

-Algo así.-respondió en un murmullo, dándole una calada al cigarro mientras volvía a acomodar la espalda en la silla, retornando a gruñir dolorosamente.

-Me temía que pasase esto.-musité para mí mismo, mas lo suficientemente cerca para que ella me oyese.

-¿A qué te refieres, Virtanen?

-Cuando tocabas…En los últimos compases se te escapó una nota, y aflojaste el arco al final, supe que no te encontrabas bien.

-¿Se notó?-preguntó, ansiosa, haciendo un amago de nerviosismo. Negué con la cabeza levemente.

-Creo que nadie más que yo se dio cuenta. Haces igual que yo, todo lo que sentimos se nos refleja en la música.

Asintió, tensa, dejando escapar un par de gotas de sudor por su frente pálida y frágil. No podía soportar que yo pudiese saber tanto de ella como ella sabía de mí, que pudiese indagar en aquello que ni siquiera su propio jefe conocía. Intentando distraer mi atención, entre caladas, lanzó un grito al aire:

-¡A ver, señoritas! ¿Dónde cojones está mi bourbon?

Me incliné hacia ella suavemente, acariciándole el flequillo pelirrojo para echárselo hacia atrás, impregnando la palma de mi mano de su sudor perlado.

-Christine, ¿por qué no dijiste que estabas mal?

-No podía, Ville, no podía, tenía que terminarla.-clamó, erguiendo su cuerpo vehemente, observándome con una jadeante tensión.

-Sé cómo te sientes.-susurré, tomándola por los hombros esta vez para acostarla. Ella ladeó la cabeza para fijar su vista en las cajas de licor, mientras musitaba angustiosamente:

-No, no lo sabes. No tienes ni idea.

En ese momento irrumpió en la estancia los camareros, portando uno de ellos el vaso brillante lleno de aquel licor ámbar. La avidez hizo que Christine interrumpiese nuestra charla, extendiendo el brazo para que se lo entregase, asiéndolo entre sus dedos marmóreos y largos. Se apresuró en acercarlo a sus labios, impregnando el filo del vaso de su carmín rojizo, al son de las ansiosas preguntas de los camareros, los cuales parecían haberse puesto de acuerdo, por lo que, haciendo de portavoz, uno le cuestionaba:

-¿Quieres que llamemos a un médico?

Christine separó sus labios de la bebida, dejando un leve rastro de dulce saliva, para negar varias veces chasqueando la lengua.

-No necesito ningún médico, estoy bien.

-¿Pero, y si ha sido una bajada de tensión?-argumentó el otro, aferrándose a un trapo que había traído.

-No ha sido una bajada de tensión, sé perfectamente lo que ha sido.

-¿Entonces qué fue?-fui yo esta vez el que contraataqué, apoyando las manos en uno de los reposabrazos de la silla.

Sus ojos intercambiaron con los míos una fugaz mirada, apresurándose a clavar la vista en la pared, mientras volvía de nuevo a beber otro trago levemente, colocando posteriormente el vaso entre sus piernas para pinzar el filtro del cigarro, pudiendo así darle una calada profunda, contrayendo al inspirar sus mejillas. Sus labios soltaron el cigarro suavemente, mientras dirigía la mirada esta vez en los camareros, conminándoles con un tono de voz adusto y dominante:

-Largo de aquí, nenazas.-y soltar el humo en un suspiro tras haberlo dicho.

Tal y como les había ordenado, ambos trabajadores salieron de la bodega, dejándonos solos a Christine, al tabaco, al alcohol y a mí. Una de sus manos se deslizaron por su escote, subiendo paulatinamente para rozar el lateral de su cuello de cisne, hasta rozar las cervicales con la punta misma de los dedos, con sus largas uñas negras, entrecerrando los ojos dulcemente por el dolor. Respiró profundamente con el ceño fruncido, procurando mantener la ataraxia de la que había hecho gala, volviendo a abrir los ojos.

