miércoles, 5 de enero de 2011

Su regalo de navidad

-Buen espectáculo, chaval, aquí tienes.

Así fue como recibí mi primera paga. Había ido a trabajar una sola noche a un bar, donde habían buscado a un músico sustituto un par de días. Recuerdo con claridad la estancia. Distaba de ser elegante en aquel entonces, pero quizás lo había sido en tiempos mejores. No se trataba tampoco un bar sucio y apestoso, solamente era tan antiguo que su momento de gloria había pasado hacía demasiado tiempo, como un anciano que te cuenta sus historias de juventud encerradas en las paredes de pintura rasgada, entre los agujeros de carcoma de las mesas, alrededor de las tablas podridas del suelo. Solamente tres o cuatro clientes tenía por el día; aumentaba el cupo por la noche, pero no demasiado, quizás iban algunos músicos más, o bien para abuchearte o para aclamarte, sufrí un poco de todo. Eran las vacaciones de navidad, faltaba una sola noche para Nochebuena, y el garito se había engalanado con guirnaldas de colores eléctricos y vivos, parecidas al visón de una furcia, además de un par de muérdagos de pega en las puertas del servicio. El camarero, de aspecto cadavérico y demacrado, embutido en un traje negro, siempre el mismo, que resaltaba su cuerpo desgarbado y esbelto, me había arrojado las monedas en la barra, como si fuese un perro al que le arrojaban un trozo de carne al suelo. Antes de recogerlas las examiné con la vista exhaustivamente. No era un sueldo excesivo, mas no podía quejarme; sólo tenía 17 años. Cogí las monedas, sin siquiera agradecérselo, pues no le veía razón de ser, y me las metí en el bolsillo del abrigo, escondidas en un bolsillo diminuto dentro de este, cosido por mí mismo para evitar atracos. Me atusé la bufanda al cuello antes de salir por la puerta, murmurando, al unísono del camarero, aquella frasecita que no dejaba de repetirse por aquellas fechas. “Felices fiestas”.

Paseé por la calle en aquella noche fría, sin rumbo fijo, con las manos metidas en los bolsillos. El tintineo de las monedas, ganadas con mi propio esfuerzo, hacía que mi corazón pegase un tímido salto, provocando en mis labios en consecuencia una leve sonrisa de satisfacción. Clavé la mirada en el suelo; la nieve comenzaba a cuajar, entumeciendo mis pies, menos abrigados de lo que deberían. Las palabras de mi madre resonaban en mi cabeza. Un caprichito, es sólo un caprichito. Joder, me murmuré a mí mismo. No tenía dinero para comprarme unas botas decentes, ni para comprarle unas sábanas más cálidas a mi hermana, que la sentía yo tiritar todas las noches, y tuvo que comprarse un aparato de video para Navidad. “Auto-regalo”, se llama esa nueva moda. “Anteponer mis intereses a la salud de mis hijos” se llama la nueva moda que inventó mi madre. Le di una patada a una piedra, levantando un poco de nieve, mientras mascullaba todo aquello que debí haberle dicho a la cara. Dudo que me hubiese escuchado. Aún así, había estado ahorrando con celo todo el dinero que había podido ganar tocando con mi teclado de segunda mano para comprarle a mi hermana una manta de franela para que no volviese a tener frío, y creo que de ser necesario le habría dejado todas las mantas que tengo en mi cama. Aparato de video, hay que joderse y punto, ¿para qué sirve esa mierda? Ladeé inconscientemente la mirada, fijándome en los escaparates relucientes que adornaban la ciudad. En las calles principales, distantes del barrio del que procedía, estaban decorados con opulencia, llenos de luces y de adornos, que me hacían inevitablemente quedarme prendado del cristal. Tenía que avanzar, se iba a hacer tarde. Mi madre se preocuparía por mí; mi hermana, más; y no era aconsejable ir por mi barrio a altas horas de la noche. Entonces fue cuando lo vi. Entre una tienda de lencería y un anticuario. Una tienda de electrodomésticos. En el escaparate, delante de mis propias narices, estaba aquella televisión enorme, en color, con su respectivo aparato de video debajo. Me detuve frente a él, ignorando el bullicio que corría a mis espaldas, haciendo las últimas compras antes de Nochebuena. Así que eso era, ese aparato gris. Era pequeño y alargado, con infinidad de botones y una pantallita en negro, que reflejaba la hora en números rojos. Miré hacia los lados instintivamente. Nadie que yo conociese, ni mi madre, ni mi hermana tampoco, transitaban por aquella calle. Solamente mujeres bien arregladas, hombres elegantes y niños pijos. Tragué sonoramente saliva, mientras me metía rápidamente, me escondía, huía al interior de aquella tienda.

-¿Puedo ayudarte en algo?-me preguntó el vendedor en cuanto me vio entrar. Por lo que se veía, no tenía a mucha gente. Solamente un par de personas observando las cocinas, seguramente eran pareja.

Me acerqué tímidamente al mostrador, con las manos metidas en los bolsillos. Moví un poco la mano izquierda. Otra vez el tintineo de las monedas. Otra vez el salto en el corazón. Ahora palpitaba mucho más deprisa, debido al pánico por encontrarme en aquella tienda, completamente solo, mal arreglado, cabe destacar. Temí que no me atendiesen, que me tomasen por un ignorante o algo parecido, que me mandasen salir fuera de la tienda. Apoyé las manos en el mostrador. Notaba el corazón como si quisiese escaparme del cuerpo y chocar irremediablemente contra la caja registradora. Intenté buscar saliva que tragar, mas tenía la boca completamente reseca y rasposa. Entreabrí los labios para decidirme a formular mi petición.

-¿Podría usted explicarme p…para qué sirve un aparato de video?

Pronuncié las palabras tan atropelladamente, que el vendedor tuvo que hacer un sobreesfuerzo para entenderme.

-¿Un aparato de video, dices? Pues sirve para ver películas, hijo.

-Películas.-repetí, afianzando el concepto en mi cabeza.

-Exacto. Mira,-se giró levemente para coger de una estantería una caja de color negro, envuelta parcialmente por un plástico transparente.-se graban en cintas de VHS y se reproducen en el aparato de video.

Abrió entonces la caja, mostrándome una de las susodichas cintas. Era también de color negro, rectangular, semejante a las que se colocaban en los casetes para escuchar música, pero más grande. Rocé el espacio que albergaba aquellas tiras negras enrolladas, las cuales emanaban un extraño brillo, cual si fuesen de charol, con mis dedos.

-¿Tiene más cintas de VHC?-pregunté, sin apartar la vista de ella.

-VHS.-me corrigió, quizás algo molesto.-Y sí, sí que tengo, pero las vendo junto con los aparatos de video.

Desoí su advertencia en cuanto desvié la mirada hacia uno de aquellos aparatos. Encima de él, había una película, al igual que encima de los otros. Pero no era una película cualquiera. “La bella durmiente”, rezaba, y en su portada aparecía una mujer con una longuísima melena rubia, aferrada a un galán de cabello castaño, rozando sus labios con mucha delicadeza, en tanto que sostenía entre sus finas manos una rosa roja. Sobre su cabello reposaba una corona ligeramente pequeña, lo que me llevó a pensar que era una princesa. Princesa, me repetí mentalmente. Me acerqué a la cinta poco a poco, como si tuviese miedo de que escapase por la puerta al hacer un movimiento brusco. La cogí entre mis manos, alzándola un poco en el aire para poder contemplarla mejor. Una princesa.

-Oye, chaval, ¿no me estás escuchando o qué?