-Acércate, Virtanen.-murmuró, girando esta vez la cabeza ligeramente hacia mí.

Obedecí, inclinándome suavemente hacia ella, mas se apresuró a aferrar mi gabardina, aproximándola a sí, hasta casi tumbarme sobre su cuerpo. Abracé el respaldo para no sucumbir a la ley de la gravedad, y entonces la sentí. Su cabeza ligeramente ladeada, hundida  contra mi pecho, apoyando sobre él el oído y todo un hemisferio de su hermoso rostro, que parecía estar tallado en porcelana. Pude escuchar su respiración dificultosa, muy honda y profunda, amordazada  contra mi ropa, de la cual se iba librando con las manos. Bajando la cremallera de la gabardina, desabrochando pos botones de la americana, y los pequeños de la camisa posteriormente. Uno a uno, muy suavemente, hasta abrirse un hueco diminuto para poder introducir dos de sus longuísimos y huesudos dedos en contacto con mi piel, acariciando la aureola de mi  pezón derecho. “Christine…” intenté decirle, frenarla, o quizás conminarle que siguiera, mas me quedé completamente en silencio, gozando de aquel azul de neón que desprendían sus roces intrusivos. Fue su voz la que irrumpió en la estancia; grave, pausada, femenina, vibrante:

-Tenías razón, todo se nos refleja en la música.-tomó aire fuertemente, entreabriendo los labios, apoyando la mano que portaba el cigarrillo sobre mi espalda.-Pero todo en ti es música. Todo.-apostilló.

Entonces unos aplausos, acompañados de unos comentarios de público ansioso, interrumpieron la situación. Christine extrajo su mano del interior de mi camisa, apoyándola sobre mi pecho para apartarme, exclamando:

-Bueno, ya me encuentro mejor. Vamos allá.-cuando me hube alejado, tomó el vaso de entre sus piernas y le dio un último trago, erguiéndose lentamente en el acto, temerosa de volver a sentir dolor. Se sentó en la silla, dejando en el suelo el vaso en el acto.

-No te vas a ningún sitio.-le reprendí, agarrándola por un pulso, haciendo que se girase hacia mí furiosa.

-No sé a ti, pero a mí la música no me va a esperar.-escupió las palabras, al tiempo que apuraba el cigarrillo para finalmente tirarlo en el suelo y pisarlo con uno de sus altos tacones blancos mientras se erguía.

Consiguió zafarse de la prisión de mi mano, agarrándose la falda para comenzar a correr apresuradamente hacia la salida de la bodega.  ¡Christine! Exclamé, iba a volver a perderla. Quería volver a tenerla entre mis sábanas, y más que nunca entonces. Estrecharla tan frágil contra mi cuerpo y no dejar que se fuese, mas como si fuese humo, como una etérea presencia, evanescentemente se me escapó de nuevo, como siempre hacía, dándome la espalda. Y yo no pude reaccionar de otro modo que dejándola ir. ¿Oís los vítores? La música la reclamaba.


Salí de la bodega lentamente, mientras escuchaba un frenético teclado dándole la entrada para que ella comenzase a cantar con aquella dulce, velada y sosegada voz femenina y sensual, acercando mucho el micrófono a sus labios, rozándolo con ellos con extrema cautela, mientras pronunciaba aquello de “God help me, would you shine in my direction and help me?”. Podría ser una petición, un mandato, ¿qué le pasaba? No se me quitaba la cabeza cuando la mirada apoyado en el marco de la puerta de la bodega, su imagen cayendo tal si fuese un grácil pañuelo blanco arrojado al suelo, exhalando un pesado aliento antes de que sus piernas dejasen de ejercer control. Ella lo sabía, sabía lo que le pasaba desde la primera nota, lo hizo notar cuando habló conmigo, se temía que se viese ensombrecida su actuación impecable por un resbalón de su salud. No, no pude seguir mirando, no pude seguir viéndola luchar contra su propio cuerpo por satisfacer a un público inculto, por besar en los labios a la música intentando buscar en su cuerpo conformado por negras, silencios y compases ternarios una inspiración que abasteciese sus pulmones y la alejase de las lágrimas. Abrí la puerta del bar destrozado, impotente, sin saber qué hacer para aliviarle el dolor, escuchando esta vez de sus bermejeados labios una súplica hacia mí…