Volví a girarme hacia el mostrador rápidamente esta vez. Dejé encima de él la película, y comencé a sacar de mi bolsillo una a una las monedas que me acababan de dar como sueldo por mis actuaciones, provocando un sonoro retintín. Las acerqué hacia el vendedor, agrupándolas con mis dedos, murmurando con voz tímida:

-¿Así está bien?

Él alzó una ceja, no muy convencido con la baja cantidad de dinero que le ofrecía, solamente por una cinta de vídeo. Alcé la mirada, observándole con mis ojos verdes, esta vez suplicantes, atemorizados, mas decididos. Negó con la cabeza, riéndose con sorna.

-Sí hijo, sí, llévatela. ¿Te la envuelvo para regalo?-preguntó, rematando así la burla, a punto de romper a reír de nuevo.

-Sí. Envuélvesela para mi hermana pequeña.

Ignoro si fue aquella frase, pronunciada con todo el amor del mundo, o fue el simple hecho de que un chaval menor de edad, con aspecto enfermizo y mal vestido, gastase el poco dinero que tenía en comprarle un simple regalo de navidad a su hermana, lo que le hizo tragarse sus palabras y rodear la tapa de un papel de regalo color de rosa.
                                                           ***
Aquel año nos había esperado una gélida Nochebuena. Los copos de nieve, algunos tan grandes como mi dedo pulgar, golpeaban con fuerza nuestras frágiles ventanas. Como siempre en aquellas fechas, la entumecida y vieja calefacción se había averiado, y estar dentro de nuestra casa era lo más parecido a encerrarse en un mausoleo. Durante toda la cena, en la cual tomamos pollo al horno, si no recuerdo mal, Anja se pasó temblando, hasta el punto de que le cayeron un par de veces los cubiertos al suelo. Me desgarraba el alma verla de aquel modo, soportando las broncas de mi madre, por algo inevitable para la pobre cría. No me pude aguantar toda la cena así, y en medio de esta, me levanté bruscamente de la mesa, corriendo hacia mi habitación a coger el gran paquete de regalo marrón en el que estaba metida la manta de franela. Debajo de él, pude vislumbrar aquella caja rosa, que contenía la película para Anja. De nuevo, mi corazón pegó un pequeño salto, apresurándose a latir más fuerte. Volví a la mesa, con el paquete en brazos, bajo las estupefactas miradas de mi madre y de Anja.

-Creo que Papá Noel se ha adelantado un poco.-me excusé, dejando el paquete sobre las piernas de Anja.

Lo abrió con rapidez, visiblemente emocionada. Sospecho que sabía lo que era, por la forma del paquete. Sus ojos translucieron una felicidad enorme, al tiempo que extendía sus brazos hacia mí para poder rodear con ellos mi cuello y abrazarme con fuerza.

-Muchas gracias, Ville.

-De nada, princesa.

Me separé un poquito de ella muy a mi pesar, pudiendo agarrar la manta de color verde por los extremos. Vamos a ver, murmuré muy despacio, alargando la última palabra, mientras envolvía el cuerpo de mi hermana con ella, colocándola semejante a un rollito de canela. Lo único que sacó de la manta fueron las manos para poder comer, y una dulcísima sonrisa para dedicarme.

En cuanto terminamos la cena, mi madre nos dio nuestros regalos: Una bufanda para Anja, una libreta para mí y un aparato de vídeo para ella misma. Esta vez no refunfuñé. Unos incesantes y fuertes golpecitos en mis costillas me susurraban el pequeño secreto que todavía mantenía guardado. Guardé la libreta en mi habitación y me apresuré en esconder la cinta dentro de mi chaqueta, a ras del pecho, para intentar escondérsela hasta el último momento. Me dirigí a la cocina, que era donde seguían mi madre y ella, una lavando los platos y la otra jugando con una muñeca. No se separaba de la manta de franela, a cada minuto que pasaba se aferraba a ella con más ahínco; aquella imagen me había dado muchísima pena, y me la sigue dando hoy en día. Me acerqué despacito a ella, colocándome a su lado, provocando que se girase hacia mí, dejando sus piernas cubiertas por unas medias verdes a merced del aire.

-Te tengo una última sorpresa, princesa.-le revelé, aún en tono misterioso y confidencial.

El rostro de Anja dibujó una sonrisa ilusionada, abriendo los ojos exageradamente, y me escudriñó de arriba abajo. Vio que tenía una mano metida dentro de la chaqueta, y que un objeto extraño me abultaba cerca del corazón. Su mirada de tornó aviesa esta vez, mientras alargaba las manos hacia la cremallera entreabierta. Me eché un poco hacia atrás, negando varias veces.

-No, no, no. Primero tienes que adivinar qué es.

Se colocó de rodillas encima de la silla, irradiando una gran curiosidad por saber cuál era su próximo regalo. Colocó una mano sobre mi pecho y lo palpó, sin dejar de agarrar la manta. Al tocar las esquinas puntiagudas de la caja, frunció el ceño; quizás había descartado ya alguna conjetura. Se acercó un poco más y apoyó su oído sobre la cinta. No sé qué esperaba escuchar, por lo que no pude evitar reírme levemente. Me extrañaría que no oyese, aunque fuese a lo lejos, aquellos furiosos latidos que golpeaban cada vez más rápido la película. Soltó un leve bufido, volviendo de nuevo a enderezarse. Tamborileó con los dedos sobre la caja, intentando indagar si había o no algo dentro. Su sonido, como metálico, la hacía dudar todavía más. Alzó la mirada hacia mí, a punto de llorar de desesperación.

-Jobá, Ville, no sé qué es. Dímelo, porfi.

Solté una carcajada; sabía que no adivinaría nunca lo que escondía tras mi chaqueta. Está bien, cedí, abriendo la cremallera con la otra mano, extrayendo el paquete rosa, ahora caliente por la exposición a mi cuerpo. Se lo entregué, ante su mirada de expectación. La larga espera y todas las tesis descartadas sobre la identidad del regalo, la hizo romper el envoltorio rápidamente, reduciéndolo a pedacitos que cayeron sobre el suelo. Una interrogante expresión se esbozó en su rostro al ver la película. Me incliné hacia ella para poder explicarle.

-Es una cinta de vídeo.-mi madre se dio la vuelta súbitamente para mirarnos.-Es un cuento de dibujos animados.

Entonces abrió la boca profundamente sorprendida. Sin soltar la película siquiera, se echó en mis brazos de un salto, haciendo que tuviese que agarrarla por los muslos para evitar que se hiciese daño. Me besó reiteradas veces la mejilla, sin darle apenas tiempo para poder respirar, al tiempo que me daba una y otra vez las gracias. Con una de mis manos la acerqué a mi cuerpo, haciendo que pudiese apoyar la cabeza en el hombro y calmarse un poco de la euforia inicial. Apretó un poco más el abrazo, mimosa, mientras yo aguantaba su manta con la barbilla.

-Oye, princesa, ¿qué te parece si vamos a ver la película tú y yo juntos?

-¡Sí!-afirmó rotundamente, volviendo a echarse a mi cuerpo. Por un instante olvidó el frío, olvidó completamente el desprecio que nos había hecho nuestra madre, al haber recibido uno de los poquísimos regalos que pudimos darle en toda su vida: una película de princesas.

Es inevitable que cuando llegan estas fechas me vuelva la misma historia a la mente, aquella navidad cuando yo tenía diecisiete años. Que no vuelva a rememorar aquella sonrisa dulce y aniñada, que susurraba en voz muy bajita: “Gracias, hermanito”. 


[Photo taken in Weheartit]

sábado, 1 de enero de 2011

One kiss

Esa palpitante sensación que noto al verte, las rachas de azul. No un azul corriente, un azul verdoso, un azul turquesa. Azul metálico, contaminado, y tan puro a la vez. Como sus ojos. Recuerdo haberla visto aquella vez en la calle, pobrecilla, rodeada de todos aquellos yonkis, en tierra extraña. Por sus venas corría la misma sangre que por las mías. Sangre fría, coagulada, sangre de una tierra en el barranco de Europa. Un barranco por el que gustoso me habría tirado cogidos de la mano. Era como adrenalina lo que subía por mi pecho arriba, como ácido que corroe, como estimulante que acelera el corazón. Hablamos durante tiempo. Palabras despedidas por mis labios que se introducían en sus oídos como una celestial caricia. ¿Cómo podía una mujer de su calibre haber acabado en aquel mundo de corrupción? En aquella calle, con aquella gente malhablada y sucia. Era mi gente, no la suya. Le arrebaté la jeringuilla de las manos. Pobrecilla, aún temblaba. Me dijo que tenía piso, tan pequeño que apenas su gato y ella podían habitar en él. Amablemente le ofrecí morada.

Y otra vez aquel azul, como mar envuelto en algas, algas que me anegan, me asfixian, son horcas para mi cuello, y aún así soy capaz de conversar abiertamente con ella. Tratamos temas tabú, hablamos de drogas y sexo. ¿Tu primera vez? me preguntó, con su vocecilla dulce; inconcebiblemente corrompida. La simple imagen de mi cuerpo siendo catado por otra mujer la hizo sonrojarse. La imaginación me ayudó a visualizar su sexo abierto como una flor, ante mí, tan frágil, tan delicado. Una orquídea tal vez, una rosa con cien mil pétalos que debía deshojar. Quiso que durmiésemos juntos, en mi cama. su primera noche, quizás estaba asustada. Se aferró fuertemente a mí, tras haber conversado tanto, tanto, era como si fuésemos viejos amigos.

De nuevo aquel palpitar, aquel azul, contra su mejilla, contra mi pecho, mis costillas, a punto de desgarrarlas, de un golpe seco, rajarlas, quebrarlas, romperlas, como seca madera, como un cascarón, como un cristal contra el suelo. Mas continuo respirando tan tranquilo, relajado, muy lentamente, al tiempo que le acaricio el cabello negro. El fuego se aviva, la tomo en brazos, ella sabe lo que pasará después, yo lo siento dentro de mí abrasándome las venas. La beso en los labios efusivamente, como si el único aire que pudiésemos respirar es el que emana la boca del otro. No, no podemos, tengo novio. Susurra, entre jadeos. Está excitada, su sexo emana un líquido caliente como lava. Mis dedos se acercan a la zona, la roza, notan el calor que emana. No me importa. Escupo, chillo acaso. Siento mi miembro como una navaja, recto, cortante, deseoso. Palpo sus brazos, repletos de cicatrices, al igual que mis manos. Ranuras que rellenar con ese azul que me abrasa la garganta, por esa sangre que corre por nuestras venas, sangre gélida, helada, sangre finesa. sangre ahora en su punto de ebullición, a punto de evaporarse. Las secreciones calientes, la saliva escasa, el corazón a punto de hacer estallar el cuerpo.

Entonces llegó el beso.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Hasta que la muerte nos una

Desde la cima del acantilado, las rocas más cercanas al mar parecían todavía más amenazadoras. Observé inerte cómo los vecinos de los alrededores, a la par que unos agentes de policía, extraen del mar el cuerpo sin vida de una mujer. Vestida con un vestido largo de novia, salido del más ostentoso ajuar, empapado por el dolor y la amargura, por la rabia. Su largo cabello, entremezclado con las algas, acaricia la superficie del agua, con muchísima delicadeza, liviano, como una pluma. Como Venus tallada en mármol, emergiendo de la espuma del océano, yace frágil entre los rudos brazos de tres o cuatro hombres robustos con pinta de marineros, sorprendidos, al igual que el resto de curiosos, mirones, escoria, que se empujan mutuamente con una morbosidad mitómana. En un suspiro, una décima de segundo quizás, su rostro inerte se entornó hacia mí y pude ver sus ojos; vidriosos, inertes, entornados hacia el cielo. Fue entonces cuando la sentí detrás de mí. Me giré, para poder contemplar su cabello pelirrojo completamente mojado. Por un segundo nos miramos a los ojos sin decir nada. Vi los suyos llenos de lágrimas por primera vez, vidriosos, azules como el mar que le había quitado la vida. Nos mantuvimos en silencio, solamente escuchando el sonido de las olas golpear contra la costa, peligrando el cadáver y a los que intentaban rescatarlo de la fiereza del océano. Apreté los labios con impotencia, antes de arrancar unas palabras rotas:




-¿Cómo pudiste, Christine?

-Veo que tu amiguita la medium te lo ha contado.-dijo. Y era cierto. Una de mis musas, Nora, se dedicaba a esos tinglados. Había contactado con Christine a mis espaldas, aunque posteriormente me lo confesase. A la par que la horrible tragedia. 

-¿Cómo pudiste?-repetí, alzando la voz.

-Me habías abandonado.-respondió, acercándose a mí un par de pasos.-Te habías ido como un fantasma, me dejaste sola.

-Yo...no quería... Sabías que tenía que irme de Helsinki. Mi hermana había muerto por mi culpa.-me señalé, golpeando mi esternón con las yemas de los dedos, como queriendo quebrarlo.

-Me prometiste que nos casaríamos, Ville. Que podríamos compartir apellido, y casa, y corazón.-prosiguió, mostrándose indignada.

-Christine...-intenté buscar en vano las palabras para excusarme.

-Aquella mañana me había comprado un vestido de novia en una tienda del centro. Me había gastado todos mis ahorros en él.-tomó entre sus manos carcomidas por los peces las puntas del vestido, alzándolo para que lo viese.

Volví a morderme los labios. Cerré fuerte los ojos. No quera seguir oyéndola, me mataba por dentro, me devoraban sus palabras.

-Fui al bar para buscarte al día siguiente, y no estabas allí. Me dijeron que te habías ido para no volver.-comenzó a llorar, como si toda el agua que había tragado la expulsase por los ojos.-Me pasé el día llorando. Poco me costó decidir lo que iba a hacer...

-¡¡Si todavía me quieres aunque sea un poco, cállate la puta boca!!-chillé completamente desquiciado. Las lágrimas corrían por mis mejillas, escapando de mis rudas palabras.

Christine se mordió las uñas, disgustada. Sí, aquella era la manera de la que lo hacía, pinzando entre sus dientes la cara más sobresaliente de la uña, para arrancarla de cuajo. Las pielecillas de alrededor venían después, las cuales sólo mordisqueaba para ir recortando la periferia de la uña. Mis labios comenzaron a temblar. No pude evitar tomarla muy delicadamente en brazos, mientras se iba deshaciendo en lágrimas. Acaricié su cabello envuelto por el agua, susurrándole lo muchísimo que la quería. Shh, no llores más, mi vida, le decía, reiteraba, repetía, en voz muy bajita, trémula. Ella alzó de nuevo la mirada, para esconderla posteriormente bajo sus párpados, mientras escuchaba el rumor de mi corazón, el cual parecía entrar en perfecta sinfonía con las olas sosegadas, melancólicas, tristes.

-Pero estaré contigo siempre.-recalcó.-En tu mente, dentro, muy dentro. Vives para mí como yo he muerto por ti. Estaremos siempre juntos.-esbozó una leve sonrisa. Me tomó de la mano, engarzó mis dedos entre los suyos, como si fuesen las argollas de una cadena.-Hasta que la muerte nos una.