Don’t make me choose. I have so much to fucking loose. 

miércoles, 2 de marzo de 2011

Winter 2003, Helsinkki, Finland: She's my hell

Las nueve y media. Ni un minuto más, ni un minuto menos, marcaban las agujas de reluciente oropel de mi reloj recientemente comprado. Un pequeño capricho que me había permitido con una mínima parte del dinero que había ganado en mi anterior concierto.

Había llegado demasiado pronto al bar de siempre, tanto, que solamente se escuchaba el latir del reloj, tan diminuto y tan frágil que semejaban golpecitos irregulares en una urna de cristal fino, que con un poco de fuerza podía quebrarse en mil pedazos. El dueño del bar me había dado las llaves para que le hiciese unas chapuzas en el piano. Mirar si está afinado y todo eso, supongo, pienso y quiero pensar, que se lo debo por haberme dado trabajo tanto tiempo. Me senté en el taburete que está enfrente del piano, sin hacer ni un solo ruido, como quien suelta una pluma para que caiga con delicadeza sobre él. Me echo el cabello hacia atrás con ambas manos, dejando que los mechones ligeramente rizados se enreden en mis dedos, los cuales todavía el tiempo no les había dado un castigo. Dejo los ojos completamente abiertos, observando el techo de color blanco sucio fijamente. Como si fuese una cáscara que pudiese resquebrajar con una sola mirada punzante. Todavía cuando cerraba los ojos seguía apareciendo ella ante mí. Ella y sus notas de un azul intenso, de un azul tan fuerte como el de un beso, una de sus mordidas pronunciadas, pinzando mi miembro con las puntas inocentes de sus dientes como sierras. De ese azul que me provocaba cada uno de los roces de sus uñas negras, cada aliento que imprimían sus labios muy cerca de mi cuello. No podría describir la tonalidad, aún hoy me es imposible. Era potente como un azul marino, mas frágil como un azul celeste, atrevido como un azul eléctrico, mas harmonioso como un cyan. Era un color endemoniado, era un sentimiento endemoniado. El de ella y su violín. El de aquella música tan apetecible y diabólica, de aquel instrumento extraño, que descargaba unas notas tan llenas de angustia y de rabia, que sonaban como un gemido enunciado con un dolor inhumano, como un chillido con el que parece escapársete la voz de lo más hondo de la garganta, un harmónico y nítido alarido, preciso como el cortar de un cuchillo de escueto filo arrebatándote la capa más externa de la piel del alma. Cada vez que lo recordaba....Me eché hacia delante de forma brusca, apoyando mis codos sobre la tapa. Y otra vez entre la oscuridad de un parpadeo allí estaba ella...

¡¡Joder!!

En ese momento, una mano fría, sobre mi nuca desnuda, unos dedos certeros, álgidos, poseedores de un azul atronador, me hicieron sobresaltarme, tornando en amarillo toda sensación. Di un respingo en el asiento y caí hacia delante, deteniendo con mis brazos todavía fuertes la caída sobre el piano. Una risita. Húmeda, diáfana, cristalina, se materializó en un cuerpo de mujer.

-Joder.-inquirí, llevándome una mano al pecho en un acto reflejo.-La próxima vez avisa.

-¿Te he asustado, cariño?-preguntó, con una voz esta vez un tanto más grave y sensual, atusándose la melena pelirroja mientras se colocaba de pie a mi lado, mirándome desde arriba con cierta superioridad.

-No, claro que no.-me apresuré en contestar fríamente, volviendo a fijar la mirada en el piano.