[Photo taken of DA]

jueves, 30 de septiembre de 2010

Buenos días, princesa. He soñado toda la noche contigo

-¡Ville!

-¡Princesa!

Tras tanto tiempo sin verles, aquel día había ido a cenar con mi madre y mi hermana. Mi única familia. Envolví en los brazos a una Anja enfundada en una sudadera gris varias tallas mayor, y la levanté un palmo del suelo, haciéndola chillar entre risas. Sospecho que ella era la única razón por la que podía volver a Helsinki con una sonrisa. Aún tras haberla soltado, se aferró a mi camisa negra con ahínco, mirándome con sus ojos azules, grandes y brillantes como las canicas con las que solía jugar de pequeño.

-Pesas mucho menos que la última vez.-volví a alzarla levemente, frunciendo el ceño.- ¿Has estado enferma?

-No.-negó, sonriente.-Solamente estoy intentando adelgazar.

-Mariconadas, Anja. Estás perfecta, no te hace falta adelgazar más.

-Eso lo dices porque me ves con los ojos de un hermano.

-Justo por eso me resulta difícil decirlo.

-Bueno, cuéntame. ¿Qué tal el concierto?-dijo, cambiando de tema.

Recordé. Dos días antes había tenido un concierto en España, que me había impedido asistir a uno de los suyos. Estaba apuntada en una compañía de ballet, y representaban “El Lago de los Cisnes”, siendo mi hermana la princesa Odette, el papel más importante de la obra. En cuanto lo mencionó, me dolió todavía más no haber podido ir a verla.

-Muy bien, pero oye, Anja, siento muchísimo…

-Oh, no pasa nada. Te comprendo. No ibas a cancelar un concierto tan importante por algo así.-sonrió comprensiva, mirándome a los ojos de nuevo.-Ven, me cuentas en la cena.-me cogió por la muñeca y tiró de mí hacia el interior de la casa.

Sopa. Mi madre había preparado sopa. Olía desde el recibidor, y se acentuaba a medida que me adentraba en la cocina. En cuanto ella me vio me abrazó, me dio dos besos, agarrando mis mejillas, oprimiéndolas, y me pidió pasta seguidamente. Ya me sabía yo su paripé. Saqué mi cartera de piel del bolsillo del pantalón, resignado, y le endosé tres o cuatro billetes, sin mirar. Ella sí los miró; y viendo que satisfacían sus inquietudes financieras, volvió a besarme, tornándose entonces cariñosa conmigo. Le dejé, siempre le he dejado. Todos queremos mimos de nuestra madre, aunque sean comprados. Les ayudé a poner la mesa, con aire exhausto, y me senté a comer, enfrente de Anja. Tomé pequeñas cucharadas de sopa de cada vez, pues no tenía apetito. Por la mañana me había metido un par de rayas, y estaba francamente molido, sin ánimos ni siquiera para coger la cuchara. Miré de reojo a Anja un par de veces. Por lo visto, ella sí estaba famélica, pues comía con avidez. Durante aquella cena, les relaté a ambas mi viaje por Barcelona. Mi hermana me escuchaba con atención, y sus ojos se tornaron vidriosos.  

-Hay una catedral que tiene unos torreones altísimos, con unas diminutas figuras talladas. Y fuimos a un parque en el que había un lagarto de colores, de mosaicos.

-¡Guau!-exclamó Anja.- ¡Me encantaría ir!

-Cuando haga otro concierto por allí, te vienes conmigo, ¿te parece?

-¡Sí!

Ella fue la primera en acabar de comer, mientras yo todavía balanceaba la cuchara en el plato, sin ganas. Se apresuró en levantarse y darnos un beso a mamá y a mí antes de irse del comedor.

-¿No te quedas al postre?-la miré, extrañado.

-No, voy a hacer los deberes.

Sonreí leve, dándole una suave palmadita en la espalda, dejándola irse. Volví a ahogar la mirada en la sopa, sin intercambiar ni una sola palabra con mi madre hasta que ella comenzó a recoger los platos.

-¿No comes más, hijo?

Erguí la cabeza, para poder mirarla. Articulé un frágil “no”, dándole luz verde para seguir recogiendo. Apoyé ambos codos en la mesa y suspiré profundamente. De repente, escuché un extraño ruido, que se intercalaba con una voz conocida. Fruncí el ceño, intentando adivinar su fuente de origen. Me levanté disimuladamente de la mesa, sin que mi madre, que estaba en la cocina, lo percibiese, y me dirigí al pasillo. Una vez allí, agudicé el oído como nunca, acercándome a cada una de las puertas, curioso, y apoyaba la oreja en la madera, confiando escucharlo de manera más fuerte. Aunque a veces se entrecortaba; aquel sonido era como si alguien arrancase un agresivo veneno de las entrañas, provocándole un dolor sobrehumano. Me estremecía cada vez que lo oía, deseando que cejase, y a la vez que continuase hasta averiguar su procedencia. Al final del pasillo, en el interior de una puerta de la izquierda, fue donde lo noté con más intensidad. Se me pasó por la cabeza abrirla, para ver qué pasaba dentro. Sabía que no teníamos pasador en ninguna habitación de la casa, con lo cual sería fácil hacerlo. Respiré hondo, antes de atreverme a girar la manilla muy suavemente, sin provocar ruido alguno, y entreabrir la puerta, asomándome para mirar. Nunca olvidaré lo que vi, ni el modo en el que se clavó en mis ojos como una aguja, traduciéndose como una fuerte opresión en el corazón, en la más pura expresión del horror. Era ella, era mi princesa, y estaba arrodillada ante el váter, completamente pálida. Se metió su dedo índice en la garganta, lo más hondo que podía, y sufrió una arcada, que hizo que su cuerpo se convulsionase hacia delante y expulsara por sus labios un chorro de vómito completamente líquido, que se introdujo en mis oídos, haciendo que abriese de todo la puerta, bruscamente.

-¡Anja! ¿Qué coño haces?

Ella se giró hacia mí asustada, con la boca todavía algo manchada.

-¡Shhhh! Baja la voz, por favor, que mamá no se entere.-susurró, a modo de súplica, arrastrándose hacia mí.

-P…Pero… ¿estás loca?-murmuré, indignado, cerrando la puerta del baño.

Negó con la cabeza, limpiándose la boca con la manga de la sudadera.

-Tengo que hacerlo, Ville. Las otras chicas de la compañía…están más delgadas. Y a veces se burlan de mí. ¡Quiero estar como ellas!

Me arrodillé enfrente de ella, todavía sin creerme que aquello estuviese pasando.

-Te tiene que importar una mierda lo que digan esas pijas retrasadas. El ballet no es cuestión de estar más delgado o más gordo, es cuestión del talento que tengas y la pasión que le pongas, y eso a ti te sobra.

-No lo entiendes…

-¡No!-salté.- ¡Eres tú la que no entiende! Esto puede convertirse en una enfermedad muy grave, Anja, puedes acabar muerta. O muerta en vida, que es peor aún.-giró la cabeza, aunque la obligué a mirarme.- ¿Quieres saber lo que pasa cuando dejas de cuidarte, haces gilipolleces y andas jugando con fuego?

Tragó saliva, sin atreverse a darme una respuesta. Fue entonces cuando comencé a desabrochar mi camisa, mostrándole mi cuerpo increíblemente delgado y enfermizo, todavía más que en la actualidad, ya que estaba todavía más enganchado a las drogas. Los ojos de mi hermana expresaron un terror sobrehumano. Se tapó la boca con las manos, posteriormente me miró a la cara.

-¿Qué te has hecho…?-susurró, dolorida.- ¿Tú también…?

-No, esto es por otra cosa. Pero el resultado es el mismo. Vas adelgazando, vas perdiendo apetito, vas perdiendo fuerzas y acabas en una cama de hospital, ¿entiendes?-hablaba con una decisión y nerviosismo nunca vistas en mí.

Anja se dejó caer encima de mí, abrazándome con mucha fuerza, escondiendo la cabeza en mi pecho. Rompió a llorar de una forma desgarradora, entremezclando en aquellas lágrimas el miedo a morir y el miedo a ver morir a su hermano mayor. Acaricié su melena rubia con fuerza, incrédulo.

-Te juro que mato a la que te dijo que estabas gorda.-escupí, con ira.-¡¡Te juro por Dios y por la Virgen que la mato!!

-Ville, no…-se aferró a mi espalda.- ¿Pero por qué? ¿Por qué  te has hecho esto? ¿Cómo has…?

-Las drogas, princesa.-susurré.-Pero eso dejémoslo aparte.-la miré, dejando que unas lágrimas, cuya caricia se traducía como un rojo sendero en mis mejillas, aflorasen de mis ojos.-Yo quiero volver a tener a mi princesita, a la que me daba la tabarra después de comer, no la que se encierra en el baño a vomitar.

-Lo siento mucho,  te he decepcionado, lo siento mucho. A mí no me gusta vomitar, pero es la única forma de que mamá no se entere.-gimió.

Me mantuve en silencio, saboreando aquella tristeza, mientras Anja se aferraba a mi camisa entreabierta, palpando mis costillas, sollozando cada vez que las notaba. Siseé suavemente cerca de su oído, intentando tranquilizarla, aunque cada vez lloraba con más intensidad. Necesitaba sacar toda aquella bilis de dentro. Ladeé su cabeza con mucho cuidado, tomándola entre mis manos,  haciendo que apoyase el oído en mi pecho. Quizás fueron mis tiernas y a la vez nerviosas caricias, y mi corazón golpeando a toda velocidad, mas con proximidad y calidez, contra ella, los que la hicieron calmarse un poco.

-Anja, tienes que jurarme que no vas a volver a hacer esto.-susurré.

No contestó, todavía intentando recuperar el aliento.

-Júralo por mi vida, y si no vas a cumplirlo, que me muera aquí mismo.

-¡Ville!-alzó la mirada, inquisitiva mas triste a la vez.

-Si estás dispuesta a curarte, hazlo.

Cerró los ojos, rompiendo otra vez a llorar, empujando su sien contra mis costillas.

-Lo juro por tu vida.

Asentí, cerrando los ojos. Cogí aire muy fuertemente por la nariz, sintiendo las últimas convulsiones extasiadas que sufría mi corazón antes de recuperar su ritmo normal. Anja se estremecía al escucharlas.
-Pero tú tienes que jurar por mi vida que no vas a volver a meterte nada.

-No puedo hacer eso, princesa.-susurré, sin apenas fuerzas.-Tú podrás cumplirlo.

-¿Y por qué tú no?

-¿Cuánto hace que te…haces eso?-tragué saliva.

-Un mes.

-Yo llevo más años de los que piensas.-asentí.

Anja por poco sucumbe al llanto de nuevo, si no fuese porque limpié con mucho cuidado sus lágrimas y la erguí al momento, agarrándola por los hombros. Antes de salir del baño, volvió a hundir la mejilla en mi pecho. Noté cómo entre destellos de un azul celeste, su vida se escapaba entre mis manos.

                                                      ***
Tut…tut…tut… “¿Diga?”

-Seppo, soy Ville. Tengo que hablar contigo. … Es sobre los conciertos de estas próximas semanas. … Voy a cancelarlos. …-fruncí el ceño.-No me grites. … ¡Que no me grites, joder! … Es por mi hermana, está enferma.

Ella se encontraba sentada en la cama a mi lado.  Me miró con ojos vidriosos en cuanto pronuncié aquella última palabra, apretándome la mano que yacía sobre mi pierna. Tomé aire fuertemente.

-Sí… Pues no sé muy bien qué tiene, todavía no ha ido al médico.-mentí.-Pero creo que es una gastroenteritis o algo así. …

-Te quiero, hermanito.-susurró mimosa, por no haber descubierto su secreto.

-Y yo, princesa.-susurré, tapando el auricular para que Seppo no nos oyese. Dicho esto, volví a destaparlo.-… En principio alrededor de dos semanas. … … Oye, joder, que es mi hermana. No voy a dejarla sola mientras está enferma. … Mi madre ya está muy mayor para estas cosas. … … De acuerdo. …Ahá. … Me incorporaré lo más pronto posible. … Bien, vale. … Abur. Abur.

Colgué el móvil. Presionar aquella tecla roja me produjo un alivio impropio de lo que me sugería aquel color. Anja apoyó la cabeza en mi hombro, mirando la pantalla del móvil, en la que había una foto de Christine.

-No entiendo por qué lo has hecho, Ville.

-Pues porque eres mi hermana. Y te voy a ayudar a salir de esa mierda cueste lo que me cueste. Por mí, como si tengo que cancelar toda una temporada de conciertos. Me suda la polla.-la envolví en mis brazos, mientras ella dirigía sus labios a mi mejilla.

Recuerdo haber hablado horas y horas con ella, sentados ambos en la cama, hasta llegar las 3 o 4 de la madrugada. Me había contado tantísimas cosas, tantísimos problemas que le rondaban por la cabeza, y yo me había limitado a darle consejos y a alentarla. No solté prenda de ninguno de mis propios problemas. Cuanto más tiempo pasaba a solas conmigo, más segura se sentía, y con más decisión y serenidad relataba. Encendí alrededor de una docena de pitillos mientras la escuchaba, todavía algo tenso por lo que había visto en el baño. Cuando miré el reloj, ya era extremadamente tarde. Se aferró a mí de nuevo, colgándose en mi cuello.

-No quiero dormir sola.-susurró.

-Estos días dormiré aquí contigo.

Me giré para mirar mi antigua cama, la cual estaba al lado de la de Anja. Le di un beso en la frente antes de dirigirme a ella. Me senté encima mientras me quitaba los zapatos y la camisa, para dormir con el pantalón. El hecho de quedarme allí a dormir me había pillado por sorpresa. “Mañana-pensé.-iré a por algo de ropa a casa”. Cuando ella se hubo cambiado, tras obligarme a ponerme de espaldas, nos acostamos en nuestras respectivas camas y apagué la luz. Me acurruqué, mirando por la mirilla de las persianas. Nevaba.

-Ville.

-Dime.

-¿Te acuerdas de cuando era pequeña, y me tocabas canciones con el teclado para que me durmiese?

-Sí, me acuerdo.

-Ojalá te lo hubieses traído. Quería oír la canción que me habías compuesto de pequeña.

-Puedo tarareártela. No es lo mismo, pero…

-Vale.-se rió levemente.

Comencé a hacerlo, aquel vals con el que ella improvisaba sus pasos de baile, aquel vals que media Europa había degustado, había aplaudido hasta romperse las manos. Cada vez que lo tocaba, pensaba que una parte de mi hermana estaba entre las teclas, guiando mis dedos para la perfecta ejecución de la melodía. Mi garganta, que comenzaba a agravar todavía más mi voz, entonó con acierto las notas, mas me dejaba sin aire cuando subía al registro agudo. En cuanto terminé, escuché a Anja respirar profundamente, dormida, o al menos aparentemente dormida. Fue entonces cuando, no sin esfuerzo, me fui quedando yo también.