Sus caderas se balancearon hacia mí como si fuese el péndulo de un reloj, marcando los pocos segundos que le llevó acercar su nariz completamente a mi mejilla, mientras deslizaba las uñas por mi cuello oteando por la yugular, susurrándome posteriormente, con el crepitar sutil de una serpiente:

-Vamos, cielo, he visto a boxeadores con el corazón tan acelerado como tú.

No tardó en romper en un efímero segundo la proximidad, dejándome completamente sin palabras. Todavía en mis fosas nasales residía aquel aroma femenino. Permaneció de pie al lado del piano, rozándolo con el canto de las uñas mientras pronunciaba:

-¿Trabajas aquí?


-No…Bueno…Sí, a veces vengo a echarle una mano al tío del bar cuando tiene poca gente.

Su lúbrico cuerpo edénico se acercó de nuevo a mí, rozándome los hombros con las palmas de las manos, mientras de sus labios se escapaban unas palabras vehementes, cuidadosamente envueltas en aquella voz sensual y aterciopelada, asiéndolas entre sus labios rojos para cuidadosamente ir masticándolas al hablar:

-Eres increíble, escucharte es una autentica delicia. Tú puedes brillar,-inclinó su cuerpo para poder observarme por un costado, pudiendo ver un competitivo destello que esplendía en sus pupilas.-dejar a tus enemigos sin habla. No puedes conformarte con menos, Virtanen.

Desvié mi mirada hacia ella bruscamente. No me esperaba en absoluto que hubiese averiguado mi apellido, ni siquiera podía caberme en la cabeza cómo lo había sabido, haciendo tantísimos Villes en todo Helsinki. Al ver mi expresión de sorpresa, volvió a reírse de nuevo, tapándose los labios con las manos, como si hubiese dicho algo que no debiera. Molesto, volví a dirigir mi cuerpo hacia el piano, frunciendo el ceño mientras murmuraba:

-No hagas como que sabes todo sobre mí solamente por un simple polvo, Christine.

Y fue al escuchar de mis propios labios aquel nombre hechizado cuando me quedé completamente en blanco con la boca entreabierta y la mirada fija en la pared. Le había puesto en bandeja de plata su gran jaque mate.

-Pues para haber sido un simple polvo, todavía te acuerdas.-clamó orgullosa, contoneándose hacia mí con un aire ganador.

-¡Está bien!-chillé, golpeando la tapa del piano con ambos puños, provocando un estentóreo golpe.-Está bien, desde esa noche no dejo de pensar en ti y en ese jodido violín tuyo. ¿Era eso lo que querías oír?-alcé la cabeza, respirando agitadamente por el nerviosismo, apretando entre sí ambas filas de mis dientes.

Christine, en cambio, se acercó a mí serena y tranquila. Apoyó sus dos grandes, yertos e enhiestos pechos sobre la tapa, lo suficientemente cerca de mi propio pecho para que acelerase todavía más mi propio aliento y susurró muy suavemente, mientras sus uñas volvían a deslizarse por mi cuello con delicadeza suma.

-Hay muchas cosas que quiero oír de esos labios tuyos.-los perfiló con el pulgar, esbozando ella misma una sonrisa.-Pero eso será en su debido momento,-acercó su rostro al mío para poder concluir en un murmullo.-pianista.

En un evanescente movimiento se separó del piano y, sin darme tiempo a reaccionar, me dio la espalda para irse, balanceando sus caderas en un movimiento sutil, tan promiscuo como inicuo. Pude observar como su silueta se aliaba con la oscuridad de la estancia, convirtiéndose en una negra sombra, que relucía destellos bermejos cada vez que meneaba su lustroso cabello. Fue un acto involuntario el desviar la mirada hacia el piano y encontrar un papel sobre la tapa, el cual pincé entre mis dedos todavía jóvenes y sanos, para poder leer su contenido, el cual inevitablemente provocó un ataque de risa incrédula por mi parte. Era una entrada, de mi concierto en el Hartwall Areena, hacía un par de noches. Entonces caí en la cuenta.

Ella ya conocía todo sobre mí.