                                                       ***
Extrañamente, aquella noche había dormido como un lirón. Entreabrí los ojos, cegados por el sol, recubiertos de legañas. Aquellos rayos hicieron que mis hipersensibles córneas comenzasen a segregar lágrimas. Me giré molesto. En la oscuridad abrí por completo los ojos y me los limpié con las sábanas. Miré mi reloj de pulso, el cual no me había molestado en quitarme. Las 11. Me levanté, erguiendo los brazos para desperezarme, provocando un casi imperceptible gruñido. Miré hacia la cama de Anja, mientras me acercaba. Ella todavía dormía. En sus mejillas había un leve colorete. Al ver sus pestañas húmedas, deduje que se había pasado la noche llorando en silencio para no despertarme. Acerqué mis labios a su frente e hice una tierna y cálida presión. Entreabrió los ojos, clavándolos en mí. Sonreí, deslizando mi mano por su cabello.

-Buenos días, princesa.-susurré.-He soñado toda la noche contigo.

Esbozó una dulce sonrisa. Acercó su rostro al mío para besarme la mejilla. Noté en aquel beso que quedaban grandes ráfagas de vida dentro de ella.  

 [Photo by sisthgradedropout of DA]

sábado, 25 de septiembre de 2010

Ville's Childhood: First Part

Era un día más violeta que de costumbre en los suburbios de Helsinki. Un otoño de 1988 en el que los niños se mostraban más perezosos que de costumbre en ir a la escuela. Uno de ellos, quizás el que sobresalía más entre la multitud por ir vestido de oscuro, perdía su mirada en la ventana mientras la profesora de preescolar les enseñaba a sumar. El único deseo de aquel niño en ese momento era salir afuera, extender los brazos, alzar la cabeza, y sentir el color de la lluvia en su piel en toda su magnitud, pero se empeñó en seguir estoicamente las reglas y permanecer encerrado en clase. Veía cómo los niños no se acercaban a él, ni se atrevían a hablarle, y esto se veía agravado por su timidez. Aunque aprovechaba la soledad para recordar toda la música que había escuchado a lo largo del día y poder almacenarla en su mente, pues no sabía plasmar las notas en un papel. Apenas era capaz de escribir su nombre sin que las “es” le saliesen torcidas.

En el recreo, fue capaz de escabullirse del patio donde sus compañeros jugaban a las tiendas, y deambular por entre las clases, como si fuese casi un espectro, buscando una distracción, buscando quizás algo que por primera vez lograse sorprenderle. Andando y andando, llegó a las clases de los alumnos más grandes. Asomó la cabeza curioso, contemplando los mapas en las paredes, los globos terráqueos en las mesas de los profesores, y quizás preguntándose si quien había hecho aquellos mapas veía tantos colores como él.

Continuó recorriendo aquellos pasillos, tarareando entre susurros una tras una las melodías que había sentido aquel día, desde el momento en el que abrió los ojos. Su paso era tan silencioso que nadie del personal del centro advirtió su presencia, ni siquiera su falta en el patio. Fue entonces cuando se topó cara a cara con aquella aula, que le hizo detenerse en seco. Había dentro de ella cosas que no había en las otras. Había una vitrina con instrumentos brillantes, opacos, claros, oscuros, con muchos agujeros, o con cuerdas. El niño apoyó sus dedos largos en el cristal, preguntándose qué sería todo aquello, por qué estaría allí. Giró un poco la cabeza, para poder contemplar el resto de la estancia. Entonces, sintió como un pequeño cosquilleo en su barriga, que subía hasta su esternón como una colonia de hormigas. Sí, aquel niño había conocido quizás al amor de su vida, aquel que nunca le había fallado, aquel que siempre le fue fiel. Se acercó a él, algo tímido, observándolo con atención. Se sentó en una silla mullida, sin siquiera poder tocar el suelo con la punta de los pies, y pudo mirarlo frente a frente. El contacto fue inminente en cuanto extendió su mano, para rozar muy suavemente aquellas teclas. Descubrió, casi por casualidad, que si las presionaba, obtendría un
sonido. Las pulsó todas por orden, memorizando cada uno de ellos. Notaba cómo su corazón se había acelerado desde que se había percatado de aquello. Dejó una mano en su pecho, hacia su izquierda, percatándose de que su propio cuerpo le marcaba un perfecto y preciso ritmo que debía seguir cuando pulsara de nuevo las teclas. Habiendo mecanizado el compás de sus latidos, se atrevió a intercambiar las notas agudas con las graves, hasta dar con aquellas que le recordaban a las caricias de su madre cuando le daba los buenos días; quizás, su sonido favorito del día. Entretejió una melodía sencilla y tierna, utilizando ambas manos para tocar, sin perder de vista las teclas con los ojos entreabiertos. La música comenzaba a mostrarle todos sus secretos a una alarmante velocidad.

Sin que él pudiese percatarse, profesores y alumnos se agolpaban en la puerta, murmurando, especulando sobre la identidad del muchacho, hasta que una profesora, bastante mayor, de cabello negro recogido en un recatado moño, de aspecto cercano al de una abuela de cuento, dio un paso al frente, abriéndose paso ante la multitud, aplacando su inquietud al ver al niño.

-Ese es…Es un alumno de mi clase de preescolar.-vociferó.

Se acercó lentamente a él, ante la expectación de los presentes, sin que él sintiese su presencia. Había desconectado completamente del mundo real, comenzando a crear la dulce cárcel de marfil que le encerraría el resto de su vida. De repente, sintió una mano posarse en su hombro, intentando llamar su atención.

-Ville.

Sintió cómo los pelos de sus brazos se erizaban. Se dio la vuelta sobresaltado, respirando agitadamente.

-¿Qué haces aquí?-preguntó la profesora.

Él no contestó. Desvió la mirada al suelo, avergonzado. Ella intentó sonsacarle algo, pero ni una palabra salió de sus fríos labios. Resignada, le tendió la mano, a la que él se aferró sin dudar, y lo condujo fuera del aula, siendo perseguido por la mirada de sus compañeros

                                                                   ***
-Ville, ¿por qué no estabas en el patio con tus amiguitos?-era esta vez la voz de falsa amabilidad de la jefa de estudios.

Él se limitó a mirar fijamente a un peluche de un gato negro que había sobre el escritorio, observando lo suave que parecía ser. La jefa de estudios ladeó la cabeza, intentando mirarle a los ojos.

-¿Te aburrías con ellos?

Asintió, esquivando la verdad, que era que en aquel sitio no tenía “amiguitos”.

-¿Y por qué fuiste al aula de música? ¿Fuiste allí más veces?

Negó con la cabeza, extendiendo la mano hacia el peluche, aunque se encontrase demasiado lejos para poder alcanzarlo, pues estaba al lado de ella.

-¿Entonces cómo la encontraste?

Se encogió de hombros, algo intimidado por las preguntas, cejando en el intento de coger al gatito, pero sin quitarle ojo de encima.

-No tengas miedo, Ville, no voy a castigarte. Me gustó mucho la canción que tocabas.

La miró, interrogante. Dedujo entonces que ella también había presenciado su improvisada actuación.

-¿Quién te enseñó a tocar el piano? ¿Tus papás?

-Pi…piano.-repitió, algo confuso, intentando quedarse con el nombre.

-¿No sabías cómo se llamaba?-frunció el ceño.

Él negó con la cabeza, volviendo a desviar la mirada hacia el peluche. Fue entonces cuando ella lo notó.

-Oh, ¿te gusta el gato?-lo cogió entre sus uñas rojas y se lo entregó, sonriendo.-Puedes quedártelo.

-Gracias.-susurró, mientras lo tomaba en sus brazos, abrazándolo.

Cada uno de los pelos del animal de peluche rozaron sus pálidas mejillas, provocándole sensaciones de un color rosa pastel muy agradable. Se apoyó en el respaldo de la silla, acariciándolo.

-A cambio tienes que contestarme, ¿de acuerdo, Ville?-él la miró y asintió levemente.-A ver, háblame de esa canción. ¿Quién te la enseñó?

-Nadie.-susurró.

-¿La oíste en la radio?

Negó.

-¿En la tele?

Negó.

-¿En una cinta?

Negó.

-¿Te la cantaron alguna vez?

Negó.

-¿Dónde la escuchaste entonces?-preguntó, algo molesta.

Uno de los índices del niño se posó en su sien, haciendo que su rostro adquiriese una expresión tranquila, como si fuese algo normal.

-Aquí, cuando mamá me da los buenos días.-murmuró.

La jefa de estudios le miró con una mezcla de incredulidad, terror y asombro. Él sintió un escalofrío en su columna, y se abrazó con más ahínco al peluche. Ella se levantó con expresión serena y le tendió la mano.

-Vamos, debes volver a clase.

Bajó de un salto de la silla y se encaminó a la puerta, sin dejar de acariciar a su recién adquirida mascota. Antes de salir, miró a la profesora de soslayo, la cual sacaba de su archivo un expediente y lo remiraba, algo tensa, buscando una explicación para lo que él le había dicho. En cuanto salió del despacho, las habladurías se inflamaron como la pólvora.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Winter 2003, Helsinkki, Finland: Wolves



Un guitarrista afinaba en el escenario de aquel bar de mala muerte los primeros acordes de una melodía. Me aferraba a mi cigarrillo con hastío, repasando mentalmente los conciertos que daría aquella semana. Apenas en un par en bares de pijos, en los que nunca nadie en su sano juicio permitiría entrar a un tipo como yo. A veces temía que me echasen fuera en cuanto me viesen. La verdad es que me sentía más a gusto entre ratas como yo, lejos de toda aquella opulencia. Aspiré fuerte el humo, cerrando los ojos, mientras escuchaba el murmullo de fondo de la charla de Nicolai, el cual me incitaba a robar todo lo que pudiese tras el concierto, para poder sacarme unas pelas extra. De repente, escuché un sonido extraño que provenía del escenario. Extraño para mí, a la par que hermoso. Atravesaba con muchísima pasión mis oídos, traduciéndose como un rumor triste. Como si fuese el viento rugiendo a la orilla del mar, acompasando su melodía con la de las olas. Alzo la vista, intentando adivinar el origen de tan perfecto sonido. Entonces fue cuando la vi, y sentí que mi corazón pegaba un salto dentro de mi pecho. Era una mujer que sostenía un violín blanco y negro bajo su barbilla. Su larguísima melena rizada, roja como la más profunda tristeza, transmitida por su instrumento, caía sobre sus hombros, como cascadas, como ríos de sangre. Vestía una falda corta, blanca, al igual que su corsé de lentejuelas, el cual tenía un corazón bermejo bordado. Una batería comenzó entonces a marcar un acelerado ritmo, que ella supo seguir con agilidad e ingenio. Rápidamente, bajó el violín y se acercó al micrófono, comenzando a cantar con voz grave, mas extrañamente cristalina e inocente. Aunque había algo dentro de ella, algo que su melodía me revelaba, que ardía con muchísima fuerza, queriendo arrasar con el mundo entero. Algo picante, y a la vez dulce. Entonó el estribillo junto a su violín, hincando en mi pecho su melodía, como si fuese una lanza, que imprimía en mi mente un azul intensísimo, entremezclado con tintes rojos, tristeza derramada por cada una de las cuerdas de aquel instrumento, como si los roces del arco las hiriesen. Agité mi respiración, mientras tamborileaba el ritmo de la melodía golpeando con la palma de mi mano en la mesa. Aquella era una sensación que nunca en mi vida había experimentado. Nunca con aquella magnitud. Quizás aquello era lo que en los cuentos infantiles llamaban “amor”, cuando la princesa se casaba con el príncipe y todo aquello que nunca llegaba a comprender. Aquella princesa, Dominatriz de la música, encandilaba mi ser completamente con sus cantos de sirena, como intentando que la siguiese como las ratas seguían al flautista. Aunque tras una coda de violín, en la que volvía a mostrar su pasional sufrimiento, terminó su reinado.

La ahogó una oleada de aplausos mientras se bajaba. Yo aplaudí como nadie, recordando reiteradamente la canción, todavía fresca en mi memoria. Fue entonces cuando ella me miró inconscientemente. Y yo la miré. Y nos retuvimos la mirada. Posteriormente, el camarero llamó su atención, para que se acercase a la barra a pedir algo. Apartó los ojos de mí con dificultad. Algo en mi mente me decía que no podía dejarla escapar. Sentía que aquella mujer le daría un sentido nuevo a mi vida. Dejaría por fin de ser un animal promiscuo, y podría notar de una vez por todas aquel azul intenso, del mismo color que el agua del mar. Agarré con decisión el vaso de vodka y le di un trago largo, bebiéndolo por completo. Arrugué la nariz al notar cómo el licor se deslizaba por mi garganta como si fuesen lapas de fuego. En un golpe seco, dejé el vaso en la mesa y me encaminé hacia la barra, un poco tenso, mas exhibiendo aquella picardía y magnetismo de la que hacía gala. Me coloqué a su lado, abriéndome paso ante la gente. Ella no tardó en notar mi presencia y clavar sus ojos azules de nuevo en los míos. El humo del cigarro que portaba los cubría de una densa niebla, haciendo que los destellos de su iris brillasen como gemas en bruto.

-Fue fabulosa tu actuación.-me lancé a decirle.

-Gracias.-contestó ella, sin dejar de mirarme de arriba abajo, quizás algo altiva.

-Me pregunto como una mujer tan bella puede hacer melodías tan melancólicas.-me acerqué más, hasta el punto de poder escucharla tragar saliva, completamente tensa, aunque lo disimulase.

Le arrebaté el cigarrillo, esbozando una pícara sonrisa. Ante su mirada atónita, le di una profunda calada, sintiendo el regusto de su saliva en mi paladar. En el momento en el que lo aparté de mis labios, ella se apresuró en rozarlos con los suyos. Le retuve la mirada en todo momento, sintiendo cómo mi corazón comenzaba a acelerarse. Ella absorbió dulcemente, mas con ansia, todo el aire que albergaba en mi boca, introduciéndolo en la suya. En cuanto se separó, expulsó el humo que me había robado, sonriendo satisfecha, provocadora. La acerqué más a mí, haciendo presión sobre su trasero, volviendo a besarla, esta vez con mucha más pasión, frenético, acelerando mi respiración. Se giró, haciendo que la abrazase por detrás muy tiernamente, sin dejar de intercalar besitos húmedos por su cuello.

-Vamos a mi casa.-susurró.

                                              ***
Me introdujo en su habitación, tirando del cuello de mi camisa, andando hacia atrás. No perdimos ni un momento el contacto visual, ni la pasión que ardía dentro de nosotros, que abrasaba mi pecho con furia. Al llegar allí, contempló que había dejado la ventana abierta, con la nevada que estaba cayendo, y que los copos se introducían dentro, yaciendo sobre su cama y sobre el suelo.  Quise ir a cerrarla, pero aquella desconocida me agarró más fuerte la camisa, frenándome.

-Déjala abierta.

Sonreí, acercando mis labios a los suyos de nuevo. Sus ágiles dedos de violinista no tardaron el deshacerse de mi camisa, dejando mi torso al descubierto, y con él, los todavía pocos tatuajes que adornaban mi piel. Hice que se girase, y mientras le besaba suavemente la nuca, apartando ella recatadamente la melena hacia un lado, le desabroché el corsé, quitándoselo con mis manos habilidosas, acariciando sus costados, que se movían agitadamente. Soltó un leve gemido, acercando su trasero hacia mi pelvis. Lamí frenético su cuello, chupándolo. Le quité el sujetador con rapidez, instaurando mis manos en sus pechos, acariciándolos, juntándolos, soltándolos posteriormente para trazar leves circulitos alrededor de sus pezones. Ella corrió a sentarse en la cornisa de la ventana, haciendo que la nieve empapase mi cara, y en mi mente provocase unos tintes grises como el frío, que se entremezclaban majestuosamente con aquel amoroso azul. Sus piernas rodearon mi cintura, acercándome. Apoyé mi barbilla en su esternón, sintiendo cómo vibraba su corazón, mientras volvíamos a batallar con nuestras lenguas. Separé los labios, bajándolos hacia su pecho. Le di besitos húmedos sobre sus venas azules, se las mordisqueé posteriormente, para luego volver a besarlas, como si intentase curarlas. Sus manos se aferraron al marco de la ventana, abriéndose de piernas. Mis curiosas manos se apresuraron a quitar su falda y a juguetear con su sexo, a través del tanga. La cogí entonces en brazos. Se aferró a mi cuello, rasgándolo, antes de tumbarla en la cama. La nieve caía sobre mi espalda, haciendo que semejásemos dos lobos follando en medio del bosque nevado. Ella quitó mi pantalón y mi bóxer con rapidez, excitándose al ver mi miembro erecto. Me agaché para sacar un condón del bolsillo y me lo coloqué. Ella se puso de rodillas y pinzó la punta de mi glande con dos dedos. Lo agarró posteriormente con ambas manos, mientras lo chupaba con avidez, tirando de él. De vez en cuando, soltaba una de ellas para pasar la lengua por su estructura, levantando un poco el condón para poder saborear mi semen. Eché la cabeza hacia atrás y comencé a gemir, a aullar acaso. Separó la boca al rato, tentándome, tumbándose en la cama con las piernas abiertas. Le quité el tanga, introduciendo mi lengua en su sexo, rozando el clítoris con ella, mordiéndolo un poco. La mujer tiro de mi pelo, levantándome, para que me colocase encima de ella. Nuestros sexos se rozaron entonces. Me agarré a las sábanas y comencé a embestirla. De su garganta salieron unos chillidos graves. Mis labios emanaron unos jadeos descontrolados muy cerca de su oído. Ella tomó mi rostro entre sus manos y me besó intensamente, sin dejar de convulsionar su pelvis, haciendo que me faltase el aliento. Me separé un poco, y sus dientes agarraron mi labio inferior, frenándome. Comencé a aumentar el ritmo. Los latidos de mi corazón aumentaron bruscamente de ritmo, haciendo que golpease con una descomunal fuerza y rapidez contra mis costillas. Las manos de la desconocida se aferraron al cabecero de la cama. Nuestros extasiados gemidos parecían estar levantando  viento, haciendo que se introdujese entre nuestros cuerpos desnudos y aún calientes.

-Todavía…ah…si sé…cómo te llamas.-balbuceó ella entre jadeos.

-Ville…ah…ah…y…ah… ¿y tú?

-Puedes… ¡mh!...puedes llamarme…ah… ¡ah!….

Llegamos entonces al orgasmo. Un fortísimo chillido al unísono dejaba escapar poco a poco el placer. Fue entonces cuando ella acercó sus labios a mi oído, respirando descompasada todavía, y articuló un nombre.

-Christine. 

[Photo by Lilith Vampiriozah of DA]


viernes, 10 de septiembre de 2010

Azul

La seguí, a lo largo del pasillo de su casa, completamente a oscuras. Abrió la puerta de una habitación, haciendo que ambos nos metiésemos dentro. Me mandó ponerme de rodillas y gatear junto a ella. En medio de la espesa negrura de la noche pude palpar unas sábanas, quizás paños de seda, al menos suaves, que colgaban del techo. De repente, presionó un interruptor, haciendo que se prendiesen miles de lucecitas, que se extendían a lo largo de aquellas sábanas. Bajo nosotros, cojines y almohadas blancas para acomodarnos. La miré, impresionado.

-¿Qué es esto?

-Mi escondite.

Hizo presión sobre uno de mis hombros, intentando que me acostase. Lo hice, mirando al techo, coronado de bombillitas blancas. Autumn se tumbó a mi lado, ladeando su cabeza para juntarla con la mía.

-Son wishing stars.-aclaró, hablando de las luces.

-¿Estrellas de los deseos?

-Ahá. Siempre pido un deseo por cada una de ellas.

-¿Y se cumplen?-alcé una ceja.

-Uno se ha cumplido. El otro creo que también.

-No te preguntaré cuáles son.-le miré de reojo.-Prefiero asegurarme de que primero se cumplen.-reí leve, con aquella risa entrecortada y mismo inquietante que me caracterizaba.

-Me encanta cuando te ríes.-restregó su mejilla contra la mía, mimosa.

-Es horrible.-me abstuve de seguirme riendo, algo avergonzado.

-No, no lo es.-arrugó la nariz.

-No la oíste bien entonces.

-La oí perfectamente. Mira, yo tengo un acento inaguantable-hablaba con un marcado acento inglés.-y no por eso dejaré de hablar.

-No es inaguantable.-la corregí.-Será por acento. Pronuncio las erres como un motor diesel arrancando, no sé si lo has notado.

Colocó su cabeza sobre mi pecho, mimosa, cerrando los ojos. Se acurrucó hasta dar con el sitio más cómodo, quizás donde no pudiese sentir sobresalir mi esternón.

-A mí me gusta, te vibra la garganta cuando lo haces.-la palpó con una mano, justo encima de la nuez. Sus caricias azules me hicieron estremecerme por un momento.

-Mierda.

Esta vez, hasta yo la sentí vibrar por la indignación. Autumn se rió levemente, al ver su comentario reafirmado. Una de sus sienes volvió a empujar contra mi pecho, buscando descanso. Al encontrarlo, se quedó completamente inmóvil, con los ojos cerrados. Acaricié su melena pelirroja, de un color más oscuro que el de Christine, mientras escuchaba su voz.

-¿Qué colores ves?

Sonreí. Desde que se había enterado de mi sinestesia, no dejaba de preguntármelo. Era la primera vez que veía a alguien tan entusiasmado por aquella enfermedad y que no llevaba bata blanca.

-Azul.-susurré, sin pensarlo dos veces.-Sale de aquí.-señalé mi corazón sin llegar a tocar el lugar donde estaba.

Ella, con los ojos todavía cerrados, se concentró en escucharlo, en asimilar sus latidos y poder sonsacarles aquellos matices de color. Una sonrisa surcó sus labios.

-Yo también noto el azul.-murmuró.-Lo noto.

-¿Y cómo suena?

-Como esa canción a la que no le sabes en nombre, pero cada vez que la oyes sonríes y la tarareas, y cuando acaba deseas volver a oírla.

Dejé que mis párpados se bajasen, sumiéndome en la oscuridad. Seguía sintiendo contra mi pecho un incesante azul. Un ápice de alegría me sobrevino cuando lo comparaste con una melodía sin nombrar. Supe cuál era aquella sensación, y no pude evitar sonreír como ella lo hacía. “Cuando acaba” rememoré. Algún día se acabaría, algo, alguien le daría fin. Inevitablemente no pude dejar de pensar que seguiría sonando mientras fuese tan, tan azul. 


[Photo by Two Tikets of DA]